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UNA RED DE HOMBRES CON HANDIES PERSIGUE A LOS INSPECTORES
Los espías de la ciudad

En moto, bicicleta o a pie y siempre handy en mano, una red de espías de los vendedores callejeros sigue cada día a sol y sombra a los inspectores porteños para conocer sus recorridos y pasar el dato. Los persiguen por subtes, calles y hasta en situaciones íntimas. Todo se transmite por handy. Ellos ensayan maniobras para perderlos, pero no siempre pueden. Entonces, les pinchan las ruedas.

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Por Alejandra Dandan

t.gif (67 bytes) –Me copiás, José. Me copiás...
–Hay inspectores y azules... fijate/fijate.
–Perú, Perú borrate. Borrate.
AM: 5.30. Se inicia la saga de un absurdo. Dos ejércitos callejeros se baten a duelo por handy: inspectores contra ambulantes. El espionaje sostiene la estructura de la trama. Todos los días hombres en bicicletas, motos y a pie persiguen inspectores para evitar que levanten puestos ambulantes. Se comunican a través de una cadena de radios. “Son peor que moscas, están hasta en la sopa. Hasta me siguen en el subte”, enloquece Jorge Smith, jefe de Inspectores de Vía Pública. Los inspectores desesperan por perderlos: inventan atajos, zizagueos o –ya hartos– desinflan ruedas del hombre de la bicicleta. Los espías persiguen en la calle, controlan viviendas y registran, incluso, comprometedoras fugas a moteles. Son unos 150. Están segmentados por zonas. Unos y otros conocen apodo, nombre y área de operación del rival. No hay figura legal para desterrar a esos hombres del handy. Por eso Smith se obsesiona: revisa artículos, estudia leyes. Quiere buscar la forma para sacarles –al menos– el maldito handy. Dice que ya la tiene. Prefiere no contarlo. Tiene miedo de que alguien escuche.
Sarmiento al 600. Un letrero dice: Departamento de Policía Municipal. Enfrente, un moreno habla a un handy. Se ahueca contra un umbral. Hay un gordito al lado también con radio. A dos metros el “Canoso” da la quinta vuelta manzana. “El es el que provee los relojes”, dirá más tarde Smith. El Canoso tiene pelo largo y, obvio, un radio pegado a la oreja. Camina hacia San Martín. En el Departamento cuatro hombres preparan una camioneta. Suben inspectores y policías. El objetivo puede volverse utopía: en las próximas dos horas intentarán levantar puestos callejeros.
Antes de dejar el sexto piso, Smith se guarda celular, radio mensaje y su handy. Escucha reportes y verborrágico espeta órdenes a su gente. Hay bolsas de mercadería secuestrada en el piso. En una mesa, seis radios se recargan. En tanto, enfrente del edificio el Canoso intuye la salida del segundo móvil. Será Smith, ya bajando, quien lo conduzca. El copiloto del inspector es mujer. Mas tarde ella labrará actas, ahora carga papeles preimpresos, cintas plásticas rubricadas y bolsas blancas.
El operativo parte. Pasan las 11. El Canoso corre a la esquina. Idéntico movimiento del morocho y el gordito. Otros tres, en cambio, continúan el papel de mojones. “Están avisando que salimos –descifra Smith–, ahora seguro se nos cuelga alguno”. Desde el edificio todavía pueden salir más móviles. “Caliente//caliente”, será la clave espía que sonará en los handy si los operativos municipales son más de tres. “Cuando son dos los controlamos. Pero depende de las internas que tengan ellos, pueden sacar hasta cuatro patrullas. Si salen todos, nos vuelven locos”, intentará explicar después a Página/12 un capanga del centro. Habla casi en secreto, refugiado en un bar. Le cuesta mirar a los ojos. Alguna vez le dijeron: “Para ser vendedor no se mira a la gente, sino te sentís una basura”. Está reconcentrado. Ese mismo bar lo ve aparecer todos los días a las 9. Cuenta tarjetas telefónicas, monedas de un peso y espera a sus vendedores para entregárselas. No deja de monitorear la calle. Está nervioso. Sube el volumen del handy. Vuelve a calmarse: le avisan que las dos patrullas rumbearon para otra zona: “Maipú/Maipú”. Con esos datos ya se sabe el destino posible: entran en alerta los puestos de Rivadavia, desde 9 de Julio.
Un pájaro
en la almohada
–Malabia, Malabia al centro.
–Bancobancobanco.
(En dos minutos no quedarán puestos en la zona del Banco.) “Ahí viene el Pájaro”, identifica Smith sin dejar el volante. El inspector reconoce a cada espía. Vive insomne: se despierta y ve espías, come y vuelve a verlos, se asoma a la ventana de su oficina y ahí están. Su camioneta está en Alem. Se le pegó el Pájaro, un espía con casco y pelo rubio oxigenado. Tranquilo, el de la moto mantiene media cuadra de distancia. Smith no despega mirada del retrovisor. La sagacidad de la moto lo obsesiona. El Pájaro lo vio mirarlo, levanta la mano y saluda. El juego empezó; la tregua está terminada. “Ahora lo pierdo”, desafía el inspector. El zizagueo marea sobre todo a la camioneta, el motoespía no deja posición. Hay un semáforo en rojo. Smith hace una señal. El Pájaro se acerca. “Portate bien”, seduce el inspector. El motoquero levanta los hombros, porque después de todo seguirlo es su trabajo.
Por eso perseguir inspectores se vuelve obsesión, hasta borrar el límite de la vida privada. A varias cuadras de Alem, en Santa Fe un inspector tiene una cita en un bar. Pide agua. Su mesa muerde la entrada. Impaciente revisa la calle a través del vidrio. “Acá nomás hay un puesto. Los del handy están ahí –señala hacia afuera–. Es mejor ir para el fondo para que no me reconozcan.” El uniformado no comprende los hombres como el Pájaro, no pueden perderlo. Para eso le pagan sus clientes y él responde. Por la frecuencia de los ambulantes pueden oírse nombres de burdeles, paquetes restaurantes y detalles de figuras femeninas. “Si yo estoy con quien sea –confía ahora otro uniformado–, en toda la Capital empieza a correrse la bola por los handy.” Es que por las radios espía ya pasaron, incluso, nombres de moteles.
