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Dioses de la pelota
Por Luis Bruschtein


na36fo01.gif (18355 bytes)t.gif (862 bytes) Las civilizaciones modernas asumen sin chistar que el sol saldrá mañana. Viven con esa seguridad instalada por la física, la astrofísica, la astronomía, las matemáticas y el sentido común. Nadie sospecha de esa verdad científica que erradicó el pánico ancestral de las comunidades primitivas ante cada puesta de sol. Ellos temían por la repetición diaria, impecable, de un mecanismo que consumía las fuerzas más portentosas del universo.
Para los mayas, el regreso del sol todas las mañanas era un fenómeno que dependía del juego de pelota. La fatalidad se resumía en el vuelo de una bola de cuero impulsada por la destreza de los jugadores. Cada voltereta de la pelota era una línea que se dibujaba en sus destinos. Como si el sol y la tierra fueran pelotas lanzadas por los dioses en un juego que abarcaba el infinito.
En los centros ceremoniales de sus ciudades, diseminadas en la península de Yucatán y en las selvas montañosas de Guatemala, construían palacios, templos y la cancha de pelota. Y los jugadores, en realidad, interpretaban a los dioses. Era como si en el campeonato de primera, en Argentina, jugaran Dios y el Diablo, Krishna y Kali, San Gabriel y el Dragón, Buda, Jehová y Alá, Shangó y Oxalá. Las canchas eran rectángulos de dimensiones similares a las de la actualidad, con escalones a modo de tribunas construidas en la roca. Los arcos eran dos aros que sobresalían de las paredes, en los extremos. Estaban tallados en piedra con la forma de la serpiente que se come la cola que representaba el ciclo del día y de la vida: el sol y la luna, lo que empieza y termina, para volver a comenzar.
Como no había medios de comunicación –radio, televisión ni diarios– los ciudadanos asistían en masa a cada juego y seguían la trayectoria de esa pelota divina con el alma en la mano. En el juego se les iba la vida. Y, con semejantes jugadores, cada partido era un clásico.
A muchos argentinos les hubiera gustado vivir en la época de los mayas. Y tal vez muchos llevan un maya dentro sin saberlo, lo cual podría ser una explicación cuando se critica esa pasión por el juego que moviliza naciones enteras. Es posible que haya un instinto ancestral que guía a esas multitudes que van a la cancha o discuten con el mismo fervor que pondrían si tuvieran que empujar el sol para que amanezca todos los días.
Carlos Marx vino después de los físicos y astrónomos que hicieron una rutina de la salida del sol. Dijo que, en realidad, la economía era el factor determinante en la historia de la humanidad. Después de mucho discutir, con salvedades y agregados, la idea fue aceptada por la mayoría de los científicos sociales modernos.
Marx planteaba que las personas podían intervenir en los procesos económicos para aprovecharlos a su favor. Sus oponentes duplicaron la apuesta: aceptaron que la economía era determinante pero establecieron que las fuerzas que la motorizan son tan inmutables como el reloj del universo.
Es decir, cuando el sol dejó de ser un problema de todos los días, la gente ya empezaba a pensar en el salario de todos los meses. Es un problema parecido al que representaba la serpiente que se come la cola, los ciclos de la vida. El salario de cada mes tiene que renovarse para volver a vivir. Y cada principio de mes se espera con la misma ansiedad con que los primitivos esperaban los primeros rayos de sol.
La teoría de lo inmutable establece que las leyes del mercado son como las del universo. Todavía no se terminó la discusión sobre quién creó el universo cuando hay que empezar a discutir lo mismo sobre el mercado. Esta tesis impuesta en los últimos diez años en el país asegura que la energía que se requiere para intervenir en la economía es tanta como la que se necesita para cambiar la trayectoria del sol.
Por suerte estaba el juego de pelota. O sea, la parte maya de los argentinos. Y como la trayectoria del sol y la marcha de la economía sonimposibles de cambiar, parte de la pasión que antes se invertía en la política se sumó a la que siempre se tuvo por el juego de pelota. Dioses como Riquelme o Pablito Aimar pueden escribir, con una cucharita en el área o una filigrana en el campo contrario, esa cuota de felicidad en las líneas del destino.
Tan a pecho se tomaban estos juegos los mayas que muchas veces sacrificaban a los jugadores y los enterraban bajo las canchas. Los enviaban así a jugar con los dioses de verdad. Casualmente, este impulso suele aparecer también en los foros populares argentinos como bares, cafés y sobremesas. Y no solamente hacia los jugadores que influyen en la marcha del sol, como pensaban los mayas, sino también hacia los economistas que influyen en la marcha de los salarios. Resulta sorprendente las cosas que tenemos en común con los mayas.

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