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22 DE AGOSTO DE 1972: HABLAN PROTAGONISTAS DE LA FUGA
“Teniamos que liberar a los compañeros”

Hace 27 años, 19 prisioneros fueron fusilados en una base naval en Trelew en represalia por la fuga de seis jefes de la guerrilla. Un ex militante y dos ex presos de Rawson que participaron en la fuga relatan los hechos. “Sabíamos que podíamos morir, pero nunca pensamos que habría una masacre así”.

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Los 19 prisioneros que se habían fugado entregan sus armas luego de que garantizaran sus vidas. Días después serían fusilados en la base Almirante Zar.

Fuga: “Fui a Uruguay a entrevistarme con los Tupamaros, porque ellos tenían un piloto y podíamos usar una avioneta en la fuga.

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Pujadas y Bonet, luego de entregarse al juez Alejandro Godoy.
Junto al juez, a la derecha, María Antonia Berger.


Por Luis Bruschtein

t.gif (862 bytes) “Desde el momento que llegué al penal de Rawson, ya se estaba preparando la fuga” recuerda el jujeño Celedonio Carrizo, que en ese momento tenía 21 años. “La preparación llevó muchos meses, pero desde el principio se tenía en claro que teníamos que liberar a los compañeros”, señala Jorge Lewinger, que participaba en los preparativos desde el exterior. “El objetivo político era demostrar que los militares no eran invencibles, que se les podía ganar”, subraya Marcos Martin, otro de los presos conjurados. El lugar era el penal de máxima seguridad de Rawson, en el desierto patagónico, hace 27 años, agosto de 1972, último año de la dictadura militar que había iniciado Juan Carlos Onganía y que continuaba bajo el liderazgo del general Alejandro Lanusse.
La fuga se realizó el 15 de agosto. El penal fue copado y un grupo de seis jefes de ERP, FAR y Montoneros logró escapar en un avión de Austral, copado por otro comando, primero hacia Chile y luego hacia Cuba. Roberto Santucho, Enrique Gorriarán Merlo y Domingo Mena, del ERP; Roberto Quieto y Marcos Osatinsky, de las FAR, y Fernando Vaca Narvaja, de Montoneros, integraban ese grupo. Otros 19 quedaron en el aeropuerto de Trelew, se entregaron a las autoridades militares y fueron fusilados el 22 de agosto en la base naval Almirante Zar.
“A mí me llevan a Rawson después de la fuga de 15 compañeros del peronismo revolucionario y del ERP de Villa Urquiza, en Tucumán”, explica Celedonio Carrizo, que integraba las FAR. “Había tres planes de fuga -agrega Marcos Martin, que había llegado junto con Santucho y otros 31 presos del ERP –uno para 25 compañeros, otro para 50 y el tercero para 114”–.
Lewinger, que en ese momento tenía 26 años e integraba las FAR, relata que habían comprado un viejo avión en Panamá que no pudo salir porque no tenía bien los papeles. “Fui a Uruguay a entrevistarme con los Tupamaros, porque ellos tenían un piloto y podíamos usar una avioneta en la fuga. Incluso hicimos un reconocimiento aéreo del penal, con un piloto que era amigo de Diana Alac, pero cuando se enteró para qué era, no quiso saber nada”.
“La primera idea fue un túnel, pero era muy difícil porque el suelo era casi de piedra. Cortamos las baldosas con fierritos y cubrimos las juntas con plastilina. Habíamos cocido unas bolsas por dentro de los pantalones, atadas abajo con un moño. Las llenábamos de tierra y en el patio la soltábamos con disimulo, pero no avanzábamos casi nada. Al final decidimos usarlo como escondite. No lo descubrieron hasta muchos años después”, cuenta Martin. Otra idea era sembrar el desierto patagónico con refugios subterráneos, “tatuceras”, adonde los fugitivos pudieran esconderse varios días.
FAR y ERP son las dos organizaciones que deciden la fuga. Descamisados la apoya con logística y de Montoneros sólo participan los presos. El comité de fuga lo integran Santucho, Quieto, Gorriarán, Osatinsky, Vaca Narvaja y Mena. No todos los prisioneros están al tanto, sólo los que tienen tareas que cumplir. “Los presos preparábamos ‘puntas’ y hacíamos relevamientos de los movimientos en el penal, cambios de guardia y esas cosas, hacíamos simulacros de situaciones que podrían ocurrir”, puntualiza Carrizo.
Hay una discusión entre los veteranos sobre quién era el jefe del operativo. Para algunos militantes del ERP, el máximo jefe era Santucho. Para Lewinger y otros miembros de las FAR, fue Osatinsky. Para Carrizo y Martin se trató de una operación conjunta, aunque coinciden en que, más allá del nivel político, Osatinsky y Gorriarán eran los que tenían más preparación militar. Con la ayuda de un guardiacárcel pudieron entrar catorce pistolas. Habían construido otras con miga de pan ennegrecido porel humo de las estufas. Esas y algunas “puntas” carcelarias eran las armas.
