Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Stira
 

1+2+3+4
VARIANTES

La condición de swinger –que puede traducirse como oscilador– es aquella que da a los matrimonios juguetones la posibilidad de salirse de sus personajes cotidianos para enredarse entre los brazos y piernas de diversos partenaires que se ofrecen para el intercambio como piezas de un rompecabezas con dos lados. Uno, el de las parejas que al otro día volverán a sus hijos y su rutina. El otro, el que dispone la noche que los mezcla como palitos chinos arrojados al azar. En boliches, a través de e-mails, contactos telefónicos o avisos personales, los que la ley unió “hasta que la muerte los separe” suelen relacionarse en esa zona virtual adonde los celos se pierden tan rápido como la ropa interior.

Por Marta Dillon

Flores, 2 de la mañana. En la puerta un hombre de traje habla por el diminuto micrófono que junto a su boca parece un lunar; toma nota de los nombres de las parejas que, a través del largo pasillo de la vieja casona remodelada, caminan hacia otro mundo. Uno en el que la propiedad privada sobre los cuerpos existe como valor de trueque. Aquí como en ningún otro lado decir “mi señora” o “mi marido” suena a contraseña, el primer paso para poder, después, abolir los títulos que abrieron las puertas de entrada y dejar que el sexo haga lo suyo. Que arranque a las personas de sus personajes y las deje jugar a que son otras, enredadas entre los brazos y las piernas de mujeres y maridos que se ofrecen para el intercambio como piezas de un rompecabezas que tiene dos lados. Uno, el tradicional, el de las parejas que al otro día volverán a sus hijos y su rutina. El otro, el que dispone la noche que los mezcla entre ellos como palitos chinos arrojados al azar. Este de Flores es un “boliche swinger”, así los denomina “el ambiente”, esa zona virtual que habitan los que perdieron los celos tan rápido como la ropa interior cuando los cuerpos arden y cambian de parejas como en el juego de la escoba. Aunque la tradición obligue a no dejar a nadie bailando solo. Sólo algunos detalles delatan que ésta no es una de tantas discos que abren sus puertas a mayores de 30, aunque el popurrí de éxitos musicales la pueda confundir también con una fiesta de casamiento o una de esas en que se promueven encuentros de solos y solas y en la que nada debe fallar. La primera diferencia es como un olor, algo que se siente pero se tarda en distinguir: no hay histeria. No se cruzan miradas furtivas que no terminarán en nada, nadie camina como si el mundo le perteneciera y cierta cortesía en el trato hace pensar que la gente que se agita en la pista de baile y rodeando la barra comparte un secreto que los hace cómplices. Todos llegaron hasta aquí sabiendo que en este lugar es posible conseguir un pasaje hacia esa fantasía de ver y ser mirado por la propia pareja mientras ambos están teniendo sexo con otro. Algunos acariciaron esa idea largamente, un ratón convertido en gato de angora que remoloneó en la cama marital hasta que su presencia imaginaria se hizo insoportable y entonces quieren concretar. Otros son viejos habitués que empezaron intercambiando parejas y ahora se abren a grupos de sexo en los que participan hasta 20 matrimonios y siguen investigando con tríos, mujeres bisexuales que se acarician entre ellas o juegan con más de tres hombres a la vez. Y sólo unos pocos cruzaron la barrera de la bisexualidad masculina, ese territorio ríspido que los hombres no se animan a transitar. Marta y Enrique llegan a la disco por primera vez, ella 41, él 42, ni cuerpos perfectos, ni vestidos para matar, como parece ser la consigna en este rincón de la noche porteña. Marta es empleada, Enrique, músico en una orquesta sinfónica. Entran de la mano como si temieran perderse demasiado rápido, “la primera vez siempre es difícil”, admiten, pero les gusta que haya mucha gente, perderse entre ellos como si nada más fueran a bailar. Marta, hace poco, vivió otra iniciación: en el nudismo. Y desde entonces le “cambió la cabeza”. “Me