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Lo
que
sé
Por
Phil Spector
Primero, me gustaría saber qué ve Dios cuando toma LSD. Segundo, qué hay
que decirle cuando estornuda. Y cómo fue que Michael Jackson comenzó como
un hombre negro y terminó como una chica blanca. Pero en un mundo en donde
los carpinteros resucitan, todo es posible. Sé que soy disfuncional por
elección. Sé que si uno le habla a Dios es rezar y si Dios le habla a
uno es esquizofrenia. Soy esclavo de mi propia libertad y adoro mi problema
de carácter. Prefiero vivir en los suburbios del infierno, al este de
Hard, al Oeste de Rock y sin Café. Pero como todos, en realidad, vivimos
en la sala de espera de Dios, me da igual donde esté. Me parece una pena
que Noé y su comitiva no perdieran el barco. Esta afirmación más bien
pesimista tiene su origen en que: a) hace falta un enemigo y un amigo
para lastimarte (el uno para calumniarte y el otro para contártelo); b)
la mayoría de la gente debería ser obscena e ignorada; c) el problema
con la derecha católica es que no es ni lo uno ni lo otro. Un aspecto
positivo de la vejez es que uno puede recordar todo lo que pasó, incluso
si no pasó. Y sé que la vejez es cualquier criatura que tenga veinticinco
años más que yo. En estos días mi vida está en una región tenebrosa, el
año se divide en un largo día y una larga noche completamente ajenos al
fluir de la Historia; y la pureza del aire se debe sin duda al hecho de
que todos mis vecinos tienen las ventanas cerradas. Pero, con todo, creo
que esa vida es mejor que la de cualquier pobre, escuálido, acelerado,
nervioso y pálido ser que vive con todas las ventanas de su casa herméticamente
cerradas. Es fácil entender a Dios, siempre y cuando uno no tenga que
explicarlo. Sigo tratando de vivir a imagen y semejanza de uno de mis
héroes, Enrique VIII, que se acercó al ideal de perfecta perversión tanto
como lo permite la enferma naturaleza humana. Me compré un castillo hermoso
y encantado en un pueblo rústico y campestre, en donde no hay uno solo
de esos lugares para ir adonde uno no debería ir. Por eso decidí mudarme
desde mi otra residencia, The Tarantula Arms, donde tenía una linda telaraña
amueblada. Es que estaba en Pasadena. Y si fuera dueño de Pasadena y el
infierno, vendería Pasadena y viviría en el infierno. Ahora que toda la
estupidez del impeachment ha pasado a la historia, no me molestaría en
lo más mínimo ponerle las manos encima a ese pomposo, sexista, maricón,
hosco, estúpido gallito de Henry Hyde, que ofrece la prueba definitiva
de que siempre es mejor mantener la boca cerrada y dejar que todo el mundo
piense que uno es un idiota, a abrir la boca y no dejar dudas de ello.
No existe nada más terrorífico que la ignorancia en acción. Si el hombre
promedio está hecho a imagen y semejanza de Dios, entonces Mozart era
lisa y llanamente superior a Dios. El amor es una ilusión obsesiva que
se cura con el matrimonio. Pero el horror a la soledad es mayor al miedo
a estar atado, así que nos casamos. Para mi próxima vida me gustaría reencarnar
como inodoro para lidiar con todas los soretes que me toque tratar. Ah,
me olvidaba. Recién llamó Bill Bailey (Axl Rose) y dijo que no vuelve
a casa. Las grandes mentes discuten ideas, las mentes promedio discuten
acontecimientos y las mentes pequeñas discuten personas. Y ya que soy
una de esas personas que no son felices a menos que no sean felices, es
reconfortante saber que la salud mental no necesariamente tiene que ver
con la felicidad. Si así fuera, nadie calificaría.
El
productor musical Phil Spector es tan famoso por el método de grabación
que inventó (la “pared de sonido” que lleva su nombre, usada por los Beatles
en Let It Be para citar uno solo entre miles de discos) como por su desdén
absoluto hacia la prensa. Por eso dejó atónitos a los editores de Esquire
cuando decidió romper su rutina de no dar entrevistas para escribir –con
su neurosis característica– la columna “Lo que sé” que sale todos los
números en esa revista.
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