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Un tiro por la culata

 

Por Claudio Uriarte


t.gif (67 bytes)  Por si quedaba alguna duda del terrible tiro por la culata que la operación Zorro del Desierto representó para la alianza militar angloamericana, el régimen de Saddam Hussein acaba de completar su rechazo al regreso de los inspectores de armas de la UNSCOM con la decisión de desconocer las zonas de exclusión aérea impuestas por Estados Unidos en el sur y en el norte del país tras el desenlace de la Guerra del Golfo de 1991. Eso implica que Saddam se considera libre para atacar las aeronaves extranjeras que se propongan hacer respetar las prohibiciones de vuelo, originalmente instaladas para evitar los bombardeos de Saddam contra sus poblaciones kurda (en el norte) y chiíta (en el sur) y potenciar de paso sus rebeliones. También significa que el dictador de Bagdad sigue con lógica inexorable el objetivo que se fijó desde el fin de la guerra de 1991: recuperar el control de su territorio.

Saddam actúa protegido por dos circunstancias: los angloamericanos suspendieron sus acciones por respeto al mes árabe del Ramadán, que lleva sólo una semana, y Bill Clinton ha sido procesado por la Cámara de Representantes, lo que implica que un Senado convertido en tribunal empieza a considerar la posibilidad de su destitución el próximo 6 de enero. Ya durante Zorro del Desierto, la coincidencia del bombardeo con la ofensiva republicana en la Cámara de Representantes llevó a muchos --y no sólo a los habituales cultores de la teoría de la conspiración-- a preguntarse si no se estaba ante una operación de distracción. Ahora, cuando las apuestas contra el presidente son mucho más altas, apenas se podría evitar una sensación de ridículo general presidiendo sobre las más altas operaciones de Estado. La clase política norteamericana ya ha dejado claro que su eje de atención radica en Washington, no en Bagdad.

Si los paranoicos --y no sólo ellos-- pueden presumir una operación de distracción por parte de Clinton, conviene preguntarse si los últimos desafíos a la ONU no fueron en realidad una "locura" muy bien calculada por parte de Saddam Hussein, que habría forzado de este modo el retiro de los inspectores y causado una crisis donde sabía de antemano que todo lo que debía hacer era aguantarse unos pocos días de bombardeos. Tampoco se lo tomó a la ligera: unidades especiales del partido gobernante fueron desplegadas en los accesos a las principales ciudades, en previsión de conatos de revuelta. Pero ahora --con Clinton procesado y un gobierno israelí descarrilado-- Saddam puede respirar más tranquilo.

 

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