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Verdadero o falso
Por Rodrigo Fresán

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t.gif (862 bytes) UNO Por estos días, en España, la novela más interesante de todas se titula El caballero de la mano en el pecho y transcurre adentro y alrededor de un cuadro de igual nombre pintado hace más de cuatrocientos años por un discípulo de Tiziano llamado Domeniko Theotocopoulos alias El Greco (1541-1614). Y es una historia verdadera, una auténtica novela. En pocas palabras: El caballero de la mano en el pecho entra a los talleres de restauración del Museo del Prado en octubre de 1996. El técnico restaurador se llama Rafael Alonso y ha restaurado 58 de las 200 obras reconocidas de El Greco. Alonso es un especialista internacionalmente reconocido y trabajó en el cuadro durante tres meses. Los resultados fueron presentados a la prensa en diciembre de 1996 y todos contentos. Dos años y medio después estalla el escándalo. La restauración --donde se ha recuperado el fondo gris y blanco, la figura ha cobrado volumen, se han removido siglos de suciedades y capas de pintura posteriores, el lienzo tiene ahora su tamaño original más pequeño-- para algunos ha equivalido a "destruir todo su dramatismo al haber dulcificado un prototipo español" y ha sido calificada de "asesinato pictórico". Algunos son, claro, la oposición al gobierno español --corporizada en la figura del diputado de la Nueva Izquierda Manuel Alcaraz-- quien, advertido en su momento por otros restauradores del Prado, califica el trabajo de Alonso de "rocambolesco". El punto álgido de la polémica pasa por el detalle de la firma. Alonso dice haber descubierto que se trataba de un añadido --para colmo "torpe y con faltas de ortografía"-- y la saca y, al rugir de las fieras, vuelve a ponerla. En eso están. Las cartas de idas y vuelta --publicadas en los diarios-- y el despliegue pictórico --una verdadera autopsia del cuadro-- en la última edición de la revista dominguera de El País son apenas el principio de una polémica que tiene una extraña virtud: hace parecer a los seres humanos mucho más civilizados de lo que somos, una feliz especie con problemas felizmente sofisticados: historias verdaderas que se leen como ficciones privilegiadas, como buenos y falsos --o ficticios-- argumentos de buenas novelas.

 

DOS Los colores technicolor --los colores verdaderos, dicen-- de El jardín de las delicias o los frescos de la Capilla Sixtina producen, también, cierto desconcierto ante la idea de la restauración. Uno se había acostumbrado a verlos viejos; el paso del tiempo sobre ellos era parte importante de su autenticidad. La restauración es la puesta en práctica de la eliminación del tiempo transcurrido. Una cirugía plástica que no engaña a nadie y que firma otro y, acaso, una abominación del orden natural de las cosas porque: ¿si murió el autor del cuadro por qué no dejar que el cuadro vaya experimentando también una lenta agonía?

 

TRES La idea de la falsificación, sin embargo, es mucho más interesante porque restaura lo que nunca existió. De ahí el atractivo criminal de todos esos papeles en blanco que, dice, firmaron Picasso y Dalí en los bordes de la muerte. ¿Por qué lo habrán hecho? ¿Por hacerle un favor a nadie? ¿Por joder? ¿O porque semejante gesto los acercaba un poco más a la idea de Dios que tenían de sí mismos perpetuándose desde el Más Allá? Quién sabe... Lo cierto es que la idea de lo verdadero o falso siempre funciona y fascina porque --en esencia y en resumen-- la posibilidad de la mentira es lo que distingue al hombre del animal.

 

CUATRO Lo que me lleva --verdadero o falso-- a: ¿alguna vez han visto a un argentino intentar cambiar un peso argentino por un dólar en el extranjero? Miran los billetes, sonríen, "son falsos", afirman. El argentino discute y les dice que "no, son verdaderos". "De acuerdo", dicen ellos, "son verdaderos; pero no existen". Alguien, otro, se aproxima y dice que "como mucho, un peso vale unos cuarenta centavos de dólar. Pero no nos interesa...". El argentino, casi llorando, explica que en Argentina no es así: que un peso es un dólar. "¿La Argentina?", sonríen otra vez. "No existe, es falsa, es un país falsificado", aseguran. La discusión continúa y continúa en una estación de tren de frontera y uno sigue contemplando el episodio como si fuera un cuadro titulado, por ejemplo, La lección de economía o El argentino de la mano en el bolsillo. Afuera, sube la luna y cae la Bolsa y uno se pregunta si el hombre --hecho a imagen y semejanza de Dios-- será un cuadro original firmado y reconocido o una falsificación que no deja de crecer y multiplicarse a la espera de ser restaurado y devuelto a sus colores originales.

REP

 

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