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PALO PANDOLFO EXPLICA LA DISOLUCION DE LOS VISITANTES
“El rock de acá es autodestructivo”

Los dos salieron a la luz con proyectos rockeros, pero en un momento el instinto los llevó a investigar en la música rioplatense. Mientras Daniel Melingo prepara un nuevo disco de tangos, Palo explica por qué puso en pausa, hasta el 2001, a Los Visitantes. Y ambos se refieren al mito de la escena rockera argentina de los años ‘80.

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Palo pasó del dark a los aires rioplatenses: “Ese pasaje de lo urbano a lo rural estaba latente, era una necesidad expresiva”.

Por Fernando D’Addario

t.gif (862 bytes) Palo Pandolfo, uno de los emblemas de aquel Buenos Aires dark de los ‘80, hoy vive en el oeste profundo del conurbano bonaerense, entre quintas, caballos, y festivales de doma y folklore. Don Cornelio y la Zona, el grupo que hace más de diez años le dio prestigio en el under, es una leyenda urbana para quienes tuvieron la oportunidad de disfrutarlo (y de sufrirlo). Los Visitantes, su siguiente emprendimiento, adquirirá en breve el status de mito, porque Palo acaba de anunciar su separación hasta el 2001. Un réquiem que, de algún modo, cierra un ciclo coincidente con el calendario. Como tantos otros grupos de los ‘90, Los Visitantes fueron emergentes de un proceso cultural que germinó durante la década pasada. Cinco discos (recientemente se editó Herido de distancia, una compilación con dos temas inéditos), militancia under, un contrato tardío con una multinacional, desgaste y separación surgen como postales previsibles de una banda imprevisible por naturaleza.
–¿Haber estado en Universal, una multinacional, fue perjudicial para un grupo con “espíritu under”, como Los Visitantes?
–De algún modo fue destructivo, pero no a nivel de nuestra música, porque estoy conforme con los discos Maderita y Desequilibrio. Pero las multinacionales son buenas sólo si uno vende discos. Es una cuestión de expectativas: Maderita vendió 30 mil discos, y para nosotros estaba muy bien. Nos dieron el disco de oro y todo. A los tres meses nos rajaron.
–¿Dónde estuvo la falla?
–A mí me resulta increíble la cantidad de gente que vive alrededor de una pobre canción que escribe un pobre tipo. ¡Una burocracia infernal para Los Visitantes! Para cada cosa hay un gerente artístico, un productor, un encargado de marketing. Nunca pude hacerme amigo de nadie ahí, y en esa relación salí perdiendo, porque no entiendo nada. Yo voy para adelante, odio la guita, para mí vender arte es prostituirse. Creo que cualquier tipo que tiene un don debería regalarlo ...
–¿Entonces por qué firmaron contrato con un sello de esas características?
–Porque también necesitábamos vivir. Creo que los músicos deberíamos hacer otra cosa para así poder tener más libertad artística. Me acuerdo de que en la época de Salud Universal yo me ganaba la vida trabajando como empleado de una importadora de lentes. Como yo me borraba sistemáticamente para las grabaciones, un día mi jefe me agarró y me dijo: “Lentes o música”. Le di la mano, mucho gusto, y me fui. Empecé a vivir del rock. Cuando tomás esa decisión, empezás a estar sujeto a otras cosas.
–Dentro de la evolución de la música nacional de los ‘90, ¿Los Visitantes se quedaron a mitad de camino entre el rock alternativo y el rock barrial?
–Sí, pero creo que una de las cosas buenas que tuvimos fue imposibilitarles a los otros una clasificación. Para el marketing fue muy malo, hay que reconocerlo, pero para nuestra música fue positivo.
–El público que seguía a Don Cornelio y después a Los Visitantes quedó desconcertado cuando empezaron a incluir chacareras y cumbias. ¿Ustedes no eran hiperurbanos y darks?