dio otra dimensión de mi cuerpo, las mujeres sufrimos de complejos típicos o porque tenemos poca teta o mucha panza. La ropa me servía para taparme, para disimular. Desde que pude estar en bolas en una playa, después de haber pasado toda la vida usando malla entera, entendí que la seducción es otra cosa, que se cae lo que tiene que caer y el resultado es más armónico. Ahora la ropa me resulta un elemento divertido que uso para mostrarme, con menos complejos”. Y lo que dice parece describir la pista de baile. La consigna de las mujeres que se sacuden con los éxitos latinos del verano parece ser toda la carne al asador. Muestran lo que pueden y eso es casi todo. Aquí los rollos no inhiben el uso de corset o minifaldas imposibles ceñidas hasta cortar el aliento. Tampoco las tetas “adelaida” desalientan los escotes profundos que las enseñan. La historia es estar suelto y la seducción es explícita. Los cuerpos que bailan se rozan a propósito y con cualquier excusa se forman trencitos en los que las nenas se refriegan con las nenas, y los nenes las toman por atrás, los brazos como tentáculos buscando el espacio entre ellas. Los primerizos todavía no entienden los códigos. Hay otros como Marta y Enrique, es fácil reconocerlos porque se aferran entre sí como si fueran el único árbol que sobrevive a una inundación y se hacen arrumacos excesivos, tal vez para mostrar el amor que se tienen. Un valor que es el fiel de la balanza a la hora del entrevero. Nadie quiere que a cambio de entregar a la persona que más ama, le entreguen una pareja ocasional. Aunque ese lenguaje profundo lo entiendan sólo los iniciados.

Cuestión de límites
Cacho a secas, campera de cuero y coleta sobre la nuca, es el coordinador de Star New, el boliche swinger más antiguo del ambiente. El mismo se declara un swinger tardío, al que convencieron después de diez años de recibir a las parejas que a principios de la década se recluían en un club privado en la zona de Ramos Mejía. “Las cosas cambiaron –dice–, antes era más tranquilo, sólo parejas. Pero con el tiempo la gente quiere más, se anima a otras fantasías y fue necesario dejar entrar a los solos.” Como todo “ambiente” que se precie de tal, éste también tiene su propio lenguaje. “Solo” es aquel que sirve cómo vértice para los triángulos sexuales o como refuerzo en un grupo dedicado a las mismas artes y que no logró juntar la cantidad necesaria de parejas. “Si tenés un grupo chico –cuenta Beatriz Musacchio, una de las pocas voces swinger que se atreve a decir su apellido–, quiero decir, cinco parejas por ejemplo, necesitás reforzar por lo menos con dos solos porque los hombres son menos activos que nosotras y si algo aprendimos las mujeres, es a pedir.” Es que son ellas las que tuvieron que vencer más limitaciones culturales. “La mujer swinger recupera su lugar de privilegio en el sexo generalmente adormecido por la relación clásica. Ellas no dependen de la erección y si lo permitimos nuestra pareja estará practicando sexo una y otra vez en una reunión cuando nosotros todavía estamos adaptándonos.” Quien habla es Daniel Braccamonte, marido de Beatriz desde hace 22 años y uno de los pocos teóricos del swinger. A los 40 la pareja ya lleva una década de experiencia sin haber abandonado nunca el ambiente al que ahora proveen de una revista –Entre Nosotros– que tira más de 7 mil ejemplares y de una página web que visitan 700 personas por día en busca de contactos privados que no tengan que atravesar la ducha fría de la mirada de los demás. Quien quiera descifrar los códigos del ambiente debe recurrir a esta revista, aprender a nombrar a los genitales por sus nombres más crudos y recién entonces animarse a leer esos anuncios que prometen jugos y no precisamente de naranja. También se pueden encontrar sabios consejos para no perder la erección, direcciones de hoteles con habitaciones para tres o cuatro personas y algunos trucos para que las chicas no griten y alerten a los vecinos sobre lo que sucede en su edificio. Y como si esto fuera poco recomiendan