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El silencio es salud?

 

Por Eduardo Fabregat


t.gif (67 bytes)  La tendencia es cada vez más marcada, y por ende peligrosa: acosados por policías que vienen en busca de algo más que pizza y vecinos intolerantes, muchos dueños de bares están solicitando a las bandas un set diseñado para evitar los ruidos molestos. Cuanto más unplugged mejor. Y el concepto "toquen bajito" ni siquiera es una anécdota simpática. El año pasado, una oleada de clausuras decidió el destino de muchos lugares donde los músicos encontraban un espacio de expresión. Nada más cierto que varios de los propietarios de esos lugares ignoraron los pedidos de mejoras acústicas en su local. También es cierto que hay más de un bucanero que embolsa el máximo posible, exigiendo venta de entradas y poniendo un sonido inferior a lo pagado, con su marea de acoples, distorsiones y saturaciones. Hay pocos inocentes en el juego, y en general están arriba del escenario, pagando un interminable derecho de piso para cantar su canción. Por si ese estado de las cosas no era suficientemente perverso, ahora se agrega el condicionamiento artístico. Hay que tocar bajito, cambiar la Fender por una buena acústica y la batería por una caja de ritmos con perilla de volumen. Aun los lugares medianamente defendidos en lo acústico tienen que lidiar con un vecindario que se sabe respaldado por los tiempos, y que levanta el teléfono para quejarse del más mínimo rumor.

Quizá no haga falta leer titulares sobre una reunión neonazi para advertir que corren algunos aires fascistas.

¿Qué sucedería en ese mismo antro rockero si una noche la que alterara la paz barrial fuese Soledad? Quizá los vecinos terminarían revoleando camisetas en la vereda, felices de comprobar que por fin la juventud encontró el camino de la sana alegría. La gran mayoría del rock argentino que entró con letra grande en la historia proviene de ese caldo que es la escena urbana, entendiendo por urbe a Buenos Aires pero también a Rosario, Córdoba o cualquier otra ciudad generadora de arte. Acotar esa escena, convertirla en una sala de espera en la que todo sonido que eleve los vúmetros puede ser considerado un ruido molesto, es condicionar la historia futura. Ninguno de los extremos, como siempre, es recomendable. Pero en este momento se ejerce demasiada presión en favor de uno de ellos, y quizás para los pibes que se cuelguen la guitarra en diez años lo usual sea tocar bajito, no levantar la voz, susurrar su arte. Buenos Aires se permite el insomnio sólo 240 horas al año. Y parece una desproporción demasiado grande.

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