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En el recambio turístico de fin
de mes, Brasil se volvió vedette

Las masas de los que llegaban confluyeron ayer en Retiro con las de quienes se iban. La nota la dio la demanda de destinos brasileños: un 40 por ciento superior desde que la devaluación del real cambió los planes de muchos.

El continuo movimiento de Retiro se vuelve caos a partir de las 6 de la tarde.

Por Horacio Cecchi

t.gif (862 bytes) –El micro que llega de Florianopolis a las 18 ¿a qué hora llega? -preguntó el hombre, con cara de padre que va a esperar a su hija adolescente que llega de un largo viaje al exterior.
–... –la empleada dudó, se quedó mirándolo a los ojos, y sólo atinó a preguntar– ¿A qué hora salió de allá?
El padre miró inquisitivamente a la mujer que lo acompañaba con aspecto de ser la madre de la adolescente. No sabía. Detrás, en fila, unas veinte personas aguardaban visiblemente molestas. En la Terminal de Micros, el movimiento de fin de quincena llega a su pico a partir de las 18. El clásico recambio turístico se expresa en 2100 salidas y partidas diarias, 105 mil personas, la mayor parte yendo o volviendo de la costa atlántica, en especial Mar del Plata. Pero, sin dudas, la vedette es Brasil, sobre todo Florianopolis, que aumentó un 40 por ciento de los pasajes desde que el real abrió sus puertas al “deme dois”.
Hasta las 17, la Terminal de Micros tiene un aspecto normal. Algunos de los 75 andenes están ocupados por micros, hay gente aquí y allá, con sus paquetes, sus bolsos de mano, valijas, sombrillas, cañas de pescar, bebés en brazos y parejitas con sus manos ocupadas. Pero nada fuera de lo común. Hasta que a las 18, un poco antes tal vez, en algún lado se abren las compuertas y la estación se comprime. “Desde las 18 hasta la 0 es así, todos los días”, dice Sergio Rodríguez, inspector de la cabina de control de la terminal. “Los fines de semana aumenta y en el recambio de quincena, más. Son 150 empresas que despachan 2100 micros por día con 50 personas cada uno, saque la cuenta.” Ni modo, 105 mil personas.
Por lejos, los andenes más concurridos son los que corresponden a la costa atlántica, especialmente Mar del Plata, pero hasta la hora pico lo que predomina son los rasgos del interior: cajas de cartón, valijas recauchutadas, familias enteras fotografiándose junto a la puerta del micro. Recuerdos de Buenos Aires. Un hombre vestido de pies a cabeza de color naranja, con un megáfono en mano, grita: “¡... de la hora 16.50, con destino a Mar de Ajó... plataforma 58!”, y una tromba le pasa por encima. El tipo intenta seguir su tarea en condiciones absolutamente adversas. “¿Este es el que va a Santa Teresita?”, pregunta un señor de bermudas y sombrilla. “Los de Santa Teresita esperen ahí”, indica el del parlante y continúa. Acaba de llegar el micro que en pocos minutos más saldrá de nuevo hacia la costa y el de la sombrilla no despega su mirada, toda su atención puesta en los anuncios y en la playa. Del micro bajan rostros prontos a abandonar las somnolencias de la felicidad bronceada.
–¿A qué hora llega el micro que salió a las 15 de Florianopolis? -pregunta una adolescente que no tiene cara de estar esperando a su padre.
–¿Hora argentina o brasileña? –pregunta la empleada, cansada de responder lo mismo por cada uno de los 20 viajes que llegan y otro tanto por los 20 que salen.
–No sé, me dijo que salía a las tres de la tarde.
“Desde que se devaluó el real no para de venir gente”, dice mientras responde a un trío que pide pasajes.
“Ayer fue impresionante la cantidad de gente que había”, dice Andrea, encargada de una cabina de remises. Coincide en que a partir de las 18 se arma “un tole, tole, cosa de todos los días. Nuestro trabajo subió un 50 por ciento, lo que pasa es que la gente prefiere la confianza”, y aprovecha para descargarse contra la competencia, los taxistas. “Hay de todo, hasta punguistas. Todos los días ves cómo se roban un bolso. El otro día los vi y me mostraron una sevillana. Lo que pasa que entran y salen, no les hacen nada”, y de paso Andrea se tira contra los indocumentados. A unos metros de la cabina, cuatro policías conversan alrededor de dos minimóviles. “Subidos a esto parecemos los Picapiedras”, dice el sargento que encabeza el grupo, de pie junto a su troncomóvil. Son todos Pedros o Pablos, no hay Vilmas en los alrededores. Sólo mucha gente que sube, baja, y espera, y una mujer ajena a los viajes, que hurga en la basura.

 

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