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El volcán Copahue domina el paisaje de la precordillera donde se encuentran las Termas de Copahue y sus benéficas lagunas de aguas volcánicas. Baños de barro y de vapor entre montañas de piedra. Muy cerca de allí, los bosques de araucarias, el lago y las cascadas de Caviahue.

Por Lilia Ferreyra

Un cello o un erke; no podía reconocer el instrumento. Pero la nota se tensaba en los agudos de la escala y descendía vertiginosamente hacia los graves, hacia lo más profundo de cualquier sonido, hasta llegar al silencio absoluto, un instante inverosímil, desde donde surgía con más fuerza o con más furia, y ya eran miles de cuerdas o miles de bocas soplando esa nota sobrecogedora que se revolvía en sí misma y que lo despertó esa madrugada a las pocas horas de haber llegado al hotel de Villa Copahue, en Neuquén. El viajero miró el paisaje detrás de los vidrios de la ventana. El viento patagónico enroscaba y desenroscaba su silbido entre los cerros pero nada se movía, porque no hay árboles ni plantas que denuncien los giros y contragiros del aire. Montañas de piedra con parches de hielo en las laderas reverberaban bajo la luz lunar en la aparente quietud de esa noche. Sólo en el centro del pequeño valle ondeaban a ras del suelo los blancos vapores de azufre de la laguna hirviente que brota del centro de la tierra, de las entrañas del volcán Copahue, la majestuosa montaña de 2925 metros de altura que desde hace miles de años mantiene vivo su fuego interior para calentar las aguas que fluyen desde sus cavernas y se transforman en la superficie en las benéficas lagunas de color verde o de color de arcilla, o en la laguna sulfurosa, tan humeante y fétida que el viajero pudo imaginar desde la ventana del hotel el fantástico aliento del dragón.

Termas bajo el volcán

En el noroeste de Neuquén, donde el sur patagónico araña su límite norte, se encuentran las Termas de Copahue, un extraño lugar enclavado en la desértica precordillera limítrofe con Chile, que sólo se puebla entre noviembre y abril, cuando se abren las puertas del centro termal para recibir a los ocho mil “curistas” -como llaman a los turistas que llegan a este sitio para sumergirse en las paliativas aguas volcánicas- y los hoteles se ponen a punto para darles alojamiento y comidas. En el invierno, el valle prácticamente desaparece bajo la nieve que, sin embargo, no puede cubrir las pequeñas y bullentes lagunas, cuyas propiedades medicinales ya eran conocidas en tiempos lejanos. Cuentan en la zona que en el siglo pasado, araucanos y mapuches llevaban a sus guerreros heridos para curarlos con esas aguas en las que también se bañaban los soldados enfermos de las tropas asentadas en las fronteras del desierto. Paradojas de alguna tregua o fantasías de la historia, lo cierto es que desde la más remota antigüedad y en distintos lugares del planeta, los baños termales siempre convocaron a dolientes y a hedonistas para atenuar dolores o para sentir el placer de un agua cálida y benéfica sobre toda la piel.

En Copahue, todo está muy organizado en torno a las singulares lagunas. La más concurrida es la laguna del Chancho, una especie de piletón de aguas sulfatadas y barros orgánicos de muy poca profundidad, donde los “curistas” o visitantes tienen que sentarse para que ese bálsamo de color beige, templado por la naturaleza a 30 grados, los cubra hasta el cuello durante 20 minutos, que es el tiempo terapéutico recetado por los médicos del complejo termal. Una vez fuera de la laguna, hombres y mujeres se embarran todo el cuerpo y se quedan bajo el sol -algunos parados, otros sentados o acostados- hasta que ese fango suave como una crema se va secando sobre la piel y los bañistas se transforman en un grupo escultórico de figuras de arcilla, moviéndose con la levedad del bíblico barro que les dio origen.

Los baños con el barro de las lagunas del Chancho, Verde y Sulfurosa también se pueden tomar bajo techo en las instalaciones del complejo termal. En este caso son individuales y muy controlados por los médicos. Combinan la aplicación del fango, lámparas de calor y duchas con el agua de esas lagunas o con el agua del volcán que proviene del mismo cráter. Entre los visitantes famosos más asiduos, los lugareños mencionan a Julio Bocca, Bruno Gelber y Amelia Bence.

Entre Copahue y Villa Caviahue

Aunque más que un sitio turístico Villa Copahue es un lugar terapéutico, el volcán y las montañas que la rodean -entre las que sobresalen el perfil quebrado del cerro Negro y en la lejanía, el pico del cerro Bonete y la cumbre siempre nevada del volcán Domuyo, forman un paisaje desértico, casi lunar, donde se vislumbra la magnificencia de la cordillera de los Andes. Entre baño y baño, algunos visitantes organizan excursiones hacia el cráter del volcán -en camionetas 4x4, a caballo o caminando- o pasean por los alrededores siguiendo el curso del río Agrio que, como su nombre lo indica, desciende sin un solo pez en sus aguas por el Cajón Hualcupén, un cañadón entre cerros a cuyos pies crecen ñires achaparrados y se levantan pequeñas y aisladas casitas donde viven pastores de cabras, en su mayoría mapuches. Pero a sólo 18 kilómetros, en Villa Caviahue, cambia la geografía: milenarias araucarias cubren las laderas de los cerros y un lago que no se congela en invierno anticipa -como una versión en pequeño- la belleza de los bosques, lagos y montañas de la región de San Martín de los Andes. En invierno, Caviahue -nombre que en lengua mapuche significa “lugar de encuentro”- se transforma en un centro de esquí donde la nieve es lo que más abunda ya que la población estable no supera las 500 personas. En verano, los “curistas” de Copahue pueden combinar sus baños con la pesca deportiva en las lagunas Escondida o Achacosa (para no olvidarse de las termas) o con los paseos por el bosque de araucarias siguiendo los senderos que llevan hacia las Siete Cascadas. El rumor del agua cayendo entre las grietas y pequeñas quebradas de los cerros en el silencio de una tarde tranquila acompaña la placidez de la naturaleza.

Aunque por su distancia, Copahue y Caviahue están a contramano de los principales centros turísticos del sur cordillerano, las termas, lagunas, bosques y cerros del verano, y la nieve, los esquíes y trineos del invierno atenúan el largo viaje hacia este parque provincial de 30.000 hectáreas donde no sólo el dolor sino también el placer, encuentran su bálsamo y su respuesta.