“Si el tipo está trabajando –ahora se justifica el Pájaro– y sale, yo pienso que trabaja, porque está para eso. Así que donde vaya pienso que va a tocar un puesto.” Hace cuatro años el Pájaro adoptó el papel de maldito espía. Goza pero conoce de reglas. “Por eso no me meto en la vida privada de nadie, yo hasta ahí”, dice y ríe hasta doblarse. Juega en el borde. Le encanta. Pájaro mantiene cierta distancia del móvil para que no lo lleven “sopre”. “Yo no estoy haciendo nada –retruca–. Tengo casco, tengo seguro de moto, los papeles y habilitación para manejar el handy.” Dentro del móvil los inspectores se vanaglorian: “Es que aprendieron después de tantos encierros porque siempre les faltaba algo”. Con todo el Pájaro no puede distraerse. “Yo a Smith –parlotea– lo tengo que seguir hasta la casa, quién me asegura que entra y se queda quietito si es capaz de salir de repente y reventarnos.” Es que los espías saben que el inspector es capaz de salir de un subte y, antes de llegar a la oficina, agarrar alguna tabla. Por eso lo llaman “SS”. Y si el inspector escapa y levanta un puesto, al Pájaro puede cobrar duro. “Esto es una selva, acordate”, analizará más tarde el capanga todavía en el bar y un cortado mediano en la mesa.
Operativo resistencia
–Cristian. Cristian.
–Te copio.
–¿Quién perdió, Cristian?
–Aguirre.
Ese Aguirre es panchero. Tiene el puesto en Alem y Tucumán (ver recuadro). Perder es sinónimo de puesto secuestrado por la inspección. El panchero tiene handy. Le avisaron, cerró el puesto y corrió calle arriba. Lo persiguieron y cayó. Smith tiene el handy en la mano. “No lo puedo secuestrar –dice sobre el aparato– porque me denuncian por robo.” Hacerse del arma enemiga es una tentación. “Transit/Vasco/transti”, se escucha. “Transit –traduce el inspector– es otro lugar del que salen mis hombres. ¡Si con el trabajo que hacen los ambulantes yo hasta podría controlar a mi gente!” Aguirre paga por el alquiler del handy 100 pesos mensuales pero además aporta a un pozo común: cada puesto independiente pone 10 pesos por el servicio de motos como las del Pájaro. La vereda también tiene precio: en el microcentro cada puesto paga 100 pesos semanales la brigada, en las afueras la cuota es de 50.
Saber un dato y no pasarlo tiene un nombre en la calle: traición. “Si yo sigo un operativo –dice uno–, aviso a mis clientes y al resto. Pero si viste al móvil y no me avisaste, sos un traidor.” Un puesto caído es “bolo” o mercadería perdida para el proveedor y reprimenda para el espía. Los ideólogos de la inteligencia ambulante reconocen la existencia de fallas, por eso estudian modos de corregirlas. “Si me sigue una bicicleta –confía Smith– voy tranquilo por la 9 de Julio y de repente acelero y subo a la autopista, ahí los perdí.” El inspector no sabe que los espías conocen el ardid. “Nosotros sabemos que el operativo intenta perdernos –reconoce un espía ya experto–, conocemos que suben a la autopista porque una bici no los puede seguir. Yo dispongo gente en las tres bajadas posibles, pero si mi gente se duerme o se me va, después me dice que lo perdió... ¡Y qué le voy a hacer! Esto es así.” Del otro lado, entre los legales esa distracción es victoria.
Existen estrategias para escaparle al espionaje montado: el boicot. “Ahora está todo bien –da cuenta Smith–, pero si me joden cuando tengo que pescar algo pesado, los distraigo: unas vueltas, dejo que se acerquen, bajo y arranco un fusible a la moto.” La inventiva se multiplica de acuerdo con el grado de histeria: pinchar gomas de bicicletas o jugar con los que van a pie en el microcentro. El inspector Baquer sabe que es temido en Florida y Corrientes. “Salgo a caminar –dice– y ya tengo a dos atrás mío.” El aviso de esos dos transforma la calle en colmena. Cientos de hombres con handy aparecen en Corrientes mientras los puesteros desesperan echando relojes, camisas o lapiceras en bolsos. Desarman las tablas y, si pueden, antes de correr, tiran todo bajo autos estacionados o a recaudo de canillitas amigos.
“Fijate el tacho/el tacho/tacho”. Esta vez el mensaje llega desde un handy de inspectores: “Me bajé del móvil –aclara Smith–, abrí el tacho de basura de la esquina y me encontré un carrito. El tipo –ahora se ríe– había escondido el carro ahí”.
–Chino, chino me copiás.
–(...)
–Me cubrís 9 de Julio.
El café de leche azucarado se acabó hace rato. El Cacique sigue en el bar. Todavía está tranquilo, Smith volvió, dejó la calle, volvió al Departamento y, por esta vez, él no perdió ningún puesto. El cacique tiene algo más de treinta años. Tiene un radio colgado en la campera y el handy apretado bajo el brazo. Alguien pasa a buscar otro paquete. Un papel amarillo queda visible en la mesa. Al cacique parece molestarlo porque disimulado, lo arranca. Habla de la urbe como de un lugar de dos senderos: el del sistema y el otro. “Nosotros queremos estar dentro, del lado de ustedes, pero no nos dejan.” Hace tiempo intentaron quebrar la organización callejera. Los inspectores dicen que en gran medida se consiguió. Los espías no: “Fue como si a un adoquín –filosofa el cacique- en vez de hacerlo desaparecer lo hubiesen partido en mil pedazos”. Por eso sobreviven.

