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Sábados de videogame, puerta y discotecas

Sábado a la noche, y los minimarkets de las estaciones de servicio, los maxikioscos de esquinas estratégicas y los zaguanes se pueblan de jóvenes que ya no van a bares. Ya sea calentando motores para ir a bailar o al recital, o como salida en sí, ricos y pobres, grones y caretas comparten nuevas costumbres desconcertantes. Y, claro, una alarmante cantidad de “birra, faso y novi”.

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Plástico, neón, gaseosas, chicas: el mundo del 24 horas.
“En vez de estar en la calle vas ahí, y después a bailar.”

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Por Luis Bruschtein

t.gif (67 bytes) “Vestido como dandy, peinao a la gomina, y dueño de una mina más linda que una flor, bailás en la milonga con aire de importancia, luciendo la elegancia, y haciendo exhibición” cantaba Angel Vargas a los muchachos que salían de parranda los fines de semana en los años 30. Joaquín se tiñó el pelo con una pomada negra y dice con orgullo que hace más de un mes que no se lava las zapatillas. Está con sus amigos tomando cerveza en la puerta de la casa, en el barrio de Palermo. “Nosotros nos juntamos en la puerta de alguna casa a tomar cerveza, ésa es la salida típica”, cuenta. A pocas cuadras de ahí, en un 24 horas de Agüero y Santa Fe, Jonatan juega con la argolla que le cuelga de la oreja izquierda. Es un hormiguero de pibes. “Venimos aquí después de bailar –explica– y, cuando se frustra una salida, también terminamos acá porque tienen unas hamburguesas bárbaras.” Buenos Aires sábado a la noche.
Las discotecas, los bares, los clubes de barrio y por supuesto el anciano cabarute han pasado al desván de los recuerdos, quedan para las letras de tango o del viejo rock. “Conseguí licor y me emborraché, en el baño de un bar” cantaba en “Confesiones de invierno” Charly García en los años 70. “En vez de estar en la calle, vas ahí. Es muy común después de ir a bailar. Son más modernos que los bares y es más probable que te vendan bebidas alcohólicas”, explica Jonatan.
Dos chicas de jeans, remeras y con el pelo suelto, meten fichas en la fonola y se ponen a bailar rock’n roll en medio de las mesas del “stop”, como llaman a los “24 horas” de las estaciones de servicio, superiluminados y con paredes de vidrio. “Los 24 horas son más baratos; el café sale un peso y siempre fue punto de encuentro porque nos queda cerca a todos. Antes de salir, nos encontramos ahí y, si después no podemos entrar al lugar donde teníamos pensado ir, volvemos. Total, pasan música y está siempre abierto”, dice Laura, que cursa quinto año en el Cangallo. Es rubia de ojos claros y mide casi un metro setenta. Sus amigas son más altas aún. En ese contexto se siente “de estatura normal”. Y anda siempre en pantalones. “No uso polleras porque no me gustan mis piernas”, comenta. Este año ella y sus amigos –un grupo mixto de casi quince personas– sumaron otro punto de encuentro: un videojuego en la calle Santa Fe “donde mientras esperamos que lleguen todos, los varones juegan algunas fichas”.
Ella y su amiga Romina giran y dan vueltas entre las mesas rojas sin que nadie parezca percatarse. En realidad la música apenas se puede oír entre el estrépito y la cháchara. En una mesa, bajo esa luz de quirófano, una parejita adolescente se “transa” hasta las campanillas con gran poder de concentración y, sobre todo, de abstracción.
Julián tiene 18 años y estudia economía en el Instituto Di Tella. Es morocho, alto y desgarbado. Siempre usó el pelo largo, pero hace unos meses le agarró un ataque y se lo cortó. “Me cansé de verme siempre igual”, dice. No es “tuerca”, pero tiene estaciones de servicio preferidas: las que están en Agüero y Santa Fe y Montevideo y Paraguay. La principal ventaja, dice Julián, es que “siempre te encontrás con pibes de tu edad y están abiertas todo el tiempo”.
Romina, morocha, pelo enrulado, metro sesenta, 16 años, estudia en el Avellaneda. Casi todos los jueves, viernes y sábados va a bailar a Ave Porco, “el lugar de moda” y su boliche preferido. Antes de entrar, “para” en el Stop de enfrente. “Está siempre lleno entre las once y las dos de la mañana y después, entre las cuatro y las seis”, asegura y explica el éxito: “Es la edad, encontrás a toda gente joven, los precios no tienen nada que ver”. Ernesto Riquelme, de 20 años, atiende los surtidores de la estación de servicio. “Antes eras un grasa si trabajabas aquí, pero ahora queda bien y hasta podés ganarte una minita” asegura con algo de exageración porteña, mientras agita la manguera de goma. Ezequiel pasó la edad del secundario. Tiene 20 años, pero todavía está en la lucha para terminar quinto año en el Rivadavia. “Los sábados, cuando salimos de bailar, vamos a una estación de servicio”. El lo resume así: “Se juntan todos pibes jóvenes, tenés la fonola, si te cansás escuchás tres temas y te vas. Nadie te jode”.
Los viernes, la salida es otra. En la esquina del Colegio Bernasconi, Ezequiel se junta con treinta amigos. “Nos juntamos desde las doce hasta las cuatro y copeteamos –o sea, toman bebidas alcohólicas–. No lo podemos hacer en una casa porque somos muchos y los pibes te descontrolan todo. En un bar no tiene sentido, porque ya es tradición lo de la esquina.” Los pibes de la barra, sentados en el cordón o en el umbral de los portales, con sus tetrabric y botellas de cerveza inquietan a los inocentes transeúntes, que prefieren cruzarse a la otra vereda, pero los muchachos no hacen nada. Los vecinos los conocen y están tranquilos. Ezequiel dice que ahora la policía “no jode tanto como antes”, pero que una vez, hace ya un año, terminaron todos encerrados. “Nos divertimos porque no nos metieron en un calabozo, sabían que no habíamos hecho nada. Comimos facturas y miramos la tele, pero a la mañana ya no nos daba tanta gracia. Nos queríamos ir.”
En la esquina de Avellaneda y Colpayo hay un “24 horas” en un lavadero de autos. Como el lugar es chico, los muchachos, esta vez con sus autos, van al lavadero y después se reúnen en la esquina de enfrente y hacen competencias con los equipos de sonido. “Cada vez que suena un bajo, los vidrios tiemblan –asegura Gladys, una morocha despampanante que vive en el tercer piso–, es como si tuvieras un recital de los Redondos dentro de tu casa, pero son respetuosos, un poco mirones y nada más.” El otro problema es que a la mañana siguiente está lleno de botellas junto al cordón de la vereda.
Joaquín, el de la pomada negra en el pelo, tiene 16 años y cursa el cuarto año del Nacional Buenos Aires. “Antes era castaño”, confiesa, pasándose la mano por la pelambre antes de aportar un análisis clasista: “Las estaciones de servicio son para los conchetos. Nosotros nos juntamos en la puerta de alguna casa a tomar cerveza, ésa es la salida típica”. Y sigue: “La principal razón es que no tenemos plata, por eso no entramos a ningún lado. Y en ninguna casa nos quieren recibir a todos, imaginate. Algunos padres tampoco quieren que los amigos de sus hijos estén tomando en la puerta de su edificio. En ese grupo se encuentran mis viejos”, reflexiona, mientras sus amigos, con las zapatillas en estado gaseoso, igual que las suyas, asienten con el ceño fruncido.

Informe: Romina Calderaro.

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