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Policías y política

Por Mempo Giardinelli
Desde Washington, D.C.

 
t.gif (862 bytes) El calor abrasador del verano español no impide --más bien estimula-- que las noches seNa24fo01.jpg (13821 bytes) pueblen de gentes que caminan por las calles. En Sevilla todos van a bares y restaurantes, se sientan en las veredas a charlar, o simplemente ven cómo pasa la vida de los demás. Nadie tiene miedo a la noche, a la oscuridad. Cada mañana los diarios de lo que menos hablan es de asaltos y crímenes; las páginas policiales son pocas y desangeladas.

Asisto invitado a un encuentro literario que se celebra en el paraninfo de la Universidad de Sevilla, situado en un espectacular edificio del siglo 18, ex sede de la Fábrica Real de Tabacos y el cual --al contrario de lo que hubiese sucedido en la Argentina-- aunque está en pleno centro de la ciudad no fue demolido por la voracidad inmobiliaria sino destinado a sede universitaria pública.

Entre los asistentes, dos chicos que están terminando su doctorado en filología me cuentan que trabajan, para ayudarse en sus estudios, como policías. Advierten mi sorpresa y me reclaman: "No sea prejuicioso, Mempo, aquí ser policía ya no es tan malo; es un trabajo como cualquier otro". Y me explican que hasta hace unos pocos años los policías eran odiados y temidos, claro que sí, y había una enorme inseguridad en las calles. De hecho Andalucía llegó a ser un sitio bastante peligroso. Ellos no saben exactamente cómo cambiaron las cosas, pero uno afirma: "Lo que es seguro es que fue un cambio político. Ya antes de la Expo '92 era obvio que había que proteger al turismo, defender al comercio local, afianzar la raigambre de la gente. Pero la policía no iba a cambiar por sí sola; debían ser las políticas del gobierno las que impulsaran los cambios. La oposición acompañó y hoy cualquiera ve que Sevilla es tranquila y segura. Y aquella voluntad política les hizo bien incluso a los mismos policías".

En España no se habla de otra cosa que del encarcelamiento del ex ministro Barrionuevo y del ex secretario de Seguridad Vera, condenados ambos por el secuestro irregular de un inocente. Los defiende el mismísimo Felipe González. La discusión es feroz, pero es jurídica y es política. Y a la vez los periódicos comentan --con orgullo pero críticamente-- que el país gobernado ahora por Aznar ocupa el undécimo lugar entre los de mejor calidad de vida del mundo entero. Se han hecho estudios muy variados, estadísticas complejas e interrelacionantes: con el PP lo mejor de España, parece, tiene que ver con la economía y la seguridad; se echa de menos al PSOE respecto de política exterior y funcionamiento democrático. Resultan graciosas las declaraciones del presidente Menem diciendo que la Argentina ocupa el puesto 14º en algún ranking inventado por su imaginación.

De regreso a Washington, aquí se sigue no hablando de otra cosa que de las bajas pasiones (de la cintura para abajo) de un Bill Clinton que cada vez se parece más al John Travolta de Colores primarios. Luego de leer los diarios argentinos (llenos de clamor por manos duras; de la supina inutilidad de las malditas policías que se han de relamer de gozo contemplando el caos; de las pulseadas por el traspaso de la Federal y de las siempre patéticas propuestas de algunos legisladores justicialistas), doy una clase en Carlisle, un pueblito de Pennsylvania en el que funciona el prestigioso Dickinson College, y allí una estudiante me cuenta que cuando se gradúe va a trabajar en la CIA. "La Agencia", como aquí se la conoce, les está pagando los estudios a ella y a varios compañeros. También el Ejército lo hace --me informan-- y la Marina, el FBI, la policía de cada estado y casi todos los organismos públicos. Becan estudiantes a condición de que, cuando egresen, trabajen como funcionarios durante un tiempo.

Pero la chica ha advertido en mis ojos la sorpresa. Y dice: "Oh sí, para ustedes es algo temible y despreciable, pero para nosotros es sólo una buena posibilidad de tener trabajo". Le cuestiono tal supuesta inocencia, y enfáticamente le recuerdo las horribles "hazañas" de la CIA en Guatemala, Santo Domingo, Chile y tanto más. La chica dice que ya sabe todo eso, conoce la historia negra. Pero ella cree que sólo tendrá un trabajo y remata: "Yo no voy a ser la que tome decisiones ni haga nada malo; será el gobierno estadounidense el que ordene mis acciones y será mi conciencia la que determine si lo que me ordenaron es legal o no. Para saber eso es que estoy estudiando".

No sé si tiene razón, creo que no la tiene, pero la convicción de la muchacha --como la de los pibes de Sevilla-- ratifica que el poder policial, el espionaje y el control social son siempre decisiones políticas orientadas hacia la educación, no hacia las supuestas "manos duras" que añoran nuestros autoritarios. Estos chicos lo saben desde la secundaria.

 

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