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OPINION
El poder de los símbolos

Por Mario Wainfeld

t.gif (67 bytes) Dice la leyenda que una vez se le comentó a José Stalin acerca del poder del Papa y que Stalin, burlón, replicó: "¿Cuántas divisiones tiene el Papa?", sugiriendo que quien no tenía detrás un ejército no era un oponente político estimable. Puede parecer de mal gusto señalarlo, pero medio siglo después Stalin no existe, Rusia es un (decadente) país capitalista y el Papa, que sigue sin tener ejército, conserva un poder nada menor.

Es que el poder tiene bastante que ver con datos como las armas o el dinero pero no es sólo eso. A veces incluye otros ingredientes como el prestigio o el peso de los símbolos.

En la Argentina posmoderna y pragmática los símbolos todavía pesan. Un ejemplo: a principios de año los diputados aliancistas Alfredo Bravo y Juan Pablo Cafiero propusieron la declaración de nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Su postura fue resistida desde la propia coalición opositora por considerarla puramente declarativa, simbólica, sin traducción concreta. La ley, algo licuada, terminó saliendo. Pero, además, la reimplantación del tema de los derechos humanos en el debate público catalizó consecuencias hasta entonces inesperadas: entre ellas la reanimación de las causas sobre la búsqueda de la verdad y la prisión de Jorge Rafael Videla.

La Carpa Blanca que el Presidente no quiere ver frente a "su" Casa Rosada simboliza objetivos casi perdidos: la educación, la integración nacional, la identificación entre artistas y sindicalistas, la comunión de intereses entre maestros y alumnos. Demandas que no mueven ningún amperímetro en las bolsas de valores, pero que han conseguido un raro consenso en el sentido común de los argentinos que, desde Castrilli hasta Mercedes Sosa, pasando por Sabato y cuanto rockero ande por ahí, se sumaron, también simbólicamente, a la demanda de la CTERA.

Carlos Vladimiro Corach, más allá de la sonoridad marxista de sus nombres de pila, demuestra mayor perspicacia que Stalin. Sabe que no todo el poder nace de las armas, ni del dinero. Su decisión de impedir que la Carpa Blanca II se asiente frente a la Casa Rosada no surge del temor a la violencia o a desmanes que la movilización docente no produjo en meses. Alude al resquemor de los gobernantes frente a la movilización pacífica y constante, a la combinación del número con las convicciones. Lo que a su modo ---mitad leguleyo, mitad prepotente-- quiere impedir el ministro (y tiene sus razones) es que se instale un nuevo símbolo de la movilización popular en la Plaza que pacíficamente ocuparon los descamisados para pedir por Perón y las Madres para pedir justicia.

 

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