 

El arresto del panchero

“Vamos para la Plaza Roma, seguro que pesco alguno”, adelanta Smith. Es extraño, en Mitre el operativo logró perder a los hombres del handy. El inspector llega sólo a Alem. Sabe dónde encontrar a los pancheros. Mira enfrente pero los dos puestos desaparecieron. “Para dónde se fue –rezonga– dónde estás... te voy a agarrar.” Smith ordena al administrativo que lo secunda que baje. “Bajen ustedes también”, pide al policía que lo acompaña. Sobre la plaza policía e inspector no corren, caminan agitando el paso. En diagonal y a una cuadra se ve un carro corriendo. La persecución se acentúa. El panchero llegó a Bouchard frente a Puerto Madero. No ve semáforos ni luces rojas, con la patrulla casi encima mete de prepo el carro metálico entre los autos. “Quedate ahí, quedate”, ordena el policía. “Viejo, no me podés hacer esto –implora el panchero–, ya estoy fuera de la plaza. Vos no me agarraste. Vos perdiste. Yo corrí, me escapé...”, las palabras se le atolondran en la boca. Baquer, otro inspector a bordo de un segundo móvil, no concede. El panchero vuelve a agarrar el carro. Dice que lo va a acomodar pero reintenta una huida. El policía busca hacer sentir el uniforme. Lo sujeta por la espalda y otro inspector por delante. El panchero patea el aire. No puede resistirse. Levanta la cara: enfrente tiene una cámara de fotos. No lo soporta. Se revuelca de furia hasta zafar del encierro. Avanza hacia el fotógrafo de Página/12, prepara el puño y lo trompea hasta hacerle perder la cámara.


