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Cuando los judíos matan en
Berlín

Por Alfredo Grieco y Bavio

En Berlín, los judíos disparan primero. El miércoles pasado, agentes israelíes abrieron fuego desde su consulado, mataron a cuatro militantes kurdos, y dejaron decenas de heridos. Un sonriente premier derechista, Benjamin Netanyahu, deploró por televisión lo ocurrido, explicó que los agentes habían cumplido órdenes y despachó, con todo el secreto que puede guardar un exhibicionista, una delegación para colaborar con los alemanes en la investigación policial. Los kurdos europeos habían tomado rehenes y embajadas en todo el mundo, y los berlineses habían marchado contra el consulado israelí al oír la noticia de que la Mossad había colaborado en el espionaje que guió a la operación comando turca que arrebató a su líder Abdulá Ocalan de manos griegas en Kenia. Según testigos, los israelíes en Berlín se ahorraron las advertencias y apuntaron a matar. Más aún, en la tierra del Holocausto algunos policías alemanes resultaron golpeados con barras de hierro por los agentes israelíes. La derrota que implicó la captura hirió de muerte al gobierno socialista griego PASOK, que tuvo que saquear apresuradamente sus ministerios por la vergüenza nacional.

“Estamos agradecidos a Hitler”, solía decir el escritor alemán Thomas Mann, “porque gracias a él sabemos de qué lado debemos estar, sin lugar a dudas”. El nazismo significaba una simplificación de las pasiones y de la imaginación moral. Por cierto, estar en contra tenía entonces todos los riesgos, pero dejaba la conciencia tranquila, esa conciencia moral que -como insistía Freud, otro renuente emigrado de los nazis que se complacía en declaraciones sibilinas- más nos hace sufrir cuanto más refinada es. Hay que decir que las cosas han cambiado desde 1945 más de lo que muchas veces nos gusta admitir, pero también que lo hicieron en un sentido distinto del que subrayan hasta la náusea los futurólogos a sueldo del pasado. El fin de la Guerra Fría y la caída del Muro se suelen usar como excusas fáciles para no estudiar a Marx y para felicitarse de que ya no existan las clases sociales.

Nuestro hambre, y nuestra nostalgia, por el mundo de Mafalda no tiene límites. El universo de kurdos, PASOK, Kenia, Mossad ambigua, embajadas europeas tomadas, operaciones comando turcas, nos resulta un poco irreal, una pesadilla poco duradera de la que conviene despertar -como de la India y el Pakistán nucleares, de la crisis asiática, de la devaluación del yuan chino, de la guerra de Kosovo-, para volver a aliados contra nazis, a norteamericanos contra rusos, a la década del 70, a los movimientos de liberación nacional posando como izquierdistas, a la virginidad de toda noción económica, a combatir al capital y al capitalismo. Ahora combatimos, desganados, al neoliberalismo, que es un villano tan poco apasionante, a pesar de toda la inventiva cortazariana del subcomandate Marcos, como los tecnócratas de Bruselas. Preferiríamos volver a los 80, y combatir al FMI. De ahí nuestra incredulidad, hasta nuestro fastidio, cuando el Fondo es el primer aliado de la democracia en Indonesia o en Rusia. Es que toda narración clásica, para ser interesante, se funda en la reconocibilidad. Los avatares que nos importa seguir son los de los conocidos de siempre. La moda retro de las series de la Guerra Fría, el banquete de Uniseries desde el superagente hasta “Los Profesionales”, satisface un hambre para el que nada proveen los 90: no sólo de “Seinfeld”, o de “Gasoleros”, vive el hombre (perdón, la persona). Y el éxito de films como Austin Powers, y hasta La vida es bella, se debe a que ofrecen una visión seguramente renovada y hasta renovadora, pero sobre algo que ya sabíamos. Sin los kilómetros de celuloide con tragedias sobre el Holocausto, la comedia de Benigni no era posible. Ni, quizás, tampoco deseable.

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