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La noche del 6 de abril, en la víspera de Aprils Fool -una suerte de Día de los Santos Inocentes norteamericano-, el selecto mundillo artístico de Nueva York se reunió en el atelier del pintor Jeff Koons para la presentación de Nat Tate: un artista americano, 1928-1960, detallada biografía de un expresionista abstracto injustamente olvidado por la historia del arte. Según el libro, escrito por el escritor inglés William Boyd, Tate destruyó el 99 por ciento de su obra y se suicidó arrojándose al agua desde el ferry que va a la Estatua de la Libertad. El cuerpo jamás apareció y junto a él se perdieron todos los rastros de su genial obra. Hasta que Boyd la redescubrió en una galería de la Calle 57. Mientras esperaban que David Bowie -el otro factotum del hallazgo- recitara partes del libro, los invitados posaron para la cámara de Imán -esposa de Bowie- y pulularon entre celebridades como el escritor Jay McInerney, el poeta John Ashberry y los pintores Julian Schnabel y Frank Stella. Mientras Bowie recitaba, algunos de los asistentes creyeron recordar haber visto u oído del artista olvidado y otros especulaban con posibles inversiones en la obra de Tate. Al día siguiente, diarios de Inglaterra, Francia e incluso el New York Times publicaron la historia de este descubrimiento arqueológico en el mundo del arte. Recién entonces, Bowie anunció que Nat Tate, en rigor de verdad, nunca había existido. Casi igual que Caparrós y Dorio con su Máximo Balbastro, en aquellos dorados años de El monitor argentino.
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