llevar siempre una linterna para encontrar la ropa interior perdida sin romper el clima de una buena orgía. Cacho no tiene paz los sábados por la noche. El es quien se encarga de recibir a los que llegan por primera vez e incluso de arreglar contactos para que nadie se quede sin dulce. Para Marta y Enrique sus buenas artes no alcanzan. “No sé de dónde salió la idea, primero hablamos mucho de eso, lo que pasa es que para nosotros no es nada más que chacota y diversión, creemos que también se puede arribar a otro estado de conciencia si dejamos atrás los modelos en los que nos enseñaron a funcionar: pareja estable, exclusiva y con escapadas esporádicas e inconfesables”, dice Marta, quien se muere de curiosidad por ver más de lo que pasa en este boliche, tentada por cierta “actividad formalizada en la que hay muchas cosas que están salvadas”. Por ejemplo, saber que todos tienen el mismo interés en no irse a la cama sólo con la misma persona con que llegaron. El exhibicionismo es uno de los trazos fuertes que dan contorno al lugar y tiene el estricto sentido de invitar a los que miran a ir por más. Son las mujeres las que más lo practican y son ellas las que en definitiva van a elegir con qué pareja se quedan esta noche o en qué grupo se van a zambullir. “Siempre tenemos la última palabra porque nosotras elegimos a los dos. La bisexualidad femenina está muy aceptada, muchas nos descubrimos bisexuales cuando comenzamos con esta práctica, aunque no es lo mismo que ser lesbianas.” –Claro –interrumpe Daniel a Beatriz–, porque las mujeres no ponen pasión con las otras mujeres, se tocan por calentura. Beatriz asiente cuando escucha la aclaración de Daniel. La heterosexualidad es un valor que se aclara seguido de “estrictamente” en la mayoría de los avisos que pueblan la revista Entre Nosotros. Igual que “ni alcohol, ni drogas, ni violencia”. Ningún estado alterado, más que el que promete el fragor de la batalla sexual, es bien visto entre los swingers aunque cualquier reunión que se precie exige una botella de champagne. “Es que alguien que está alcoholizado no funciona y lo que queremos es sexo. Una vez una persona pidió permiso para llevar un porro a una reunión grupal y yo tímidamente pregunté al resto –recuerda Braccamonte–, el grito fue unánime: Nooo.”

¿Celos? ¿Por qué?
Con el correr de las horas la noche se va poniendo caliente. Cacho enseña el local con orgullo de propietario aunque el verdadero mentor es Carlos, el hombre que pincha discos desde la cabina sobre la pista. A pesar de que existen en Buenos Aires cinco lugares que se dedican a recibir a este particular ambiente, sabe que en su reino no será destronado fácilmente. Desde su lugar ve cómo bailan más de cien parejas que se manosean cada tanto con el explícito consentimiento de quien es tocado. Es una cantidad de gente que ningún otro sitio iguala. Pero además en Star todo es posible. Subiendo la escalera que comienza en la pista es posible llegar a un sex-shop con decenas de vestuarios que permiten a las mujeres que no se sienten a gusto con su ropa cambiarse y convertirse en mucama con un delantal que deja la cola al aire, conejita, dominatrix, gatúbela, etc., etc. Y hay otro detalle más que sólo se pondrá de manifiesto cuando la noche madure, después del show de stripper masculino y del bikini open femenino que muchas veces protagonizan los mismos clientes del lugar: son unas pequeñas habitaciones a las que cualquiera puede entrar y entregarse a una sesión de sexo sin límites, salvo que de entrada alguien haya aclarado alguno. Cerca del amanecer Marta y Enrique transitaron por esos cuartos de puertas abiertas –aunque es posible cerrarlas por dentro– y asomaron sus narices donde los llevaban los jadeos. Pero no entraron en ninguna. Ellos son como Daniel y Beatriz describen al 70 por ciento de los swingers, reservados y rigurosos en la elección del dúo con quienes intercambiarán parejas. Es que ser swinger no es pasar una noche de jarana y nada más. “Es un estilo de vida”, dicen a coro Cristina, Hernán, Beatriz