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El personal trainer o un confesor con status

Se puso de moda. Los contratan por 300 pesos al mes y, celular en mano, salen con ellos a correr. Incluye confesiones e intimidad.

Los encuentros tienen lugar en el Rosedal, los lagos de Palermo o frente al Golf.
Ellos reconocen que algunos los contratan como “muñequitos de juguete, por una cuestión de ostentación”.

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Por Carolina Bilder

t.gif (67 bytes) Fernando toca el portero eléctrico. Verónica salta de la cama y deja entreabierta la puerta. El se mete en la cocina, prepara jugo de naranjas exprimido y las vitaminas. Desayunan y se van a Palermo. Dos veces por semana, él, su “entrenador personal”, pasa a buscarla y le dedica tres horas. Ciento ochenta minutos en los que ella no sólo renueva el aire de sus pulmones. Experimenta, dice, un raro placer en sentirse mimada, cuidada y escuchada. En Buenos Aires, la moda de contratar a un “personal trainer” para tomar clases de gimnasia al aire libre despuntó hace varios años y crece recomendada por el boca a boca. Entrenador y entrenado terminan volviéndose confidentes y, entre trotes y caminatas, intercambian cotizaciones de Bolsa, infidelidades y recetas de autoayuda.
Parece que el gimnasio ya fue. Los fanáticos de la silueta ahora prefieren el verde soleado con corrientes de aire y bocinazos a los ruidos de máquinas. Hombres y mujeres con celular prendido al pantalón de gimnasia se fijan como garrapatas en las alfombras verdes que rodean al Club de Golf, el Rosedal y los lagos de Palermo. La mayoría son ejecutivos, empresarios y profesionales con perfil deportivo que pagan un abono de entre 280 y 320 pesos mensuales por una inyección de beneficios que, reconocen, no conseguirían por sí solos.
Cómo achicar
cinco centímetros
“Hacer abdominales es un embole, pero la cosa cambia cuando tenés una luna llena arriba, sentís el olor del pasto y alguien que es pura fibra está pendiente de tu cuerpo”, se extasia Andrea C., de 29 años, para quien el entrenamiento personal se volvió “mucho más divertido que un gimnasio”. De proyecto de diosa por la mañana pasa a jogging y remera larga por la tarde. Los martes y jueves, cuando cae el sol, ella aborda un taxi con ropa deportiva y se baja en Palermo. El punto de encuentro es el Rosedal. La cita, a las siete.
Treinta y tres años, cuerpo macizo y musculoso. Fernando U. espera a Andrea en su Trafic acondicionada como gimnasio móvil. Allí guarda colchonetas, una balanza, bicis, pesas, bandas elásticas, botellas de agua y “pastillitas de glucosa por si te baja la presión”, apunta su alumna. Fernando es profesor de Educación Física y durante 15 horas al día se gana la vida como “personal trainer”. A su primera alumna la conoció en Punta del Este hace cuatro años. El entrenamiento para tonificar piernas y reducir caderas duró hasta que el novio de la chica puso fin a la relación. Pero ella se encargó de promocionarlo, lo recomendó a otra amiga y hoy tiene 27 “trainees” (entrenados).
Por lo general las clases son individuales, pero también se dan en grupo. Como la de Andrea, que desembarca en Palermo junto a cuatro compañeras de oficina. “Las conocí hace un año y medio en un torneo de fútbol entre empresas. Ellas quisieron jugar y a los 15 minutos estaban muertas –recuerda Fernando–. Su jefe, que también es mi alumno, decidió pagarles las clases como una recompensa por la fuerte exigencia que tienen”.
Otra mujer espía su cuerpo frente al espejo, está en el salón de una coqueta peluquería de Barrio Norte. Tiene los biceps inflados debajo de una remera ajustada, las piernas estilizadas como las de una muñeca Barbie y curvas proporcionadas. Ronda los 40. Desde el sillón en que la peinan, le comenta a su joven acompañante: “Francisco, mi personal trainer, me apostó que voy a poder achicar cinco centímetros de cadera”. El monólogo avanza y la mujer insiste ante su interlocutora: “Es bárbaro, sabe cómo motivarme. Con lo de la apuesta, por ejemplo”.
Trainer y oreja
Fernando admite que el personal trainer empezó a cumplir varias funciones al mismo tiempo. Reconoce que hay quienes los contratan como “muñequitos de juguete, por una cuestión de ostentación”, aunque –afirma- “son los que dejan enseguida, no tienen continuidad y lo hacen por moda”. A los otros, en cambio, intenta protegerlos. Dice que porque aceptan sus pilares de entrenamiento. “Toman conciencia de que la actividad física es parte de la higiene personal y eso les permite sobrellevar el trabajo de otra manera, sentirse mejor integralmente.”
Con el tiempo el trabajo del entrenador físico se prolonga en encuentros y salidas comunes. Fernando compartió cumpleaños, casamientos y nacimientos de los hijos de sus alumnos, y cuenta que uno de ellos le prestó su casa del country mientras estaba de vacaciones. Gastón, otro profesor, se ve envuelto en situaciones similares: “Un alumno me invitó a ver la carrera de la Fórmula 1 en el autódromo y para el Día del Amigo nos mandamos emails y salimos a festejar”. Pero también enfrentó situaciones menos favorables. Por la misma época otro alumno lo dejó en aprietos frente a su mujer. Gastón pasó a buscarlo por su casa y, en su lugar, encontró a la señora y la hija. Ella, brotada de un ataque de nervios y la nena, llorando sin consuelo. Había descubierto el código del celular de su marido y escuchado los mensajes amorosos que le dejaba otra mujer. En ese momento llegó el empresario; la mujer descargó su furia contra él y se fue de la casa pegando un portazo. Deprimido, su alumno le pidió que lo acompañara al bingo. Gastón no pudo negarse ante la insistencia que parecía exigencia. “Al fin y al cabo cobraba por ese tiempo”, pensó aquella vez. En la casa de juegos, el hombre perdió más de 1000 pesos en las maquinitas y se retiró acompañado por otra bella señorita.
Fernando y Gastón coinciden en el hecho de que compartir tantas horas los convierte en íntimos amigos. Pero ambos reconocen: los otros proponen y ellos disponen. Sus alumnos cuentan y ellos escuchan. De eso se trata.

 

La imagen del cuerpo

Daniel Lutzky, titular de Psicología y Comunicación de la Universidad de Buenos Aires, analiza el fenómeno como característico de una “época del look y lo visual, donde el cuerpo empieza a ser definido por los demás y necesita ser mejorado”. Precisamente porque depende de la mirada de los otros tanto como de la del personal trainer. “El poder del entrenador es como el del estilista” –señala–. En vez de decirnos cómo peinarnos mientras perdemos el control de nuestro pelo, el personal trainer nos dice qué debemos hacer con nuestro cuerpo. De este modo, dependemos cada vez menos de la voluntad y más de alguien que va formando la imagen de nuestro propio cuerpo”. Lutzky diferencia entre las motivaciones que tienen los hombres y las mujeres cuando eligen un entrenador físico que los acompañe y el rol que cumple con cada uno durante el tiempo que dura la relación. “En los hombres es un poco un psicólogo que asume la posición de escuchar más que hablar. En cambio, en las mujeres es alguien más que se ocupa de ellas y reemplaza un poco las carencias afectivas de esta época”.

 

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