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El silencio no es salud


Por Mario Wainfeld

 

t.gif (67 bytes)  Hoy se verá por TV abierta un compacto con imagen y sonido del Juicio a las Juntas Militares. La presión de la cúpula de las Fuerzas Armadas impidió que esas escenas fueran transmitidas en su momento en vivo y en directo. Se las difundió con cuentagotas y sin sonido. La finalidad, a su modo compartida por los poderes político y militar, era moderar la reacción colectiva.

La obediencia debida y el punto final, construcciones hipócritas y juridicistas que pergeñó --en su estilo-- el gobierno radical, y los indultos, autoritarios e inconsultos, que parió --en su estilo-- el peronismo, parecieron poner el moño a un paquete de olvido y perdón. A muchos años vista, se advierte que ese objetivo no ha sido logrado gracias a la acción de una fracción minoritaria, militante y obstinada de la sociedad civil.

La impunidad fue cuestionada en centenares de movilizaciones callejeras, en debates públicos, en comunicados, en los estrados judiciales aprovechando los intersticios que dejó la torpe legislación de la restauración democrática. El resultado, precario y en movimiento, es que por cien curiosos vericuetos mucha gente, no ya sólo esa minoría que siempre batalló, percibe cada vez con más claridad la perversión del poder que asoló la Argentina durante la dictadura. Ya forma parte del sentido común advertir que los militares no fueron centuriones honestos que utilizaron la violencia para imponer orden en la sociedad. Fueron también apropiadores de bebés, vivillos que acumularon fortunas en el exterior, salvajes que como Massera utilizaron el aparato represivo del Estado para resolver cuestiones de polleras.

Hoy muchos de ellos vuelven a estar en el banquillo de los acusados, lo que prueba cuán intrincados son los tiempos de la memoria y la justicia. También que ningún esfuerzo es totalmente vano y que lo único que no deben permitirse quienes bregan contra las injusticias es lo que los militares quisieron imponer cuando gobernaron y cuando fueron juzgados: el silencio.

Suele decirse que uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice. No hace falta ser un fanático de Lacan, ni siquiera un psicoanalista, para disentir con ese aserto conformista si se lo piensa a nivel individual. Si se lo analiza a nivel colectivo, bien puede decirse que es mucho más cierta la afirmación inversa: los pueblos, la sociedades, son dueños de lo que dicen y esclavos de lo que callan. La libertad está inextricablemente ligada al verbo y la dictadura al silencio.

Por eso, abruma advertir cuánto silencio hubo la semana pasada en el oficialismo y la Alianza cuando Bill Clinton transformó a la mayor potencia de la tierra en un Estado terrorista: apenas algún comentario de Raúl Alfonsín y Dante Caputo. Oficialismo y oposición, que suelen replicar con cataratas de palabras a la más insustancial declaración del adversario político interno, hicieron mutis cuando los Estados Unidos lanzaron algo más sólido que declaraciones impertinentes.

Resulta claro que eventuales protestas no hubieran podido modificar las decisiones de una superpotencia. Pero agobia que todos los precandidatos a presidente hayan competido en hacerse los distraídos y callar. Los precandidatos justicialistas podían haber exhumado cien textos de Perón. El radical haber buceado en la tradición de Yrigoyen. La frepasista recorrer la rica tradición de los movimientos de derechos humanos. Se dirá que eso es gratuito, que no altera la correlación de fuerzas, que es gestual e ilusorio. No es más gestual que las tenaces rondas de las Madres en los años de plomo ni más ilusoria que la movilización callejera inmediatamente posterior al indulto menemista. Ninguna manifestación contra la barbarie es superflua. En todo caso, el silencio cómplice de los últimos días, mientras se miraba por TV cómo el Big Brother bombardeaba "terroristas que en algo andarían", es mucho peor.

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