La cárcel de Rawson tenía ocho pabellones. Los cuatro primeros eran de presos comunes y los restantes, de los políticos. Los pabellones de mujeres estaban en los pisos superiores. El 15 de agosto a las 19.00, Pujadas comienza a cantar la Zamba de Luis Burela: “Con qué armas, señor, pelearemos, con las que les quitaremos dicen que gritó”. Era la señal de la fuga. “La habíamos postergado ya dos veces, por un traslado de Quieto y por una huelga de hambre –recuerda Martin–; era ese día sí o sí”. Los conjurados habían formado 6 grupos operativos de cinco personas cada uno.
“El pabellón de mujeres tenía más facilidades –sigue Martin–; ellas tomaron a las guardias, se pusieron sus uniformes y nos abrieron a nosotros”. “Al grupo 1, donde estaba la conducción, le decíamos la ‘topadora’; ellos tenían que abrir camino hasta la puerta cancel”, agrega Carrizo. “La puerta cancel era la clave –señala Martin–, si la tomábamos había fuga, si no, estábamos perdidos”.
“Yo estaba en el grupo 4 con otros cinco compañeros –relata Carrizo–, nos tocaba tomar la enfermería, la cocina y el patio central. No teníamos armas de fuego, pero no hubo resistencia. Después me arrastré hasta la puerta donde ya habían llegado los otros compañeros y habían tomado la sala de guardia. Me dieron un arma para apoyar desde abajo a los que debían tomar las dos garitas del muro”.
“Había ocho garitas en el muro, pero las dos más importantes eran las que estaban a los costados de la puerta cancel. Yo tenía que apoyar a los grupos que subían al muro para copar las garitas”, explica Martin. Finalmente el penal estaba copado. Se produjo un tiroteo en la garita exterior con el grupo 1 donde resultó muerto un guardiacárcel.
“Yo estaba en la placita de juegos de Rawson, pegada a la pared del penal –recuerda Lewinger–. Detrás había otros dos camiones. Vi una señal y la interpreté como que se suspendía la fuga y comencé la retirada. Carlitos Goldemberg, en cambio, entró con un Falcon. Ese error mío impidió que la fuga resultara como estaba pensada. Traté de regresar, pero ya estaban copados el penal y el aeropuerto”.
“El grupo 1 se fue en un Falcon –precisa Martin–; los demás empezaron a llamar taxis y remises cuando vieron que no llegaban los camiones. Se perdió mucho tiempo y esos 19 compañeros llegaron tarde, se entregaron en el aeropuerto y fueron fusilados el 22 de agosto en la base naval Almirante Zar”.
“Cuando no llegaron los camiones me di cuenta de que no escaparía; el orden de fuga era muy estricto para nosotros. Los vi irse con la satisfacción de que habíamos recuperado a compañeros valiosos para la lucha y al mismo tiempo sentía que con ellos se iba una parte mía”, recuerda Carrizo.
Lewinger comienza una fuga por el desierto. Toma caminos apenas marcados y después del primer día debe abandonar la camioneta. “Dormí en la cabina esa noche para no congelarme y después seguí a pie, paraba con puesteros de estancia, que me daban de comer, pero no quería compromoterlos, así que seguí a pie hasta el pueblito de Gangan, donde me detuvieron. Estaba muy mal de ánimo, me sentía responsable”.
El penal y el aeropuerto fueron rodeados por efectivos de Gendarmería, del Servicio Penitenciario y la Marina. “Teníamos que mantenerlo tomado hasta darles tiempo para escapar –relata Martin–, pero tampoco queríamos un derramamiento de sangre y empezamos a negociar a los gritos la entrega. Eso duró como ocho horas”. Los presos sublevados entregaron las armas y se retiraron a sus celdas. Cinco minutos después entraron los guardiacárceles como habían arreglado. Con ellos no hubo represalias ni maltratos.
“El 22, los comunes nos informaron por ‘radio bemba’, que era el lenguaje de las manos, que habían fusilado a los compañeros que estaban en la base naval –recuerda Martin–, empezamos un griterío y una jarreada que duró varias horas y se escuchó en todo Rawson. Cuando discutíamos lafuga, pensábamos que podía haber combates y que podían morir compañeros, que habría golpes y torturas, pero no una masacre, no había pasado nunca, ni afuera del país, una masacre así en represalia por una fuga”. “Mucho tiempo después –reflexiona Lewinger– nos dimos cuenta de que hubo un antes y un después de los fusilamientos de Trelew”.

