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San Rafael y el cañón del río Atuel

Con sus calles con acequias y sus umbrosas arboledas, la ciudad de San Rafael recuerda a la capital mendocina. Cepas, viñas, bodegas y los coloridos paisajes del cañón del río Atuel.

Por Felisa Pinto

Si se redujera a un mínimo extremadamente exigente la lista de los lugares que conviene conocer en la Argentina, en esa nómina restringida no debiera faltar San Rafael.

Situada a 235 kilómetros hacia el sur de la ciudad de Mendoza, tiene acceso desde Buenos Aires, luego de rodar unos 1000 kilómetros por la ruta 188, después de haber andado por la ruta 7, hasta Junín, provincia de Buenos Aires. Este trayecto lo hacen algunas empresas de transporte terrestre: TAC, La Estrella, Expreso Uspallata. El pasaje cuesta algo menos de 50 pesos. El pasaje aéreo, ida sola, desde Aeroparque con vuelos de Austral cuesta algo más de 100 pesos.

La segunda ciudad de la provincia, con una población en torno de los 100.000 habitantes, recuerda a la de la capital provincial, Mendoza, por sus calles con acequias, donde se nutren, aventajados, los vigorosos árboles callejeros. En el parque Hipólito Yrigoyen se prolongan esas arboledas umbrosas y en su superficie han tenido acogida el campo municipal de deportes y el Anfiteatro Vendiminal, donde se celebran las justificadas fiestas locales de la vendimia.

El nombre procede de uno de aquellos con los que fue bautizado el marqués de Sobremonte, virrey del Río de la Plata que dispuso la creación del fuerte que dio origen y raíz a la población que devendría la actual San Rafael.

Cepas en el oasis

Estos datos externos poco aproximan a la experiencia peculiar que se vivencia en el lugar. Tanto como en Mendoza se siente aquí profundamente el milagro del desierto fecundo, del oasis, de la capacidad prodigiosa del desierto cuando es bendecido por el agua y la voluntad creadora de los humanos, por el “espíritu fáustico” que decía Oswald Spengler.

No sorprende cuando los historiadores locales informan que unos colonizadores franceses fueron decisivos en el desarrollo de San Rafael y de la industria vínica de la ciudad. Un cierto Rodolfe Iselin, vino con su gente, hace cien años, trayendo en el equipaje las cepas del merlot, del cabernet, del malbec.

Además de una industria que es orgullo del país, y parte importante de su gozoso consumo, esos franceses le dieron a San Rafael algo típico de la nación de Juana de Arco: una cierta amistad con la vida, un goce vital, la famosa joie de vivre, el gusto por la vida, cuyo ocaso y eventual desaparición en la sociedad contemporánea veía Pierre Teilhard de Chardin como la peor catástrofe que pudiera asolar al planeta.
Un siglo después están a la vista los resultados de aquellos afanes, hoy lejanos. De aquí son las bodegas Bianchi, Suter, Calvet, Lavaque, Simonassi Lyon, Jean Rivier, nombres bien conocidos por los entendidos y por los que no lo son tanto. San Rafael, como pocas zonas vínicas del país, ha pasado a tener su “appellation controlé” o, en la Argentina DOC (denominación de Origen Controlado), garantía de cuidado por el nombre como sinónimo de calidad.

El río Atuel

Pero San Rafael es San Rafael y su circunstancia. Y está indisolublemente unida al Valle del río Atuel y a los fenómenos geográficos conexos. Desde la ciudad y a unos 30 kilómetros, por la carretera 173, cruzando el desierto en dirección a la precordillera, se llega al comienzo de una etapa en que el camino zigzageante se empeña con esfuerzo en seguir el curso sinuoso del río Atuel. Hay 70 kilómetros de esta ardua convivencia. En los primeros veinte estála zona más frecuentada por los turistas, el Valle Grande y su represa, y asimismo el Hotel Valle Grande, a la altura del kilómetro 35, junto al dique, y uno de los tres hoteles tres estrellas de la región. Los otros dos están en la ciudad y son el San Rafael y el Kalton, uno en la calle Coronel Day 30, el segundo en la Av. H. Yrigoyen 120. Hay que volver al río, protagonista esencial. Sus colores cambiantes, pasan del azul intenso al turquesa, según las mutaciones de la luz, que también altera los colores sorprendentes de las paredes rocosas del cañón abierto por la persistencia obstinada de esas aguas diáfanas del deshielo, una fantástica cirujía geológica cuyos comienzos corresponden al Terciario. Es el centro de atracción de innúmeras actividades, desde la primavera temprana hasta el mes de abril, y desde la mera natación hasta el rafting. Y fuera del agua, campean, como en pocos otros lugares argentinos, el trekking, las cabalgatas, los cuatriciclos, las mountain bikes, y las excursiones en 4 x 4, aquí verdaderamente justificadas, y redimidas de su fatua presencia como símbolo de “status” en las ciudades.

A medida que se avanza por el camino el río Atuel y su rugosa hendidura pétrea se va pareciendo al cañón del Colorado, por lo menos en la parte del curso de éste en el estado de ese nombre.

Más allá está el dique El Nihuil, con su inmenso espejo de agua de 9600 hectáreas, otra ocasión para los deportes náuticos y para la admiración que reclama perpetuarse en fotografías.

Por el mismo camino se puede llegar al Sosneado, y tomando por la ruta 222 también a Las Leñas, puntos altos ambos del turismo invernal. Siguiendo por la ruta 40 se accede a Malargüe e insistiendo en la dirección sur se puede encontrar, hacia la derecha, un paso a Chile y si se mantiene la dirección austral asimismo el camino que conecta con Neuquén. En Buenos Aires, en la avenida Callao al 445, la Casa de Mendoza provee de información sobre la ciudad capital y la provincia en general, así como también una específica relativa a San Rafael.