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Fin de año
Por José Pablo Feinmann

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t.gif (862 bytes) Suele entenderse el fin de año como el momento del balance. Sería, entonces, el momento de la reflexión. Si, para Hegel, la filosofía era como el ave de Minerva porque levantaba su vuelo al anochecer, el fin de año sería el momento filosófico del año. Ha llegado el anochecer y no podemos sino reflexionar –si se quiere: filosofar– sobre los acontecimientos múltiples y con frecuencia caóticos que hemos dejado atrás.
Que los acontecimientos sean múltiples no es nuevo. Siempre la historia mostró el rostro de la multiplicidad, eso que solíamos entender como su infinita riqueza. Que los acontecimientos sean caóticos tampoco es nuevo, pero pertenece al espíritu de este fin de siglo. A menudo, desalentados, sentimos que nuestra capacidad de comprensión llega a su límite. Que hay mecanismos históricos que no podremos comprender. Que todo se ha desbocado, ha ido demasiado lejos. Que el azar o lo secreto o lo absurdo o lo inabarcable forman hasta tal punto el tejido de la historia que la búsqueda de una racionalidad de los hechos es imposible, o es, también, otra forma del absurdo. Si una fellatio en el norte del hemisferio americano desencadena feroces bombardeos en un país oriental y arrebata cientos y miles de vidas humanas, ¿qué racionalidad podemos encontrarle a la historia de nuestros días? Como sea, los intentos se hacen: se habla de la “sexoguerra” o de la “guerra Monica Lewinsky”. Pero se trata más del ingenio de los medios que de una comprensión de los hechos. Ocurre que aquí no hay comprensión. Que los motivos están demasiado lejos. O que el horror nos satura.
Detengámonos en este sentimiento: el horror. En Apocalipse Now, el coronel Kurtz, en su momento de mayor autorreflexión, de mayor hondura y lucidez, no hace un análisis racional de las causas últimas de la guerra de Vietnam. Se acuesta sobre el piso de tierra de su choza primitiva, mira fijamente hacia lo alto y susurra: “El horror. El horror...” Con frecuencia, el espectáculo del mundo que nos rodea es tan abrumador, escapa tanto a nuestra comprensión, o, si se quiere, nuestra comprensión ha ido tan lejos que no puede sino detenerse y concluir que no vale la pena continuar porque sólo habremos de seguir encontrando el mismo paisaje loco, criminal, absurdo y azaroso, que sólo, entonces, podremos exclamar como Kurtz: “El horror, el horror...” Y, sin embargo, no habremos de acostarnos cara al cielo en nuestra choza, porque la percepción del horror, o la percepción del actual mundo histórico como un mundo horroroso, no nos debe –o no nos debería– conducir a la aceptación de todos los horrores. Hay horrores contra los que se puede luchar. Y si se puede es porque se debe. Porque el darle vuelta la cara a realidades que sí, que podemos modificar, sería una de las tantas formas del horror. No sólo una más, sino una de las más injustificables.
Hay dos horrores que estas líneas de fin de año desean llevar a primer plano: la AMIA y el asesinato de José Luis Cabezas. Hay otro hecho que desearían poner en relación –no caprichosa, creo– con los dos primeros: la re-reelección de nuestro perdurable Presidente. O del hombre que gobernaba el país en que esos dos horrores tuvieron lugar. El hombre, también, que desea seguir gobernando pese a que esos dos horrores no se aclararon.
Deberíamos hacer una promesa: que ninguna fecha que acostumbramos a recordar sea recordada sin que, a la vez, recordemos la AMIA o el asesinato de Cabezas. Por ejemplo: “Hoy es 20 de junio, Día de la Bandera... y aún no se han aclarado el atentado a la AMIA ni el crimen de Cabezas”. Por ejemplo: “Hoy es 21 de setiembre, Día de la Primavera... y aún no se han aclarado el atentado a la AMIA ni el crimen de Cabezas”. Por ejemplo: “Hoy es 9 de julio, Día de la Independencia nacional... y aún etc”. No hay que darle respiro a la desmemoria, esa tenaz enemiga de la Justicia. Así las cosas, estas líneas de fin de año están escritas para decir: “Termina el año 1998 y aún no sabemos quién puso la bomba en la AMIA ni quién mató a Cabezas”. Están escritas para decir: “El Presidentebajo cuyo mandato esos hechos se produjeron y no se aclararon insiste en retener al Poder contra las reglas instituidas del juego constitucional”. Están escritas para preguntarse: “¿Por qué?”.
Si algo se ha establecido en relación a la bomba de la AMIA es que su no resolución, su impunidad tiene que ver con la complicidad entre ese hecho y estructuras del Poder, complicidad sin la cual no podría haberse realizado. Siempre que un hecho delictivo no se resuelve es porque quienes deben resolverlo están incluidos en él. Esta es una regla de hierro en toda sociedad en que los poderes mafiosos o las policías corruptas o los funcionarios delincuentes tienen fuerte mandato, decisión e impunidad. Como vemos, la historia se ha vuelto incomprensible, monstruosa, pero no tanto. Aún entendemos aspectos fundantes de ella, y todo aquello que podamos entender y esté mal, es nuestro deber explicitarlo y convocar a su solución, a su superación.
¿Cómo pasar al año entrante sin sentir que cada día nos alejamos más del recuerdo de Cabezas? Habíamos prometido no olvidarlo, pero doblamos el ‘97 y no ocurrió nada, y ahora doblamos el ‘98 y sigue sin ocurrir nada. O sí: este año algo ocurrió. Un hecho grotesco, una caricatura siniestra, sanguinolenta y burda: se suicidó Yabrán. O lo suicidaron. O lo que sea. Lo que sí fue, lo que sucedió es que muchos, demasiados, dieron por solucionado el caso. ¿Para qué seguir hablando de Cabezas? ¿O acaso no se suicidó Yabrán? Una muerte por otra. Asunto terminado.
Entre tanto, el Presidente insiste con la re-reelección. Que es decir: él sigue adelante y lo que no se solucionó durante su gestión seguirá sin solucionarse. ¿Para frenar qué, para ocultar a quién, para cubrir qué secretos inviolables servirá la permanencia obstinada del Presidente en el Poder? Difícil saberlo. Pero toda posible alternativa (todo posible gobierno diferenciado del actual) debería prometer, no cambiar el modelo económico, cosa que no podrá por el momento, sino cambiar el modelo jurídico. Que, hasta ahora, sigue siendo el de la impunidad. Es decir, el que no descubre ni condena a los culpables, volviéndose, así, sospechoso de convivir con ellos. O de tolerarlos hasta el extremo de la complicidad.

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