“A la brigada le pago 50”

“Este puesto es mío. Le compré a un señor este pedazo de vereda.” El señor mencionado por la mujer peruana es conocido como Enrique. Ella explica que el hombre tiene potestad sobre los puestos ubicados a lo largo de la avenida Belgrano, desde 9 de Julio al Bajo. Por una cuadrícula de baldosas la mujer le paga a Enrique 50 pesos. “El señor es quien hace el trámite también con la Brigada yo le pago a él y él arregla.” La mujer usa un rouge suave y tiene ojos rasgados. Ahora está tranquila. Cuatro meses atrás, ingenua, intentó colocar por las suyas un puesto. Probó en Plaza Dorrego y en el Bajo. “La Brigada venía y me llevaba todo.” Una paisana, vecina también del inquilinato, le ofreció atender un puesto en Florida. Vendió medias sobre una tabla durante un tiempo hasta que aprendió las reglas. “Ahora compro mi mercadería en Once”, dice. En la mesa tiene desde pinzas depilatorias hasta fundas de celular. Por día suele vender hasta 130 y 140 pesos. De lo recaudado separa la plata de la pensión, la del alquiler de la Brigada y, ella también, 10 pesos para el hombre del handy. “Acá tenemos suerte –cuenta sin turbarse–, solamente pagamos 50 a la Brigada porque en el microcentro te cobran 100.” Este pago no excluye del peligro a los vendedores. La mujer, como cada puestero, todos los días puede desarmar el puesto hasta diez veces: señal de que los inspectores están cerca. Basta una mano levantada, un silbido o una seña extraña para alertarlos. Abren el bolso, meten las cosas y desarman.

 


 

COMO TRASMITE INFORMACION LA RED DE ESPIONAJE
Y todo por la desregulación

t.gif (862 bytes) “Si no fuera por esta radio, estaríamos perdidos”, explica a Página/12 un proveedor callejero. “Nuestra peste son los handies –cuenta ahora un inspector–: el día que se los saquemos los quebramos.” Están en veredas contrarias, pero coinciden. La desregulación del sistema de comunicaciones abrió el camino de los hombre espías. Hasta ese momento los únicos que tenían licencia de handy eran policías e inspectores. En la capital los hombres que protegen la venta ambulante con handy son cerca de 150. El pago recibido varía: según la policía municipal, cobran entre 60 y 70 pesos diarios; según ellos, el pago es de 30 fijos y algunos extras que varían de acuerdo con la cantidad de clientes.
La persecución de operativos primero se hizo con hombres a pie, auto o combis. Los coches fueron ineficientes porque estaban sometidos al tránsito y el aviso a puesteros era prácticamente imposible. Cuando el servicio de motos se popularizó, los ambulantes lo adoptaron. Todavía sin handy, emplearon motoristas para la persecución de inspectores. El método fue efectivo hasta que la policía comenzó a pedir casco, papeles de la moto y seguro. Las bajas diarias eran incontables. De a poco se fueron proveyendo, entonces, de los requisitos burocráticos y de bicicletas, sin exigencias legales. Los primeros handy fueron de los dueños de la mercadería. Las comunicaciones se hacían entre proveedores para pedir productos. La eficiencia del sistema los sedujo: además de gaseosas ahora se pedían datos sobre el rastreo comunal.
Cada mensajero opera en zonas. Hay tres tipos de espías. Unos sólo responden a un cacique, que como comandante regional además de pagar al espía, surte de mercadería y de protección a sus propios puesteros. Otros, son contratados por puestos independientes –cada uno pone 10 pesos– o con lazos difusos con su proveedor. El tercer modo es un híbrido de los dos primeros.
Habitualmente los hombres móviles están encadenados por un sistema de postas: la moto sigue al móvil hasta una calle; cruzado el límite, el móvil será perseguido por un nuevo espía. Si el inspector da señales de estar inquieto, la vigilancia se duplica. El espía patrulla su zona, hasta escuchar la señal del handy con la ubicación y dirección de la inspección. Si le corresponde, corre y se engancha al móvil. Debe prever la dirección que tomará la patrulla, pedalear hasta adelantarse y –mientras avisa por handy el destino del móvil–, silbar y levantar los brazos para levantar los puestos a su paso. Ah, también tiene prohibido que lo pise un auto.

 

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