y Daniel, levantando la voz por encima de la música. Un estilo de vida que exige tantos o más códigos que la pareja heterosexual. Uno de ellos, escrito en el cuerpo con tinta indeleble, es jamás separarse en el momento del intercambio. “Sabemos que hay swingers en otras partes del mundo que cuando cambian de pareja tienen sexo en lugares separados, para nosotros es imposible y si lo hacés lo más probable es que te traiga problemas en la pareja”, dice Daniel, poniendo el acento en el placer que provoca ver a “tu mujer, a la madre de tus hijos, gozando desenfrenadamente. La primera vez que la vi sentía que había tenido en mis manos un cachorrito que de pronto era una loba”. Después de esa primera vez las parejas swingers suelen vivir un fervor que, dicen, no se compara con nada. “Recordás las cosas que hiciste y te calentás de nuevo, no podés parar.” Beatriz parece reposada, una mujer de 40 con un vestido diminuto que no logra apagar del todo cierto sonrojo tímido que pierde cuando se entrega a sus juegos. Ella es de las que dicen que prefieren la seguridad de las relaciones constituidas, si es con hijos mejor, porque así se aseguran que todos tienen los mismos intereses. “Tenemos nuestros códigos, conozco una pareja en la que a ella le gusta estar con muchos hombres a la vez y el marido se los procura. Pueden ser seis o siete, pero si ella baila sólo con uno sin consultarlo se muere de celos y se acaba la noche.” Los celos, esa sensación indomable que trae consigo deseos de aniquilación del otro, no tienen lugar entre los swingers o por lo menos no un lugar tradicional. En todos los testimonios hay un orgullo declarado por haber cruzado la barrera del egoísmo y por la capacidad orgásmica del par de cada uno. Como el amor, esa capacidad es un valor que exige una retribución acorde a la hora del intercambio y tener alguien al lado que es un león o una leona en la cama es como sentirse millonario. Aunque son las mujeres las más exigidas, llevan la voz cantante y tienen que levantar el ánimo de la concurrencia exhibiendo el desenfreno propio de las ninfómanas que se describían a principios de siglo. Algo que cumplen aunque les exige un resto de actuación, en todo juego hay que representar algún papel y el que les toca a ellas es el de gozar y gozar.

Higiene, fantasías y noviazgos de cuatro
“Si a alguien le cuesta relacionarse con la gente no es un boliche el mejor lugar”, admite Carlos sin quitarse los auriculares que distinguen a un DJ. Es por eso que muchas parejas eligen la privacidad de los contactos telefónicos, postales o vía e-mail. El promedio de edad de los swingers ha bajado en los últimos cinco años gracias a los vínculos que estableció la revista y a que en los boliches se les permite entrar aunque no sean matrimonios bien avenidos. Ahora se puede decir que la edad oscila entre los 30 y los 55 años. Todo el mundo encuentra su media naranja –su otra naranja, mejor– tarde o temprano, pero puede suceder que después de una búsqueda difícil –llena de encuentros a cenar, charlas de café o citas a ciegas en algún departamento– se dé con la pareja ideal y se cree una sensación de enamoramiento que hasta produce celos ¡de una pareja a otra! Es algo pasajero, prometen Daniel y Beatriz que hicieron del “swing” una causa que defienden como dicen que alguna vez defendieron a la verdad y la justicia en un programa de radio que conducían juntos hace ya un largo tiempo. Ahora que su bandera es la sexualidad abierta, el matrimonio no se preocupa por lo que puedan pensar sus hijos de 18 y 20 años. “Este estilo de vida nos enseñó a ser más abiertos, a aceptar todo tipo de tendencias sexuales y de las otras, ellos tienen plena libertad para hacer lo que más les guste pero no pueden interrogarnos acerca de nuestra intimidad.” Buscar otros matrimonios de larga data no sólo asegura intereses similares sino que es vivido como una regla de higiene. Por supuesto, el preservativo es una condición irrenunciable pero además se aseguran de la historia sexual y toxicológica de los