 

Fusilados en represalia por la fuga

El 15 de agosto de 1972, un grupo de seis jefes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Montoneros, integrado por Mario Roberto Santucho, Roberto Quieto, Enrique Gorriarán Merlo, Domingo Mena, Marcos Osatinsky y Fernando Vaca Narvaja, logró fugar del penal de máxima seguridad de Rawson y abordar en el aeropuerto de Trelew un avión de Austral que previamente había sido copado por un comando guerrillero. Esperaron la llegada de otros fugitivos, pero finalmente escaparon hacia Chile donde el gobierno de Salvador Allende les permitió seguir viaje a Cuba.
Otros 19 presos que se habían escapado del penal llegaron al aeropuerto justo cuando despegaba el avión que llevaba a sus compañeros. Eran Ana María Villarreal de Santucho, Carlos Astudillo, Eduardo Capello, Carlos del Rey, José Mena, Rubén Bonet, Clarisa Lea Place, Humberto Suárez, Humberto Toschi, Jorge Ulla, Alfredo Kohon, Miguel Angel Volpi, Mario Delfino, Mariano Pujadas, Ricardo Haidar, Susana Lesgart, María Angélica Sabelli, María Antonia Berger y Alberto Camps.
Después de una conferencia de prensa en el aeropuerto, se entregaron ante los periodistas y con la promesa de las autoridades judiciales y militares de que sus vidas serían respetadas. Fueron alojados en la base naval Almirante Zar.
El 22 de agosto fueron alineados frente a las puertas de sus celdas y fusilados por efectivos de la Marina al mando del capitán Luis Sosa. Los prisioneros recibieron un tiro de gracia, pese a lo cual sobrevivieron tres de ellos: Lesgart, Camps y Berger. Oficialmente Sosa explicó los hechos como otro intento de fuga. Aseguró que Pujadas había intentado arrebatarle el arma. Pero esta explicación no fue creída ni por el mismo gobierno, cuya autoridad frente al proceso político que se abría quedaba en tela de juicio. Los sobrevivientes relataron después los detalles del fusilamiento. La masacre de Trelew se convirtió en un hecho premonitorio del camino que elegirían las Fuerzas Armadas pocos años más tarde, a partir del golpe del 24 de marzo de 1976.


 

Un asesinato en tiempos del “Luche y Vuelve”