–Es que la música es el arte de los contrastes. Y ese pasaje de lo urbano a lo rural estaba latente, era una necesidad expresiva. Don Cornelio había llegado a un extremo. Seguir en esa línea hubiese sido echar más leña al fuego. Ya habíamos hecho la catarsis, y después de eso había que seguir.
–¿Su proyecto solista va a continuar en esa línea de experimentación con otros géneros?
–Estoy obsesionado con el concepto de canción. Va a ser lo más acústico posible.
–¿El rock ya fue?
–El rock argentino ya dio mucho. Y es absolutamente autodestructivo. Pero siempre me molestó su postura pasiva frente a la realidad, su manera liviana de pararse frente a los hechos políticos. Creo que básicamente eso ocurrió porque el rock es, de algún modo, elitista y concheto. Yo encontré en la cumbia, en el chamamé, en la milonga, una música mucho más pesada, más densa que en el rock, porque es música de base. El rock argentino está anquilosado, y sin embargo lo tengo ahí, presente, siempre.
–¿Por qué?
–Porque quiera o no, sigue siendo el idioma universal de comunicación entre los jóvenes. Yo lo llevo en la sangre, es mi folklore. Tengo adentro el “Twist & shout” que escuchaba a los cuatro años y ahora es la cortina de Tinelli.
–Antes se refirió al rock como “elitista y concheto”. Pero ni Don Cornelio ni Los Visitantes se caracterizaron por ser grupos populistas ...
–Pero a mí siempre me gustó que viniera gente a vernos. Una vez, en el primer Buenos Aires Vivo, nos vieron 30 mil personas. Lo que pasa es que yo siempre quise a nuestro público, y no por elitista, sino por el espacio de libertad que se permitía. Y que nos permitían a nosotros, porque yo nunca escribí para la gente. Escribo para mis amigos. No concibo a esos músicos que modulan los sentimientos para que la gente los entienda. Cuando pasó eso, el arte se acabó.
–Da la sensación de que toda su vida artística estuvo marcada por contradicciones y abruptos cambios de rumbo. ¿Fue así?
–Sí, claro. Yo tuve una niñez beatlesca, y a los 12 años me partió la cabeza Pescado Rabioso. Fui estudiante de química, militante del PC, vi a Silvio Rodríguez y a Pablo Milanés en Obras, después se me quemó la cabeza con la euforia del retorno de la democracia, y de la catarsis de los viejos tiempos de represión, muerte y policía pasé a cortarme el pelo. Empecé a escuchar Ultravox, Human League, esas cosas, formamos Don Cornelio y la Zona, tomamos cocaína, fue una década donde nos pasaron muchas cosas, pero aunque parezca contradictorio, y lo sea de algún modo, todos esos flashes que se me cruzaron por la vida tienen una ilación ideológica, cultural.
–Pero de todo ese cambalache cultural de los ‘80 el público sólo conoció, en el caso de su música, el oscuro desencanto de Don Cornelio.
–Fue todo muy fuerte. Cuando escuché por primera vez una canción mía sonando en la radio, el ego se me exaltó de manera exorbitante. Imaginate esa época: para nosotros, fue empezar a grabar y empezar a tomar merca. Hubo momentos en que si no había cocaína, no salíamos a tocar en el Parakultural. Eran tiempos muy desequilibrados, en los que uno se convencía de que la merca era lo mejor, y ésa era, realmente, la mejor conclusión a la que se podía llegar cuando la sociedad no te daba la posibilidad de amarte a vos mismo. Amigos míos se fueron a Brasil, se picaron con merca, y se murieron de sida. Yo no llegué a picarme, pero no fue porque no me animé. Al contrario, me animé a vivir, y si me drogué fue por una cuestión de búsqueda. El problema no son las drogas. El problema es el desequilibrio social.
–¿Y ahora qué pasa?
–Yo estoy en una onda de oda a la vida, voy a ser padre dentro de poco. Para reventarse y morir lentamente ya está Charly García. Igual veo lo que pasa. El presente indica que cuando te limpiás de la merca te encontrás con el mercado, descubrís la realidad. Y es peor.

 

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