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LA FIEBRE RETRO EN LA CULTURA INTERNACIONAL LLEGO A LA "ERA DISCO"

Todo tiempo, por pasado ¿fue mejor?

El estreno de dos films que intentan reflejar el cosmos que rodeaba a la disco neoyorkina Estudio 54 es la punta del iceberg de un fenómeno de revalorización de una época bizarra, la de la cultura disco de la segunda mitad de los 70.

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Postal de la época: la película "Grease", con John Travolta--Olivia Newton John bailando por aquí y por allá.

Por Juan Cavestany
Desde Nueva York

t.gif (67 bytes)  El estreno de las películas 54 y The last days of disco --la historia de una Nueva York donde "la créme de la créme" internacional celebraba a lo grande los últimos coletazos de libertinaje antes de la llegada de las eras de Reagan y del sida-- parece culminar el revival de los '70 que viene impregnando la cultura popular internacional durante este año. The last days of disco, de Whit Stillman, replantea también la forma de pensar y la música de aquella era, que invade de nuevo las disquerías, con reediciones de todo tipo y notables ventas de grupos y solistas de estética funk y disco. El cine, la música, la televisión y la moda son la punta del iceberg del fenómeno, que mucho tiene que ver con cierta forma de nostalgia por una época de otras certezas.

The last... no es una crónica histórica con imágenes de archivo al estilo Oliver Stone (ya que en aquel entonces no hubo más conspiración que la de los fabricantes de alfombras y ropa de poliéster naranja), sino un relato personal con el que Stillman completa su trilogía iniciada con Metropolitan y Barcelona. Al ritmo de clásicos como "I love the nightlife" de Alicia Bridges, o "I'm coming out" de Diana Ross, los personajes de Stillman tratan de mantener el equilibrio al dar el salto desde sus últimos días de libertad juvenil a la vida profesional y responsable.

Stillman llevaba trabajando en este proyecto desde mucho antes del revival disco. Janet Maslin escribió en The New York Times que la película "es sinceramente nostálgica sin resultar ridícula". Es justo el enfoque opuesto al de 54, la anunciadísima película que examina el auge y caída de la macrodiscoteca neoyorquina Studio 54, símbolo ineludible del momento, a través de los ojos de un camarero. El film explota el fenómeno disco recurriendo a todos los tópicos y moralejas fáciles que se supone necesita una nueva generación de espectadores educada en los 90. En una crítica de 54, la revista Variety sentencia que "hay una película de Hollywood más crítica y profunda sobre la gloriosa cultura de las discotecas que pide a gritos ser rodada."

Studio 54 era un club representativo de una Nueva York hoy ya inexistente al cual acudían regularmente Truman Capote, Andy Warhol, Rudolf Nureyev, Mick Jagger, Elizabeth Taylor, David Geffen y Peter Beard entre otros, para drogarse y bailar junto a princesas y jeques, gays, negros, hispanos y aspirantes a estrella como Madonna o Robert De Niro. Iban vestidos de "Halston, Gucci, Fiorucci..." como dice el verso del superéxito discotequero de Sister Sledge `He's the greatest dancer'. Cogían en las escaleras y en el entrepiso, y disfrutaban del impagable sueño de juventud eterna bajo el famoso logotipo de Studio 54: una luna creciente que snifaba cocaína.

Todo culminó en 1979: Studio 54 cerró sus puertas por problemas legales y luego las volvió a abrir, pero sólo tímidamente, hasta dar el cerrojazo definitivo justo antes del crash de la Bolsa de 1987. Hoy día el local ha recuperado su rentabilísimo nombre de marca y se usa de cuando en cuando para fiestas privadas que ni de lejos conjuran su espíritu original.

Memoria nublada. El impacto sociocultural de Studio 54 no ha podido ser analizado a fondo por varias razones. La disco fue creada, y arrastrada con él en su caída, por un empresario de medio pelo llamado Steve Rubell, que fue a la cárcel por evasión de impuestos y murió de sida en 1989. Por otra parte, como se solía decir, si uno recordaba sus noches en Studio 54 es que realmente no había estado allí. Entre los que prefieren olvidar aquello, los que tienen la memoria nublada por la química, los que ni siquiera pudieron traspasar su puerta flanqueada por sogas de terciopelo, y los que se han quedado en el camino, Studio 54 casi pertenece hoy al terreno de lo onírico.

El año pasado el periodista Anthony Haden-Guest realizó lo que hasta la fecha es el esfuerzo más notable de ordenar y dar sentido a lo ocurrido, en su libro La última fiesta: Studio 54, disco, y la cultura de la noche. Haden-Guest sostiene que el estilo disco y su máxima expresión, Studio 54, fueron el legado del Mayo del '68 europeo, elevado a su máximo exponente de revolución moral y sexual. A diferencia del heavy metal, otro género de música popular recientemente caído en desgracia, el disco llegó a suscitar un odio activo más que una mera postura defensiva. La voracidad de la prensa especializada y el escarnio público al que fue hace pensar que la gente se dio cuenta pronto y se asustó de lo fácilmente que se pegaban sus ritmos simples y sus mensajes de vergonzante superficialidad.

Pero si eso fue así, ¿por qué hoy la banda sonora de Fiebre de sábado por la noche vuelve a sonar en las radios de todo el planeta y los Bee Gees salen de gira mundial? ¿Por qué este año se han mantenido durante meses en las listas de éxitos las nuevas canciones sampleadas de clásicos de discoteca como "Gettin' Jiggy wit it", de Will Smith (sacada de He's the greatest dancer) o "I'm coming", de Puff Daddy, basada en el tema del mismo título de Diana Ross? A estos éxitos se suman ahora las bandas sonoras de The Last Days of Disco y de 54 (en dos volúmenes), que son recopilaciones de la época. Fiebre de sábado por la noche, la película que estuvo a punto de rodarse en Studio 54, acaba de celebrar su 20º aniversario con fiestas y concursos de disfraces de Tony Manero en varios locales de Nueva York. Y en esa ciudad, la emisora de radio KTU, que nació durante los años del disco, sigue siendo ahora una de las más populares con su programación ininterrumpida.

Tras el lavado de cara que le dieron Madonna y los británicos Pet Shop Boys en los 80, la música disco sobrevivió en cierta manera y ahora se le llama dance. Las palmadas electrónicas, los vientos exuberantes y el bajo cardíaco se han adaptado al paso de los tiempos, pero el estilo sigue siendo el ingrediente fundamental de la intrincadísima cultura nocturna de todas las grandes capitales del mundo. Boney M o Patrick Hernández no pasaron la prueba del largo plazo. Pero sí lo hicieron grupos como Chic o KC and the Sunshine Band, cuyos temas clásicos todavía pueden llenar la pista de cualquier discoteca al sonido de sus primeros acordes. Y esto es, en el fondo, lo único que importa.

 

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Bee Gees, ultrafamosos luego de "Fiebre de sábado por la noche"

Un origen mestizo


t.gif (862 bytes) La música disco, al menos en su versión norteamericana, nació de la confluencia de tres culturas aparentemente inconexas: el "eurotrash" o basura europea de veraneantes alemanes en España, movimiento liderado por la música de baile de Donna Summer y su productor Giorgio Moroder (que hoy día siguen acumulando premios), el mestizaje negro y latino de Nueva York y el emergente circuito gay de esa ciudad. En 1978, el año en que la gente se movía al ritmo de la versión de baile de La guerra de las galaxias y en el cine triunfaba Fiebre de sábado por la noche (en la que Donna Summer cantaba el himno disco Last Dance), se calcula que las ventas de ese género musical llegaron a 8000 millones de dólares.



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