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“Andá tranquila, yo te la cuido”, dijo antes de robarle a su beba

Una misteriosa mujer robó ayer a una niña en la Maternidad  Sardá, luego de haberse ganado la confianza de la mamá. El director del hospital negó tener responsabilidad en el caso.

Silvia Pérez Villavicencio es boliviana e indocumentada, y desde ayer busca a su hija de un mes.
Le dio a una mujer a su beba para que la tuviera un minuto, pero cuando volvió ya no estaba.

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t.gif (67 bytes)  Gladys esperaba el momento. Por cuarta vez montaba guardia en la Maternidad Sardá. Como siempre, Silvia debía llevar a su beba Noelia a pediatría. Y ayer también ocurrió así. La mamá de Noelia hace changas. Tuvo a la beba allí hace un mes y seis días, pero los médicos seguían ordenando estudios a la niña. Por el momento, esos exámenes se truncaron. Ayer Gladys se llevó a Noelia. “Se la di por un ratito, volví y ya no estaba”, contó entrecortada Silvia Pérez Villavicencio a Página/12. El director del hospital, Juan Domingo Argento, aseguró que la maternidad no es responsable del presunto robo. Ahora, Silvia, además de pelear por su bebé, debe hacerlo contra quienes –por su condición de boliviana e indocumentada– desconfían más de ella que de la captora de su hija.
“Mi amiga, mi amiga se llevó al bebé.” Como una letanía, Silvia repetía el lamento entre el alboroto mañanero del hospital. Nadie comprendía demasiado. “Si es la amiga, ya se lo va a traer”, desestimaban algunas voces. No era la primera vez que Silvia veía a esa mujer morena en la maternidad. Ni siquiera era la primera vez que Gladys piropeaba los cachetes regordetes de la beba. “Qué linda es ella..., es bella...”, repetía.
No fueron sólo diálogos cruzados. Extrañamente, la morena de pelo enrulado aparecía en el hospital cada vez que Silvia entraba para los controles. Y en la charla, siempre la beba ocupaba el centro. Turbada por la presión de los medios, en tono monocorde y aplastado, Silvia intentó explicar una y otra vez que pocas veces la morena Gladys le hablaba a ella. “Qué gordita y qué bonita”, se relamía sin dejar de mirar a la beba.
–Para qué hablas, si no la conoces.
La cuñada de Silvia, Patricia, la había reprendido por ponerse a hablar con extraños, pero no fue suficiente. Si bien habitualmente la acompañaba algún pariente, hubo ocasiones en las que iban sólo madre e hija. Dejaban la casa de la manzana 40 del barrio Los Perales, de Lugano. Unas cuadras más adelante alcanzaban la parada del colectivo, bajaban en el Sardá y esperaban. Cada vez igual, menos los retornos. Esos viajes de vuelta fueron adoptados por la morena para ganar confianza y Silvia –sin saberlo– iba creyendo en lo que después resultaría una puesta en escena.
La mamá de Noelia dejó Bolivia con destino a Buenos Aires hace seis meses. Su esposo, en cambio, lleva cuatro años aquí. Silvia no tiene documentos, estigma que suele transformar a sus paisanos en parias.
Silvia estuvo a la tarde en la comisaría 3ª. Cada paso dado en el hospital durante la mañana se le apelotona en la cabeza y como una máquina repite el equívoco espantoso que terminó por arrancarle a su hija. Lleva un necesaire con la figura de un bebé. Esa misma maldita carterita llena de papeles y ropa de chico olvidada en pediatría. Porque fue ese monedero lo que la mujer volvió a buscar al hospital. “Dame que mientras tanto te cargo a la beba... Con tanto peso”, sedujo entonces la morena. Silvia aceptó y de regreso ya no encontró ni a la mujer ni a su hija. Pasaban 15 minutos de las 11. “Creo que se llamaba Gladys.” Silvia la llama amiga pero ni siquiera está segura de su nombre ni de su procedencia. En la espera de rigor para pediatría, Silvia compró chipá y convidó a su amiga morena.
Silvia no se reprocha. Le dio por un minuto a su bebé a quien consideraba su amiga. Las dos mujeres estaban en las escalinatas del hospital, fuera, al borde de la playa de estacionamiento. Noelia salió de la Sardá envuelta en su pañoleta blanca cargada en brazos de una mujer de chaqueta colorada y pelo enrulado, corto y negro. Esos fueron los únicos datos con los que Silvia y Cecilia Vilmonte, una testigo, intentaban a última hora de ayer, con efectivos de Seguridad Personal, armar el identikit de la estafadora. Cecilia está embarazada de seis meses. Llegaba al hospital por la calle Rondeau. “Venía caminado y me extrañó ver a una señora que corría con un bebé envuelto y paró un taxi. Ahí donde está el teléfono público”, señala la joven, también morena. Ayer perdió el turno por la declaración que tuvo que hacer en la policía, pero no le importa. “Porque lo que hizo esa mujer está muy mal”, se encarga de aclarar.

 

La Casa Cuna, en terapia

t.gif (862 bytes) En poco más de un mes, el Gobierno de la Cuidad finalmente llamará a licitación para reconstruir el Hospital de Niños Pedro Elizalde. El anuncio fue hecho por el secretario de Salud, Héctor Lombardo, después de la denuncia pública de la Asociación Médica de la ex Casa Cuna en torno de las condiciones deplorables en las que se encuentra el edificio. Según la entidad –que escuchó incrédula las promesas del funcionario–, el 60 por ciento de la capacidad hospitalaria está inutilizada.
“Las pésimas condiciones en las que se encuentra el hospital afecta su funcionamiento”, aseguró José Luis Dideto, presidente de la Asociación, antes de pedir celeridad en el proceso de licitación para la reconstrucción del hospital. El primer borrador, rechazado por la actual gestión, fue elaborado por el ex intendente Jorge Domínguez en el ‘94.
Lombardo intentó aclarar los reclamos de los médicos, a los que definió como “mentirosos”. “¿Cómo se mide la política en salud? –preguntó el funcionario–. ¿Por el hecho de que tuvimos que tirar abajo una licitación que no era transparente?”, se defendió. Por su parte, Julio Puiggari, miembro de la Asociación, rechazó las explicaciones de Lombardo y sostuvo que “desde hace dos años se dice que la licitación saldrá en 30 días, ahora queremos hechos”, dijo.

 

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