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Laboratorio del futuro

 

Por Carlos Polimeni


t.gif (67 bytes)  Un grupo anarquista lee sus consignas, con sus crestas punks apuntando al cielo de neón, y a metros de allí una abuela como de publicidad televisiva de tallarines pregunta a qué hora concreta su performance en el café literario ese chico al que le dicen Fernando Noy. Cuesta concentrarse en el hall central: desde el bar 240 atrona la música de A tirador láser, un grupo de rock para menores de 20, y por la derecha baja un olor a comida, que viene desde la cocina ubicada sobre el sitio donde los chicos pintan jeans, hacen arte descartable sobre un icono del siglo XX tan famoso como el Che, que mira todo desde centenares de remeras negras, para nada casuales. Buenos Aires No Duerme es, antes que nada, un encuentro único de decenas de tribus urbanas, que se descubren compartiendo un ámbito (que en rigor es el sueño de unas noches de invierno) sin molestarse ni repelerse, como haciendo un ejercicio práctico de tolerancia, comprensión de los derechos humanos y amplitud para aceptar la diferencia. Argentina está acostumbrada a que el Estado vigile y controle y no a que proponga el espacio y se arriesgue a no supervisar los resultados. En ese sentido, Buenos Aires No Duerme es una apuesta insólita en la Argentina y en algún sentido revolucionaria. El hecho de que esté acotada a diez días afiebrados, en que los motores de la cultura como expresión de la gente funcionan a mil, y todos juntos, no es un dato menor, sino central. Así son las revoluciones argentinas: duran una temporada, impactan como una moda, y después se archivan. Sin embargo, si Buenos Aires No Duerme sirviese como disparador de proyectos que durasen, si fuese el laboratorio de lo que vendrá, podría verse desde otra perspectiva en el próximo siglo, que está al alcance de la mano. Estos diez días que conmovieron a la Gran Aldea tal vez sean cuando la Alianza gobierne un modelo a ampliar y extender definitivamente. Aunque nadie vaya a votar mecánicamente a nadie sólo por Buenos Aires No Duerme (que ni siquiera hay que agradecer, porque el acceso a la cultura es un derecho), también es claro que las más de 250 mil personas que pasaron hasta anoche, en tres días, concretan, al participar, un acto de resistencia. No hay nada más opuesto al menemisno que un lugar público tomado por la gente, donde nada se vende ni se compra, donde los cuerpos se rozan sin histerias, donde no compiten las cirugías estéticas, donde los artistas no besan manos. Este evento y Los secretos de Harry, el infernal film de Woody Allen cuyas funciones porteñas están siempre llenas, se extrañarán cuando la ciudad se deslumbra en primavera: son de esas cosas que llenan el alma de ganas.

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