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Sh...
Por Alberto Szpunberg
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t.gif (862 bytes) Lo conocí una tarde que entré al Bar León a repartir volantes. Yo habré tenido entonces quince años y una fe inquebrantable. Hoy el Bar León no existe, y muchas cosas más tampoco. Me llamó con un vení, pibe, y un gesto de la mano, como si me agarrase desde el aire y me acercase, aunque su mirada seguía clavada en el tablero. Yo apuré el paso, imbatible. No ocurría todos los días que alguien me pidiese un volante sin que yo se lo tuviese que ofrecer.
–Dame unos cuantos –me pidió sin mirarme y, sin decir gracias ni nada, levantó con dificultad sus más de 100 kilos y los paseó por entre las mesas hasta alcanzar el baño.
Para mí fue toda una decepción política, acaso la primera, pero, sin duda, como un tatuaje, me marcó para siempre. Tal es así que, en momentos de desaliento, siempre que pienso que todo se vino abajo, y cuando digo todo el Muro es lo de menos, me acuerdo de esa tarde. Días después me enteré de que su nombre era Shloime Shapiro. Me lo dijo él mismo, otra tarde que volví a entrar al Bar León y dejé volantes en todas las mesas menos, por supuesto, en la suya. Fue entonces que me llamó, con el mismo gesto:
–¿Vos no jugás, pibe? –y me señaló la silla.
Me senté y, mientras ponía sus manos atrás, se presentó:
–Soy Shloime Shapiro. Como verás soy silencioso por naturaleza... Mi nombre y apellido empiezan con sh...
Luego puso sus dos puños delante de mi nariz.
–La izquierda –elegí.
–Lo sabía, pibe... –se sonrió–, a mí me da lo mismo, yo ya no creo en esas cábalas...
El tablero estaba descolorido, las piezas gastadas, todo el Bar León olía a rancio, pero me lancé al ataque. El me comió un peón y yo le comí un caballo. Así empezó mi venganza. No me imaginaba que Shloime Shapiro fuera tan fácil. A un costado del tablero se empezaron a amontonar su alfil, su otro caballo, una torre y tres peones.
–Tampoco creo en las damas... –afirmó.
Su reina pasó a engrosar mis trofeos y no sé por qué me conmoví:
–¿Tablas?
–¿Tablas? –se rió–, Moisés las escribió y él mismo, bajoneado por la poca fe, fue el primero en destrozarlas...
Y su alfil, el único que le quedaba, me desconertó:
–¡Jaque!
Moví el rey, porque no tenía otra y, cuando me di cuenta, ya era tarde.
–¡Mate! –exclamó Shloime Shapiro, y me tendió la mano. Yo iba a estrechársela, como hacen los caballeros, pero ni llegué a rozar sus uñas sucias de mugre y tabaco –No, pibe, unos volantes...
No tuve agallas ni tiempo para ofenderme. Agarró unos cuantos volantes y, con dificultad, jadeante –era su manera de respirar– sacó de la silla sus más de 100 kilos y volvió pasearlos entre las mesas hasta alcanzar el baño.
Se tomó su tiempo, como es lógico. Cuando volvió, encajó como pudo sus más de 100 kilos en la silla y me miró con sus ojos claros y eternamente húmedos.
–Ahora sí –me tendió la mano–, con el estómago en paz la gente ya puede saludarse...
Se la estreché. Era una mano sudorosa, de esas que dejan su huella donde tocan.
–No es cuestión de atacar, pibe –me guiñó–; para ganar, lo importante es no aflojar... Cuando desprendí mi mano de la suya vi que por debajo del puño sucio de su camisa asomaba un número tatuado.
–¿Y eso? –le pregunté.
Shloime Shapiro se cruzó un dedo sobre los labios y sólo me contestó: –Sh...
Que este silencio sea mi homenaje a aquel maestro.

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