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EL DIA EN QUE ORSON WELLES METIO MIEDO
¡Apocalypse now!

La radioteatralización de “La guerra de los mundos”, de H.G. Wells, originó un descomunal revuelo en Nueva York, cuando el público que seguía el programa creyó que la ficción era realidad, hace hoy 60 años.

Orson Welles, que tenía 23 años, ofreciendo sus disculpas al público, en una conferencia de prensa.
El chiste lo convirtió en una estrella: gracias a eso logró filmar “El ciudadano”, tres años más tarde.

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Por V.A.

t.gif (67 bytes) No se sabe con certeza por qué el hombre necesita ver, oír y leer ficciones. Pero se sabe que no hubo tiempo ni lugar en el que el ser humano se haya privado de esas misteriosas y cautivantes “mentiras”. Los grandes artistas saben, como los buenos mentirosos, que de lo que se trata a la hora de construir ficciones es de –como opinaba Juan Carlos Onetti en relación con la literatura– mentir bien la verdad. Desde este punto de vista no sorprende que uno de los artistas más impredecibles del siglo, Orson Welles (1915-1985), tres años antes de haber dado a forma a la más perfecta de sus creaciones, El ciudadano (1941), le haya legado a la historia una lección aplastante de cómo una ficción, si está bien construida, puede hablar de cierto estado de las cosas con poesía y crudeza y, al mismo tiempo, ser tan verosímil como la misma realidad.
La noche del domingo 30 de octubre de 1938 –es decir hace hoy 60 años– un joven director de teatro que ya tenía la cuota de talento suficiente como para presentir que su nombre haría historia, emitía por la señal de radio de la cadena norteamericana CBS (Columbia Broadcasting Sistem) una ficción que logró ponerle los pelos de punta a dos millones de personas. Se trataba de una adaptación de La guerra de los mundos, una de las novelas pioneras de la ciencia ficción que había publicado en 1898 el escritor inglés H.G. Wells. Wells describe una invasión de marcianos inteligentes y agresivos. Lo que lograron Welles y el equipo de actores del Mercury Theatre –que, además, trasladaron la acción, que originalmente transcurría en Inglaterra, a Nueva Jersey– fue reconstruir esa ficción como si estuviera ocurriendo y difundirla del mismo modo en que hubiera sido anunciada en tal caso: con explicaciones científicas y descripciones desde el lugar de los hechos, entre otros trucos.
El programa de aquella noche –“Orson Welles and the Mercury Theatre on the air”– comenzó normalmente: un locutor dio el informe meteorológico y, después, como era habitual en esa época, otro presentó un concierto –el de un tal Ramón Raquello– que se transmitía en vivo desde un lujoso hotel de Nueva York. Pero la música fue interrumpida, a los pocos minutos de comenzada la transmisión, por un boletín informativo que anunciaba que un profesor del Observatorio de Princeton confirmaba que se habían observado llamaradas azules que viajaban hacia la Tierra provenientes de Marte. Tras el informe, que no causó mayor inquietud entre los millones de oyentes, la música del tal Raquello volvió al aire, por un corto espacio de tiempo. Un nuevo boletín, el segundo de una larga sucesión, anunció que un objeto en llamas, que aparentaba ser un meteorito, se había estrellado contra el suelo en una granja de Nueva Jersey.
A partir de ese momento todo fue alarma y estupor: un cronista se trasladó hasta la granja y advirtió entre alaridos y corridas que el objeto caído no era un meteoro sino una nave espacial. Y que de su interior salía una criatura espantosa, “grande como un oso y brillosa como el cuero mojado”, que incriminaba con la mirada a los curiosos terrícolas que habían rodeado la nave. Rato después, un locutor relataba espantado que “al menos cuarenta personas, entre ellas seis policías”, yacían muertas en un prado situado al este de la granja y que sus cuerpos estaban quemados y retorcidos. La radio informó que el gobernador de Nueva Jersey prohibió que los curiosos se acercaran debido a que los expertos habían llegado a la conclusión de que el aterrizaje era parte de una “ofensiva de un ejército invasor del planeta Marte”. En la ficción, de los siete mil hombres armados que se habían enfrentado a los belicosos ocupantes de la máquina, sólo 120 habían sobrevivido. “No hay defensa posible”, rugía el locutor. “Nuestro ejército ha sido aniquilado.”
Lo que pocos oyentes se permitieron oír fueron las palabras con la que Welles y sus compañeros cerraron la emisión. Como al comienzo, advertían que lo que se había escuchado era una adaptación de la novela del escritor inglés. El programa había durado apenas 30 minutos, pero los artífices del show habían provocado que el pánico se extendiera entre los más desprevenidos con la celeridad con la que suelen propagarse los malentendidos: hubo suicidios masivos, migraciones impulsivas que congestionaron las rutas y autopistas de los alrededores de Nueva York, congestión en los sistemas de comunicaciones. Los que se resignaron a la llegada del “fin del mundo” colaboraron en que la tasa de natalidad del año siguiente superara, por esa noche, su media. En un diario de la época se leyó: “La gente huía despavorida, y el desorden era apocalíptico. Se multiplicaron las llamadas telefónicas, los accidentes, los partos prematuros, la violencia y las confesiones de los pecadores arrepentidos. Algunos huyeron a los montes de Dakota, y la histeria colectiva duró toda la noche”. El escándalo fue tal que el joven director debió pedir perdón al día siguiente.
Pese a que nunca pudo comprobarse cuáles fueron las intenciones originales que movilizaron a Welles –que conducía el programa radial desde hacía cuatro meses– y al equipo de actores del Mercury Theatre, que lo acompañaba semanalmente en emisiones de una hora de duración, se presume que no era atemorizar a los desprevenidos ciudadanos de Nueva York. Lo más posible es que pretendieran experimentar con la mixtura de los contenidos del radioteatro y el formato clásico de los informativos radiales de la época. La experiencia, suponían, daría como resultado una versión moderna y aggiornada de la historia ideada por Wells. Fue el paso de los minutos que duró la emisión lo que confirmó que las consecuencias del experimento eran bien distintas a lo que la mayoría de los involucrados suponían. Es más: a tal punto difirió lo que se había previsto que el fenómeno bastó para que algunos de los teóricos más renombrados de la época –entre ellos Rudolf Arnheim– reconocieran en medios masivos como la radio nuevos objetos de investigación.
Welles, después de resistirse durante un tiempo a admitir que las trágicas consecuencias de su experimento podrían haberse previsto con antelación, vería como, después de la fatídica noche, se le abrían, generosas, las puertas de Hollywood. Había comenzado, queriéndolo o no, a construir su leyenda, haciéndole creer a millones de personas que se avecinaba el fin del mundo con la eficacia y la rapidez con que un matemático podría sacar la superficie de un triángulo. Y apenas tenía 23 años.
Después de que el episodio de La guerra de los mundos lo convirtiera de la noche a la mañana en “el joven maravilla del espectáculo norteamericano”, Hollywood se decidió a conquistar al chico prodigio con propuestas que pocos podían darse el lujo de recibir. Fue con la productora RKO con la que el “responsable de inspirar a más gente para dedicarse a la dirección que ningún otro en la historia del cine”, como definió Martin Scorsese, firmó el primero de una serie de contratos millonarios. Por ese contrato filmó la historia del magnate Charles Foster Kane, un personaje inspirado en el empresario editorial e inventor de la prensa amarilla, William Randolf Hearst: El ciudadano (1941) marcó un antes y un después en la historia del cine. Con ella, Welles alcanzó un éxito que nunca, en los 44 años de vida que le quedaban, volvería a igualar.

 

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