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Renovando
Por Antonio Dal Masetto

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t.gif (862 bytes) El Gallego pintó las paredes del boliche. Está en plan de innovaciones. Tiene un ayudante, Ramón, que hace un poco de todo. Lava las copas, prepara los sandwiches y atiende las mesas. Siempre lo hemos visto trabajar en camisa. El Gallego consulta con sus amigos los parroquianos:
–¿Qué les parece, será conveniente ponerle un uniforme a Ramón para que este bar tenga categoría de confitería?
Las respuestas van todas en la misma dirección:
–Un mozo bien uniformado crea sensación de confianza y prolijidad.
–Le da prestancia al comercio y contribuye a optimizar la atención de la distinguida clientela.
–Transmite una señal de autoridad y es un llamado de atención para aquellos clientes que puedan ser bochincheros y desmadrados.
–¿De qué color les parece que debería ser el uniforme?
Hay quien sugiere blanco, quien borravino, azul, verde, pero siempre con un escudo en el pecho y en las mangas, símbolo de la nobleza del establecimiento: dos espadas cruzadas, un caballo rampante, una corona, una cabeza de león. Todos están de acuerdo en que el pantalón debe ser negro riguroso. Zapatos también negros y siempre perfectamente lustrados. Esta noche nos visita don Eliseo el Asturiano. Comparte la iniciativa del Gallego de mejorar el aspecto de su personal.
–De todos modos, ya que salió el tema de los uniformes, me parece que con ciertos cambios siempre conviene reflexionar un poco.
Sabiendo que se viene una historia interesante, todos nos apresuramos a pedir otra vuelta y lo rodeamos.
–Cuando dejé mi Caleao natal, después de andar mucho mundo a la búsqueda de un lugar amable donde afincarme, recalé en una pequeña ciudad de una isla del Caribe, lugar encantador y de gente alegre y amable. Había un solo problemita en esa ciudad y era que nunca había funcionado bien la recolección de basura. Se quejaban todos, los vecinos y el recolector. Que uno sacaba la basura demasiado tarde, que otro demasiado temprano, que algunos la embolsaban, que otros la ponían en un tacho, que no faltaba quien la colocaba delante de la puerta del vecino, que los chicos andaban pateando los tachos y destripando las bolsas, que a veces el recolector pasaba y a veces no, que si la basura era mucha la dejaba, que si tenía demasiado olor tampoco la levantaba. Discusiones continuas; cuando se trataba de la basura, aquello se convertía en un conventillo tropical. Un día se presentó un fulano que había integrado el equipo de Seguridad de una empresa en Miami y se ofreció para resolver el problema de los desperdicios domiciliarios de manera tajante y definitiva. Fue aceptado y de la mañana a la noche formó un equipo de uniformados: botones metálicos, correaje de cuero, gorra de visera, botas de caña entera. El jefe lucía vistosas charreteras, galones con flecos dorados, faja distintiva y unas cuantas medallitas en el pecho. Rápidamente estableció un horario estricto para sacar la basura. También un tipo, tamaño y color de bolsa. Le costó un poco imponer la nueva modalidad, aquella era gente poco preparada para el orden. Hubo un vecino que se había olvidado de reponer las bolsas y sacó la basura envuelta en papel. Llegó la tropa, le pateó la puerta y le tiraron la basura adentro. A otro que la sacó fuera de horario lo agarraron del pescuezo, le sacudieron media docena de buenos sopapos y lo obligaron a retirarla. Otro, que era medio retobado, dijo: La basura es mía y la saco cuando quiero y como quiero. A ése lo molieron a palos y lo mandaron al hospital.
–¿La gente no se alarmó? –preguntamos.
–No se olviden de que por primera vez en la historia de la ciudad los desperdicios eran recogidos en tiempo y forma. El ejemplo de los basureros corrió como regueros de pólvora y otros gremios se uniformaron. Así fue como pude ver carteros, porteros, choferes de taxi y de colectivos, inspectores, empleados, educadores, cuadrillas de mantenimiento de la luz, gas y agua corriente, todos luciendo gorras, correajes y galones. Y cada uno con su pequeño garrote colgado de la cintura.
–¿Un garrote?
–Igualito al as de bastos. La cosa no paró ahí. En poco tiempo cambiaron las costumbres, el estilo de vida y la forma de vestir de la población. Se impusieron las botas de montar, las guerreras, las insignias, los entorchados, las sardinetas, los orifrés y el pelo cortado al ras. Lo mismo para hombres, mujeres y niños. A la gente se la veía bien, conforme y satisfecha con las cosas tan ordenadas y disciplinadas, pese a que andaban todos magullados y con la cabeza llena de chichones sobre chichones.
–¿Y usted se adaptó?
–Un día vinieron a visitarme y me invitaron amablemente a que dejara de usar sandalias, bermudas y guayabera. Yo tengo un pequeño problema con ese asunto, tal vez sea hereditario, pero siempre les desconfié a los uniformes. Tanto es así que jamás en la vida me hospedé en un hotel que tuviera portero uniformado. Además las mujeres con uniforme no me erotizan. Pensé: si sigo acá, no me voy a poner de novio en la perra vida. Así que preparé mis bártulos, pensé en un lugar donde no hubiera tanto entusiasmo por las gorras, las botas y los garrotes, y me vine para acá.


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