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Los flotarios de Buenos Aires

Por ALAN PAULS

Su inventor, John C. Lilly, fue perseguido por el gobierno norteamericano. Años después, Timothy Leary lo eligió como bálsamo para su cáncer galopante. Para pocos, es el lugar de encuentro con seres de otro planeta. En la Argentina combate eficazmente el estrés. Esta semana, Radar se sumerge en uno de los seis flotarios que aterrizaron en Buenos Aires.

El 16 de febrero de 1996, en su casa de Los Angeles, el legendario Timothy Leary hizo un anuncio que conmovió al mundo, o por lo menos a la porción de mundo que todavía poblaban los egresados de los psicodélicos sixties: un cáncer de próstata estaba matándolo, Leary sufría dolores atroces y pretendía morir con la misma gloriosa dignidad pública con la que había vivido. El bálsamo que eligió no fue la anestesia cibernética (religión en la que había reinvertido todo su capital lisérgico), y tampoco, contrariando a los nostálgicos, un tratamiento químico a base de cielos y diamantes. Leary eligió un “tanque de flotación”. En apenas ocho horas lo tuvo en su casa. Un tanque de fibra de vidrio del tamaño de una cama de dos plazas, con 25 centímetros de agua y 60 kilos de sal. John C. Lilly, el Mesías que lo transportó, era tan célebre como Leary: cuarenta años antes, mientras trabajaba como neurólogo para el Instituto Nacional de Salud Mental, Lilly había descubierto la fórmula de un extraño éxtasis sensorial: flotar de noche.

La media docena de tanques de flotación que hoy embelesan a Buenos Aires no son muy distintos del que endulzó, hasta disiparlos, los sufrimientos de Timothy Leary. Son tanques Samadhi, la versión con que Glenn Perry, bajo la supervisión de Lilly, refinó y modernizó el invento original de fines de los 50. También el principio es el mismo: flotar una hora a oscuras y en silencio, desnudos, en agua tibia, para llevar el cuerpo a una suerte de grado cero de la sensibilidad y, una vez cruzado ese umbral, recuperarlo como un paisaje puramente imaginario, tramado de sueños, percepciones excéntricas, ideas y afectos bizarros. Puede que los que acuden al Vilas Raquet Club o a los tanques del barrio de Belgrano tengan en mente efectos menos alucinatorios y más pedestres: relajarse, aliviar contracturas y jaquecas, atenuar el estrés, descansar, hacer un tour -incluso- por la réplica más fiel de la olvidada patria materna. Mi experiencia (floté ya cinco veces, lo que no me convierte en un veterano pero sí en un iniciado perplejo) es que todas esas eficacias son verdaderas, pero son sólo la antesala prosaica de un trance incomparablemente más lírico, que a la vez las preserva y las enrarece.

La primera flotación sirve apenas para renunciar al miedo, al prejuicioso desdén: el flotante lucha la primera media hora y se rinde o se duerme en la segunda, narcotizado por una inercia absoluta. (Calma, claustrofóbicos: aunque la doctrina Lilly aconseja oscuridad total y hermetismo, se puede flotar con la puerta abierta y con luz, y el tanque está perfectamente ventilado.) El efecto es terapéutico y hasta cómico; ya no hay dolor, pero el arrugado conejillo de indias, como si saliera del Leteo, enfrenta por primera vez un desafío extraordinario: recordar, en diez segundos, su propio cuerpo. Más tarde, al reincidir, las cosas se ponen verdaderamente interesantes. El cuerpo, condenado a flotar por la extrema densidad del agua, parece abandonarse, olvidarse a sí mismo, disolverse literalmente en el agua. ¿Qué queda? Una nada zen sembrada de haikaï nimios: el sonido de la propia respiración (gran momento 2001 Odisea del espacio), el crepitar de la saliva, una especie de vigilia voluptuosa y mental (¡ah, Freud y su “atención flotante”!) y, sobre todo, la experiencia del tiempo, que huye de las métricas cotidianas y se vuelve mutante, libre, puro. ¿Cuántos tiempos hay en una hora de tiempo? Floten y vean.

Alguna respuesta chispea, sin embargo, en el film Estados alterados, donde Ken Russell volcaba las experiencias de John C. Lilly en el cuerpo de William Hurt, un antropólogo sediento de alteridad que lleva la pasión (y el tiempo) de flotar hasta el delirio. El film, como todos los de Ken Russell, tiene la tortuosidad infantil de una ficción farsante, pero aun así evoca, traduciéndolo a la mitología Castaneda, el inspirado frenesí de pionero con el que Lilly, en pleno fervor beatnik, parió la teoría de la “privación sensorial” y el trance de la flotación que hoy reivindica la new age. Sólo que, por entonces, la leyenda de Lilly parecía escribirse más con la máquina de William Burroughs que con el pincel de un maestro zen o la voz de Castaneda. En 1958, John C. Lilly descubre que las autoridades del Instituto de Salud Mental, un organismo gubernamental, pretenden tomar el control de sus experimentos con los tanques de flotación. Razona que su investigación es incompatible con la política del gobierno. Secretamente decide renunciar, pero toma un último baño a modo de despedida, con la intención de revisar sus últimos cinco años de trabajo. Entra en el tanque. Los músculos se relajan. Después, la mente desecha los residuos del día y desaparece también. Lilly es apenas una conciencia, un punto que brilla en un inmenso espacio vacío. Ve, de pronto, dos criaturas que se acercan despacio; hablan entre sí sin palabras, hablan con él, y Lilly, que ya no es Lilly sino una Tercera Criatura, experta en esa jerga inmediata, conferencia largamente con ellas en un espacio sin dimensiones, “cerca del tercer planeta de un pequeño sistema solar dominado por una estrella del tipo G”. Las Criaturas (Lilly incluido, desde luego) responden a una organización llamada Oficina Terrestre de Control de Coincidencias (OTCC). El debate, que Lilly traducirá al inglés en su libro El ciclón diádico, es altamente instructivo: en tono protector, como si Lilly, sin saberlo, hubiera sido siempre un agente de la OTCC, las Tres Criaturas hablan de Lilly (“oscila entre dos sistemas de creencias; en uno sostiene que la mente es el software del cerebro; en el otro cree en nosotros”), del avanzado estado de sus investigaciones (“ahora quiere abandonar el estudio de los electrodos”), de la maquinación gubernamental para sofocarlas (“el agente está comprendiendo las implicancias político-sociales de su trabajo”), y, después de fijar fecha, hora y lugar para la próxima conferencia, acuerdan una serie de instrucciones destinadas a preservar su misión. Las tres principales son: moderar la velocidad de la experimentación (para “no correr los riesgos catastróficos que corrieron antes otros agentes en el planeta”); divorciarse de su antipática mujer (para canjearla por una “socia diádica”); y tomar LSD mientras flota (para “mejorar las condiciones del trabajo en los tanques”).

John Cunningham Lilly, hoy un octogenario saludable, vive en las Islas Vírgenes y es uno de los padres de la Delfinología.