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Kryptonita para Pinochet

 

Por José Pablo Feinmann


t.gif (67 bytes)  En 1991, para una asamblea sobre derechos humanos, viajó a Chile el actor Christopher Reeve. Aún no había sufrido el cruel accidente que habría de postrarlo en una silla de ruedas y que también haría de él un adalid en la lucha por la dignidad y la recuperación de los discapacitados. No, en 1991 Christopher era todavía ese muchacho alto, liberal en el sentido estadounidense de la palabra y deseoso de luchar por las causas de la justicia y de la ética. Llegó a Chile y se reunió con los organismos de derechos humanos para reclamar contra el gobierno del Supremo. El Supremo --que tiene un tono burlón, que se considera inalcanzable, impune para toda la eternidad-- se burló de la presencia de Reeve. "Ahora --dijo-- lo han traído a Superman. Ya no saben qué hacer para molestarme". Con desdén lo dijo. Lo dijo, también, como quien dice: "Ni con Superman pueden contra mí. Yo soy más que Superman". El es más que todo. Está más allá del poder de los hombres... y de los superhombres. Reeve se fue de Chile tal vez con la conciencia tranquila, pero tal vez con la certeza de no haber conseguido mucho. ¿Por qué?

Porque la sociedad chilena --gran parte de ella, su sector medio y sus clases altas-- cobija a Pinochet en los pliegues de la impunidad. Pinochet --así lo piensan-- no es como estos torpes militares argentinos, que desquiciaron la economía del país y, como lamentable remate, lo arrojaron a una guerra absurda que perdieron sin nobleza alguna. No: Pinochet arregló la economía, manejó la transición a la democracia y ahora es senador vitalicio de un sistema que él vapuleó entre estruendo, sangre y silencio; el silencio del terror, de la policía secreta, de la desaparición.

Sin embargo, el brazo de la Justicia tiene, en este fin de milenio globalizado, largos alcances. Es posible que Pinochet sea intocable en Chile, pero el Supremo no sólo martirizó chilenos, martirizó también ciudadanos de otros países. En medio de la atronadora soberbia impune de sus primeros años de terror absoluto (no olvidemos que a las dictaduras sangrientas de América latina él les puso su nombre: pinochetazo es y será el sustantivo de todo régimen de inhumanidad y matanzas masivas), el Supremo no se detuvo ante nada. Sus víctimas no eran ciudadanos sino subversivos, zurdos o marxistas apátridas.

Ocurre, sin embargo, que muchos de esos sacrificados tenían una patria de origen y pertenencia que hoy reclama por ellos. Eran españoles o ingleses o franceses. El mundo globalizado incurre --coherentemente-- en una globalización de la justicia. Esa globalización acaba de atrapar en sus redes al Supremo. Creyó que podía salir de Chile. Pero no: acaba de entender que, en principio, no puede andar libre e impune por el mundo. Si quiere sentirse protegido --en tanto la democracia chilena aún no se haya fortalecido lo suficiente como para atraparlo y someterlo a la justicia de los hombres-- deberá permanecer, arrinconado, como en una guarida protegida por carabineros iracundos, en Chile.

Si quiere salir de Chile, se transformará en un reo de la Justicia. Hoy, en estos negros momentos que atraviesa, con su orgullo herido, con su infinita vanidad maltratada, tal vez haya pensado en Superman, de quien tanto se burlara en el lejano año de 1991. ¡Qué paradoja! El Supremo, que se reía de Superman, está entre rejas por obra de simples mortales. Porque él ya no es el Supremo y no es necesario convocar a ningún superhéroe para hacerle pagar sus crímenes: alcanza con los mortales que administran justicia. En suma, para bien de las causas justas, a Pinochet le llegó la hora de la kryptonita.

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