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Pena viva de muerte por Vera Fogwil

VERA FOGWILL

Antes por día había dos festejos, catorce festejos semanales, éramos siete. Ahora, que llegaron nueve más, tenemos como cinco o seis por día. La verdad que nos llevamos del orto, pero a la hora de festejar somos todos como si fuéramos uno mismo. La cosa es que yo, después de los festejos, siempre me iba a la habitación más oscura y pisaba la tiza de pizarrón, la mezclaba con el polvo de lavar (últimamente agregué aspirinas y azúcar impalpable) y me la respiraba. La mezcla no era tan Tricky, era Pixiestotal, y me caía a vegetar, pero no me dormía. Los ojos se me llenaban de sangre, como antes, pero la pupila directamente desaparecía. Llegué a quedarme ciega muchas horas. No me asusté, porque no ver a veces te hace sentir más feliz. Y después cuando volvés a ver todo, es un poco más feo, y entonces preferís volver a la oscuridad. Pero yo no estaba preparada para tantos festejos por día y me excedí. Lo que pasa es que todos los días se pasaron en festejos. La semana anterior festejamos el lunes: en primer lugar que Filito la semana que viene pasa a cumplir su sentencia “por robo de pasacasetes a mano armada con pistola de juguete”, y seguro que lo largan. En segundo lugar festejamos que Rolo dejó embarazada a una chica de quince y no se va a hacer cargo. En tercer lugar festejamos que Fuga y yo nos peleamos, y ella me dejó una cicatriz con un signo de pregunta en la espalda. Tuve que darme cuatro puntos. En cuarto lugar festejamos que la gorda tortilla no consigue novia. Y en el quinto puesto festejamos que a la otra torta (la ex de la gorda, a la que llamamos sin que lo sepa “Babesia”, mezcla de baba y necia) la echaron del baño de la estación Retiro donde laburaba ad honoren entregando papel higiénico a las damas. Por último festejamos que Pilo perdió la maratón. Había veinte premios que constaban cada uno de la “gran canasta familiar”. Corrían la manzana veintiuno. El único que perdió fue Pilo y todos estamos muy orgullosos de él. Festejamos porque no nos queda otra. La cosa es así, por día se pierde más de lo que se gana. Nosotros aceptamos que somos perdedores y que el camino es perder, porque la vida te lleva a eso. Si tuviéramos todo el tiempo la conciencia de eso, nos pegaríamos todos juntos un tiro. Pero no, festejamos que seguimos a pesar de todo esto. Festejamos que sobrevivimos y que somos mucho más fuertes que los que festejan un éxito. El éxito es festejo para trapos tontos que no se bancan el fracaso que todos juntos somos. La cosa es que, de tanto festejo más la mezcla, no dormí casi nunca. Me dijeron que festejaron que me había muerto. Es que yo estaba tirada en un rincón con los ojos abiertos satánicos y no me movía, no veía, ni escuchaba. Me tiraron en el baldío de atrás pensando que me había muerto. Pero finalmente aparecí a los seis días y dije: ¡Qué tal! ¿Qué vamos a festejar hoy? Fuga me agarró de los pelos (ya nos habíamos peleado por esto). Ella quería llevarme a una iglesia donde rehabilitan gente adicta. Yo me negué las primeras veces, y así estoy de marcada. Hoy ya tengo como seis cicatrices de signos de pregunta que me hace ella. Es buena conmigo. Y me dejó a las patadas en la puerta de la iglesia. Yo tengo claro una cosa; el tema es la adicción, no la droga. Y todos, somos adictos a todo, y todo el maldito tiempo necesitamos todas las malditas drogas, que nos inventaron. Es cierto quemuchas cosas se pueden reemplazar, pero se reemplazan, no cambian. La monja pidió que digamos: “Gracias a Dios que aquí estamos”. Yo no dije un catzo, porque no tengo gracias para nadie. Gloria, el trava, es adicta a sacarse los pelos con una pinza. Nos hicimos muy amigas. Otra, no me acuerdo su nombre, es adicta al programa “Yello y limón”. María de los “no sé qué”, es adicta a Mariana Nannis. Es la presidenta del club de fans: invierten guita en comprarle bolsas de basura de Versache, y otras insuficiencias mentales más. Cuando me tocó el turno de hablar, se me caían las lágrimas como cerveza batida. ¿Qué iba a decir? ¡Si yo no tengo interés alguno de resolver los problemas que me inventan que tengo! Por lo tanto, ahora, atiendo a la gente en la casa. Los escucho cuarenta minutos, miro el reloj, digo continuamos la próxima sesión y después me agradecen toda la ayuda que les doy. Y yo no digo ni una palabra, pongo cara de tortuga de almanaque. Entendí, que lo importante es que la gente se hable sola sí misma. Pero la gente sola no se habla en general, entonces yo me hago la que escucho y por las dudas para no contagiarme no escucho nada. Me divierto coleccionando forros negros que los inflo y los pincho. Y pienso en Mortaja que desapareció.