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DIGNIDAD DE LA MEMORIA
Por J. M. Pasquini Durán


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t.gif (862 bytes) La historia de estos años de democracia puede ser contada también a partir de la confrontación entre la memoria y el olvido. Es posible que alguna vez, en el futuro, esa opción deje de ser forzosa y excluyente, pero ese momento llegará si el litigio recibe suficientes cuotas de verdad y justicia. Mientras tanto, mantener viva la memoria es una tarea de la dignidad cívica. Esta semana, ocurrió un suceso público enderezado felizmente en esa dirección. El documental sobre el terrorismo de Estado, con epicentro en la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), que presentó Magdalena Ruiz Guiñazú el lunes en Canal 13, logró una excepcional audiencia.

Ruiz Guiñazú, con prestigio establecido en su doble condición de periodista y ciudadana (fue miembro de la CONADEP), podría instalarse en posiciones del espectáculo audiovisual más cómodas y rentables, sin merecer reproche alguno. Eligió, en cambio, documentar la realidad y comenzó por hacerse cargo de este compromiso individual con el destino colectivo, aun a riesgo económico. El programa salió el lunes sin anuncios publicitarios de ninguna empresa, privada o estatal, y por una sola hora, en lugar de las dos que ocupa ese espacio ("El mundo del espectáculo") en la programación habitual del 13. En una sociedad que necesita diferenciar los modelos en exhibición, estas diversas conductas merecen ser subrayadas, no porque sean gestos nobles, indiferentes o egoístas, sino porque son opciones éticas y morales.

El documental en sí mismo mereció elogios y reproches, honrados o maliciosos, pero más allá de esas reacciones puntuales, hay una que debería ocupar el primer lugar de la atención en cualquier comentario: el tamaño de la audiencia que tuvo, de la expectativa que despertó, a tantos años de los sucesos que narraba. Sobre todo, porque no fue una actitud popular de mera circunstancia. Debe ser compaginada, sin duda alguna, con el mismo sentimiento mayoritario que empujó a la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida a principios de este año. Hay que empatarla con el asco generalizado que aumenta en el pueblo por los delitos que se amparan en la impunidad.

Quizá sirva para demostrarles a los programadores audiovisuales que la preferencia de las audiencias masivas por el entretenimiento fácil o los concursos de cualquier tipo son el resultado, entre otros factores, de la ausencia de alternativas de mejor calidad. O dicho de otro modo: se pueden producir éxitos sin que todo sea la banalidad de costumbre. Deberían anotar el dato los políticos y líderes de la comunidad que más de una vez se preguntan si la indiferencia popular por la política es un síntoma de frivolidad colectiva. Hace poco tiempo, el presidente Carlos Menem y los precandidatos De la Rúa y Fernández Meijide ocuparon la pantalla, pero lejos de la repercusión de este programa. ¿No será que hablan de temas que a los demás no les importan o que no los escuchan porque no les creen? Por fin, es una buena noticia para los defensores de los derechos humanos, porque es otra evidencia de las raíces comunitarias que hicieron tierra con su persistente prédica.

Los buenos signos, igual que los malos, no aparecen para quedarse, de una vez y para siempre. El exitismo hay que dejárselo a los programadores que hoy repetirán el documental, seducidos por el rating que nunca hubieran pronosticado. Con fugacidad pasan de la nada a la saturación. Como prueba de la volatilidad, a pocas horas del suceso, el martes, los gremialistas de los reporteros gráficos y de periodistas alertaban sobre el peligro cierto de echar al olvido en la atención pública el crimen brutal de José Luis Cabezas. En estos tiempos, nadie tiene comprada la memoria ni la confianza popular. Hay que renovarlas casi a diario y estar atento a las señales de respuesta, a las buenas y a las malas, porque es una brújula útil para fijar los rumbos. Como las estrellas para los timoneles.

 

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