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¿QUÉ HACER, CHE?
Por Guillermo Saccomanno *

t.gif (67 bytes) Hace unos días el suplemento cultural de Clarín planteaba una polémica alrededor de la falta de polémica entre los intelectuales. En este sentido, más acá y más allá de las apreciaciones que pueda merecer la puesta en escena de Cuestiones con Ernesto Che Guevara, abre fuego con "una discusión pendiente sobre la violencia", toda una polémica pendiente. Se trata de un texto provocador, virulento, inquietante. Y cuestiona, con ferocidad, la muerte como instrumento de cambio social. ¿Es igual la muerte de un uniformado a la muerte de un militante revolucionario? Pensemos en los años setenta. Los minutos de silencio con que se homenajeaba la muerte de un guerrillero. Y después, esa consigna: Paredón, paredón. Los jóvenes intelectuales de izquierda lo coreábamos. Más o menos en esa época, Pasolini sostenía que cuando los militantes del Poder Obrero o el Grupo Gramsci hablaban del pueblo, él, Pasolini, se sentía más cerca del pueblo junto al vigilante de la esquina. Aquel que esté libre de autocríticas, que tire la primera piedra.

Hay más, bastante más para revisar a propósito del texto de Feinmann. Una cuestión de fondo, puede entreverse, es hasta dónde no siguen vigentes las categorías de civilización y barbarie, que polarizaron nuestra historia traduciendo de manera brutal las desigualdades económicas, la lucha de clases. Volver a revisar estas nociones, resignificarlas, es un acto de coraje intelectual poco frecuente. Cuando la actitud de los intelectuales posmodernos convirtió las derrotas de la izquierda en una racionalidad de coartadas ortopédicas, el texto de Feinmann propone un desafío: revisarlo todo en un gran relato, porque los grandes relatos, como las ideologías, están distantes de su ocaso. Lejos de conquistar la justicia y la distribución de la riqueza, el programa revolucionario de Guevara fracasó. La situación económica y política que movilizó a Guevara se agravó con un dramatismo impensado entonces. Guevara, posterficado hasta el infinito, es el Principito de la Revolución, cosméticamente correcto. Volver a Guevara, discutirle a Guevara implica arrancarlo del merchandising y la historiografía panegírica. Discutirle a Guevara es arrancarlo del marketing y definirse frente a la ecuación de un mundo dividido en arriba y abajo. De esto se habla en el valiente texto de Feinmann, una osadía que excede la inquietud académica por los papers. Discutirle a Guevara es también admitir que el futuro no fue lo que esperábamos, pero también que la historia no se congeló ni se terminó. Discutirle a Guevara es rebelarse a aceptar dócilmente una realidad hostil que afecta tanto a quienes prefieren encerrarse en el silencio bibliotecario como a quienes no tienen acceso al trabajo, la salud, la educación y la vivienda. Discutirle a Guevara no es una polémica liviana. Discutirle a Guevara es, probablemente, reformular una pregunta que se hacía Lenin a principios de este siglo: ¿qué hacer?

* Periodista y escritor.

 

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