Por Miguel Bonasso

t.gif (862 bytes) “¡Ya van a ver cuando venguemos los muertos de Trelew!”, fue el grito de guerra de la Juventud Peronista que seguía a Montoneros en la campaña electoral de 1973, que fue la antítesis de la actual campaña electoral del peronismo. El asesinato impune y silenciado de dieciséis combatientes de las organizaciones armadas, peronistas y no peronistas, caló hondo en los sentimientos de toda una generación de luchadores sociales que veían la llegada al poder del movimiento de masas proscrito durante 18 años, como la posibilidad histórica de hacer justicia y no como un trampolín para sus apetitos personales. La matanza perpetrada por la Marina de Guerra en la base Almirante Zar de Trelew se produjo en un momento particularmente tenso y dramático de la pugna histórica que sostenían el “General del Pueblo” (Perón) y el “General de la Oligarquía” (Alejandro Agustín Lanusse). Un patriarca anciano, que devendría “león herbívoro”, desafiado por un caudillo militar joven, que se atrevía a decirle que no le daba el cuero para regresar a la Argentina.
Y por detrás de ambos contendientes, un cuadro político y social singularmente agitado, que había ido ganando intensidad a partir del Cordobazo (1969), las siete insurrecciones cívicas posteriores (Rosariazo, Mendozazo, etc.) y el advenimiento de una guerrilla con indudables simpatías en sectores de la población hartos de la dictadura militar (la penúltima de nuestra historia contemporánea) y de la permanente presencia castrense en la vida política nacional. De ese “poder detrás del trono” que ejercía el llamado “Partido Militar”, ultima ratio y reserva estratégica de la lógica represiva de las clases dominantes, huérfanas desde la decadencia del partido conservador (a fines de los veinte), de una estructura política que legitimara su dominio en términos electorales.
El general Lanusse, vástago de una familia patricia y caudillo de la Caballería, era el tercer presidente de facto de la llamada “Revolución Argentina”, que había comenzado con pocas luces el general Juan Carlos Onganía. Por una paradoja muy común en la historia, este granadero que se había singularizado por su dureza antiperonista había asumido el poder después del oscuro general de “inteligencia” Roberto Marcelo Levingston, para convocar a la “apertura democrática” y tratar de integrar a un peronismo, convenientemente domesticado, a la legalidad. Durante los primeros tiempos de su mandato (iniciado a comienzos de 1971) intentó que esa domesticación se diera a través de un esquema paternalista de transición, que denominó Gran Acuerdo Nacional. El célebre GAN, que tenía por objeto convertirlo a él mismo en sucesor “constitucional” de la dictadura con los votos peronistas, que el viejo caudillo exiliado en Madrid debía cederle a cambio de espurias concesiones económicas. Su pasado duro, incuestionable para los halcones, le otorgaba credenciales para intentar –por primera vez– una negociación con el líder de Puerta de Hierro, al que devolvió el cadáver momificado de Evita (secuestrado por él mismo y otros militares en 1955) y los sueldos y pensiones atrasados que legalmente le correspondían.
Perón, más astuto que su rival, aceptó esas concesiones y ese diálogo sin precedentes con un jefe del Ejército, para ganar espacio mientras movía todas sus piezas en el tablero: las fuerzas sindicales (que fluctuaban entre la Rosada y Puerta de Hierro); la estructura ahora legal del Partido Justicialista; los acuerdos con el radicalismo y las otras agrupaciones políticas (con las coaliciones de La Hora del Pueblo y el Frecilina); los contactos secretos con jóvenes oficiales del golpismo nacionalista y las llamadas “formaciones especiales”: las organizaciones guerrilleras que intentaban sintetizar el foco guerrillero guevarista con el movimiento de masas peronista. En su ala derecha blanda, tenía un delegado personal que había terminado por convertirse en delegado de los militares: Jorge Daniel Paladino. A quien no vaciló en reemplazar cuando se acercó la hora de patear el tablero y demostrarle a Lanusse quién era el dueño de los votos, poniendo en su lugar a Héctor J. Cámpora, un viejopolítico leal, sin poder propio, que los militares, gran parte del peronismo, la clase política y no pocos dirigentes peronistas consideraban estólido y obsecuente.
Cámpora, un hombre que no se movía por los titulares de los diarios, ni por las encuestas (que en aquel entonces casi no pesaban), tenía una estrategia sencilla a la que se ajustó a rajatabla: legalizar el partido; reunificar las fuerzas peronistas; traer a Perón de regreso e imponerlo como candidato del justicialismo. Sin negociar ni transar, como su antecesor, con el Partido Militar. Que había proscrito a Perón con la famosa cláusula que impedía presentarse como candidato a todo argentino que residiera en el exterior y no regresara al país antes del 25 de agosto de ese año. Como “el módico dentista” no era nada tonto, a pesar de la fama que la habían hecho los escribas de los servicios, sabía que los objetivos antiproscriptivos eran imposibles de alcanzar sin una movilización activa de la base peronista que forzara a los militares a replegarse y conceder.
Y pronto comprendió que esa movilización no podría ser convocada y organizada por los viejos dirigentes conservadores del PJ, ni por una dirigencia sindical demasiado coludida con el régimen, sino por esas huestes juveniles, apasionadas y desafiantes, que alguien definió entonces como “los bombos nuevos del peronismo”. Con ellos, en vísperas de la tragedia de Trelew, había decidido lanzar la campaña del “Luche y Vuelve”, que la dictadura miraba con lógica aprensión. Unos y otros ignoraban, entonces, que en el penal de Rawson los presos de las organizaciones peronistas y no peronistas, como el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), preparaban una fuga espectacular, que asestara un fuerte golpe al régimen militar y les permitiera recuperar para la lucha a importantes cuadros que estaban en prisión. La fuga, en gran medida frustrada, acabaría en masacre y no por casualidad, sino como advertencia de que el poder militar acabaría con el propio Perón si éste se atrevía a llegar a la Argentina sin negociar, como jefe de un movimiento insurreccional. A pesar de la atmósfera de terror que la masacre generó, no alcanzó para frenar la ola contestataria: la campaña de Luche y Vuelve comenzó pocos días después en la difícil Tucumán y tres guerrilleros asesinados en Trelew fueron velados en la sede justicialista de avenida La Plata. Un jefe policial, entrenado por los norteamericanos y famoso por su brutalidad, allanó la sede con tanquetas y perros. Se llamaba Alberto Villar y dos años más tarde –terrible contrasentido– fue designado jefe de la Policía Federal en el tercer gobierno de Juan Perón.

 

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