nuevos swingers para tener mayor tranquilidad. Es que jamás aceptarían a alguien que tuviera vih, del sida no se habla ni en chiste, “¿para qué ligar sexo y muerte?”, dicen como si fuera posible separarlos. Dicen los que saben que ser swinger es un camino que muy pocas veces tiene marcha atrás pero que sin duda hay que caminar de a dos y al mismo tiempo. No sirve para salvar matrimonios aburridos. Los que quisieron subirse a este bote con la esperanza de sobrevivir al naufragio de la relación están ahogados desde el vamos. Cuando la ropa se cae y no queda nada frente a ellos más que el deseo, se hace evidente la falta de amor o de aceptación o de seguridad o de generosidad, pilares de las relaciones swingers. “A veces se da por ciclos, te relacionás un tiempo, te retirás del ambiente, y volvés porque siempre se vuelve.” Daniel, en su oficina, lleva el sello de la estética que caracteriza al boliche, una mezcla de cuerpo trabajado en el gimnasio con el brillo de un Los Angeles al sur del mundo. Le gusta dar explicaciones y difundir todo lo que tenga que ver con el ambiente como un niño describiría un parque de diversiones en el centro de Disneylandia. Por el flujo de avisos y por su propia experiencia puede certificar que hay tres fantasías posibles en el mundo swinger y una prácticamente irrealizable. Las primeras son las reuniones –más conocidas como orgías, aunque a nadie le gusta esa palabra porque serán “sexópatas pero no fiesteros”–, el intercambio de parejas y el trío con un hombre. La irrealizable es la que espera un trío con una segunda mujer. Y la razón es casi sentimental: a nadie le gusta ser la tercera. “Las mujeres quieren enamorarse o por lo menos que las contengan cuando todo terminó y la tercera se queda siempre sola, es desgarrador para ella”, admite Beatriz. En cambio, los solos hacen furor. Algo que puede contar uno de ellos, “recomendable por lo respetuoso y bien dotado”, Hernán, que entrevista hasta cuatro parejas por semana para ver si se acomoda a sus gustos. En este universo el tamaño sí importa y Hernán no suele ser rechazado más que por la chica que él ama, una que no pertenece al ambiente pero que él confía en poder integrar en algún momento. “El swinger tradicional, de a cuatro, es el más sensual, porque hay seducción, juego previo, se puede escuchar más nítidamente lo que hacen los demás –se regocija Daniel– y ver a tu mujer más de cerca. El grupo es lo mejor para empezar porque es anónimo y más genital, no compromete tanto a las personas.” Claro que en estos casos la vida suele dar sorpresas. Por ejemplo, encontrarse con un colega –los swingers son de clase media alta, la entrada al Star, por ejemplo, cuesta 45 pesos y muchos sostienen además una infraestructura paralela con departamento y teléfono incluido para los encuentros– médico, que es la profesión que más abunda o abogado o periodista, que los hay, los hay. Descubrir entre la maraña de cuerpos a quien más temprano se vio en la oficina de saco y corbata puede ser una experiencia más fuerte que la sexual pero de inmediato se sella un pacto en que los dos son cómplices. Pero hay otras situaciones desopilantes, como la de ese hombre que se entregó al juego erótico en un boliche, se desnudó en la cama que en el centro de los reservados se usa por la madrugada, y cuando llegó a su casa otra vez vestido y compuesto se dio cuenta de que tenía dos zapatos distintos. Aunque no había anotado los teléfonos de la pareja con la que se entreveró, encontró su zapato a través de la revista swinger. Es común que la gente vaya a las reuniones grupales con sus propios colchones, en ninguna casa hay tantos como para albergar 20 parejas, y muertos de risa, mientras el calor sube en la pista de Star y la gente se hace arrumacos en los rincones, dos parejas cuentan que una vez los descubrió un amigo en la puerta del edificio con el colchón en la mano y sin ninguna excusa en el bolsillo. Cosas que pasan, nada más, como las que a todo el mundo alguna vez se le ocurren pero sólo unos pocos ponen en acto