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CARTA DE LAS MADRES A JUAN PABLO II
“No defienda asesinos”

La agrupación Madres de Plaza de Mayo dirigió al Papa una carta en duros términos por el pedido del Vaticano para que se tenga clemencia con el genocida Augusto Pinochet.


Juan Pablo II con sus atributos de jefe de la grey católica.
“Jesús fue crucificado por los judas como usted”, dice la carta.

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t.gif (862 bytes)  “Nos dirigimos a usted como a un ciudadano común porque nos parece aberrante que desde su sillón de Papa en el Vaticano, sin conocer ni haber sufrido en su cuerpo la picana, las mutilaciones, la violación, se anime en nombre de Jesucristo a pedir clemencia para el asesino.” Este es sólo un párrafo de la carta que las Madres de Plaza de Mayo entregaron ayer a la Nunciatura con el objetivo de que su mensaje llegue a los oídos del papa Juan Pablo II, quien hace una semana utilizó su influencia en favor de la libertad del dictador chileno Augusto Pinochet que, como se sabe, está en Londres esperando que la Cámara de los Lores dictamine si cuenta o no con inmunidad ante el pedido de extradición que pesa sobre él y que fue cursado por la Justicia española.
La gestión para que el Vaticano se pronunciara a favor del dictador se había iniciado en noviembre del año pasado, cuando altos funcionarios del gobierno chileno se reunieron con el secretario de Estado, cardenal Angelo Sodano. Si bien en estas tratativas Juan Pablo II no estuvo involucrado directamente, el carácter del pedido, que Sodano calificó de “oficial”, refuerza la idea de que el Papa estaba, por lo menos, en conocimiento de la situación.
“Jesús fue crucificado y sus carnes fueron laceradas por los judas que como usted hoy defienden asesinos”, dice la carta de las Madres que fue recibida por una empleada administrativa de la Nunciatura y que ya se ha difundido por varios países. También contiene frases muy duras hacia el papel desempeñado por el Papa ante situaciones relacionadas con la violación de los derechos humanos. Por un lado, las Madres recuerdan el silencio papal cuando lo entrevistaron en plena dictadura militar argentina: “No impidió la masacre, no alzó su voz por nuestros miles dehijos en aquellos años de horror”. Y ahora, ante este explícito pronunciamiento oficial en favor de Pinochet, las Madres le piden a Dios “que no perdone, a usted señor Juan Pablo, que denigra a la Iglesia del pueblo”. Cuando la Santa Sede reconoció el viernes 19 de este mes que había hecho un pedido de clemencia, por razones humanitarias, en favor de Pinochet, los organismos de derechos humanos de todo el mundo reaccionaron con perplejidad. Los familiares de chilenos desaparecidos publicaron ese día una carta abierta en donde afirmaron que “la Iglesia Católica no puede enseñar que matar, hacer desaparecer y torturar a miles de opositores pueden ser delitos dejados impunes”. Sin embargo, las Madres fueron más allá y redactaron esta carta dirigida al jefe de la Iglesia Católica, Juan Pablo II, en la cual lo acusan de “defender asesinos”.

 

Opinión



El Papa y las dictaduras genocidas
Por Rubén Dri

Juan Pablo II acaba de intervenir a favor del genocida Augusto Pinochet invocando “razones humanitarias”. Para algunos la noticia es recibida con consternación, como lo expresa Carlos Reyes, porque anteriormente el mismo Juan Pablo II había afirmado que debían ser condenados los que tenían las manos manchadas en sangre y que, por otra parte, Pinochet es responsable de la muerte, la tortura y el exilio de miles de católicos.
Para otros, como para Lord Normal Lamont, la movida del Papa es coherente con la línea política de todo su pontificado. En ese sentido, el jefe del Vaticano con esta intervención reconoce “la gran contribución del general a la protección del mundo occidental en la Guerra Fría”.
La consternación de Reyes tiene que ver con el sentimiento de un cristiano que cree que efectivamente el Vaticano actúa siempre en concordancia con el mensaje liberador de Jesús de Nazareth. Bastaría pensar en las relaciones que Jesús tuvo con el poder político, es decir, con el Imperio Romano y con el poder político-religioso, esto es, con el templo, y en las que tiene el Papa con tales poderes para quedar pasmado de la diferencia abismal que se da entre Jesús de Nazareth y el Papa.
La actuación de Juan Pablo II, independientemente de si actúa por propia voluntad y si lo hace condicionado por la burocracia vaticana –el célebre entorno de los jefes políticos y político-religiosos–, es coherente con la que mantuvo durante su pontificado. Nosotros la hemos sufrido.
Efectivamente, el 23 de octubre de 1991, al cumplirse trece años de la ascensión al trono pontificio de Juan Pablo II, su nuncio en nuestro país, el inefable Ubaldo Calabresi, hizo una celebración en la Nunciatura como correspondía a tan fausto acontecimiento. Fueron invitados a la recepción ilustres genocidas como Jorge Rafael Videla, Roberto Viola, Leopoldo Fortunato Galtieri, Basilio Lami Dozo y Emilio Massera, todos indultados ya por Carlos Saúl Menem.
No faltaron a la cita calabresiana la plana mayor menemista, presidida por el mismo Presidente y con la presencia de personajes tan simpáticos y atrayentes como Alicia Saadi, María Julia Alsogaray, Raúl Granillo Ocampo, Adelina de Viola y Domingo Cavallo. Naturalmente que no podía faltar el sindicalismo menemista, representado brillantemente por Armando Cavalieri y la farándula representada por Gerardo Sofovich. El acto estaba en plena consonancia con la elevación de la vicaría castrense a obispado; con la designación de monseñor José Miguel Medina, un conocido colaborador de los torturadores, como obispo castrense; con la aprobación que el Papa hizo del comportamiento de la jerarquía católica argentina durante la dictadura militar, con la negativa a recibir a los organismos defensores de los derechos humanos cuando visitó a nuestro país en 1991, porque “tenía la agenda completa”. El citado acto significaba, además, la aprobación papal al indulto menemista a los genocidas. Nadie, en efecto, puede creer que el nuncio, o sea, el embajador del Vaticano, sea capaz de invitar a tales personajes a la nunciatura apostólica para celebrar el aniversario de la ascensión de Juan Pablo II al pontificado sin la anuencia de éste. Se pueden citar otros hechos que están en la misma línea, como el nombramiento de Antonio Quarracino, ardiente defensor de los genocidas, como arzobispo de Buenos Aires y elevado al cardenalato; la promoción de Pio Laghi, el amigo de Massera y defensor de las atrocidades cometidas por Bussi en Tucumán, en primer lugar a nuncio del Vaticano en Estados Unidos, luego a prefecto de la Sagrada Congregación para la Educación Católica y finalmente promovido al cardenalato, y la comunión que le diera a Galtieri.
Cuando monseñor Romero, el obispo mártir de El Salvador, puso en conocimiento del Papa el peligro de muerte que corría, la respuesta del Pontífice fue que no exagerara. Lo dejó solo en manos del poder imperial, igual que se lo dejó solo a Angelelli.
Juan Pablo II por un lado y Romero o Angelelli por otro, son dos maneras antagónicas de entender el mensaje de Jesús de Nazareth, aunque tanto el primero como los segundos pertenezcan a la misma institución. El primero lo entiende desde el poder, y es lógica su alianza con los poderosos, mientras que los otros entienden desde el pobre y es lógico que el poder trate de aplastarlos.

 

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