Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira

el Kiosco de Página/12

Carta cerrada al señor Sanguinetti

Por Rodolfo Braceli 

t.gif (862 bytes)  Buen día, señor:

  ¿Cuál es la diferencia entre una carta abierta y una carta cerrada? La carta abierta nos compromete ante los demás; la carta cerrada nos compromete ante nosotros mismos, en soledad. En los dos casos nos compromete.

  Y esta carta cerrada (ahora abierta por la urgencia) quiere decirle, señor Sanguinetti, que usted tiene que mover cielo y tierra, ya, para saber lo que hay que saber sobre el nieto/a de Juan Gelman, criatura, como tantas, desgajada de sus padres asesinados, robada por esa porción de dictadura que desde la ilegalidad gobernaba vidas y muertes en el Uruguay de 1976. Usted, en su respuesta del pasado 5 de noviembre a Juan Gelman, pone especialmente el acento en la diferenciación de lo que pasó en "territorio uruguayo" y en "territorio argentino". Más allá de lo cuantitativo, la dictadura criminal fue sólo una y extendió sus tentáculos en varios países. Que Juan Gelman sea poeta y haya nacido en la Argentina no cambia los hechos. Por lo demás, cuando se trata de la vida y de la muerte de seres humanos, no debiéramos entretenernos en eso de los límites.

  Los mapas no pueden distraernos de lo que significa robar una criatura de madre en cautiverio. Aquí no hay territorio ni patria que valga. O sí, hay una patria: la que sobrepasa a todos los mapas: la patria de la condición humana.

  Aquí, señor Sanguinetti, mientras no se descubra el crimen de robar un niño, el crimen se renueva a cada minuto. Y ese crimen es avalado, sostenido, por la ineficacia en la búsqueda, o por la indiferencia que desemboca en el olvido.

  ¿Estoy diciendo que la ineficacia y/o la indiferencia pueden llegar a ser criminales? Ni más ni menos que eso quiero decir.

  Ya que estamos acercándonos al dichoso fin de milenio, digámonos las cosas por su nombre: cuando dejamos que los crímenes se traspapelen en el olvido no contribuimos a la reconciliación, contribuimos a que los crímenes perfectos se vuelvan perfectos.

  Usted, señor Sanguinetti, habla de sus esfuerzos por pacificar, por "restañar todas las heridas de la violencia política que pudieran restañarse". Eso, ni usted ni nadie lo conseguirá mientras no se alumbre completamente lo que permanece escondido, licuado por la desmemoria o la indiferencia. Para restañar usted deberá, como suele decirse, ir hasta las últimas consecuencias en la investigación. Hasta las últimas consecuencias sin mirar a quién, y sin fijarse en las consecuencias. ¿A usted le parece que ya ha ido hasta las últimas consecuencias sin fijarse en las consecuencias?  

  Hay que gritarlo hasta que se oiga: lo que  importa es que el nieto de Gelman, como usted, como Gelman, como yo, como todos, nació para vivir. Y vivir significa, entre otras cosas, no sólo respirar sino también saber quiénes son la madre y el padre que nos parió.

  Desde luego que aconsejar no es aconsejable, pero de todas maneras me permito decirle que usted, desde el sitio en el que ha sido puesto sufragio mediante, tiene que hacer no sólo todo lo posible por alumbrar este renovado crimen. Tiene, además, que hacer lo imposible.

  Ante ciertos episodios que desfondan la índole humana, todos tenemos la imperiosa obligación de afrontar esta pregunta: ¿en qué consiste hacer lo imposible? Consiste en hacerlo. Consiste en no dejarlo para mañana, ni para esta tarde, ni en otras manos. Consiste en considerar a este caso (como a todos los semejantes) en algo crucial, de vida o muerte. Consiste en no permitirse pegar un ojo hasta alumbrar lo que hay que saber.   Consiste en no medir las consecuencias de la búsqueda. Consiste en darse cuenta, desde las tripas hasta el corazón, que si este caso se disuelve en el olvido le estaremos haciendo el caldo gordo a la muerte y habremos condecorado a la impunidad. De paso, se estará atentando contra la médula de la democracia. Con la pasividad afirmaremos que la condición humana no ha podido avanzar ni un centímetro en un milenio.

  Usted, señor Sanguinetti, dirá que es muy fácil reclamar al voleo y desde el llano. Que la trama del gobernar es demasiado compleja y no siempre permite hacer eso que bien intencionadamente se quisiera hacer.   Ante eso yo le digo, desde mi condición de habitante de este mundo, que no importa que no se pueda hacer lo que hay que hacer. Hágalo de todas maneras.

  Más arriba, señor Sanguinetti, me atreví a preguntarle si realmente cree que usted accionó hasta las últimas consecuencias. Dudo de que lo haya hecho. Dudo a partir de algo que usted confiesa en su carta a Gelman.   Usted escribe que desea "fervientemente" que "se dé un paso más para cerrar este triste capítulo de nuestra historia". Calificar solamente de "triste" a este capítulo de la historia en el que no sólo se violó la vida sino que se violó la muerte, en el que se desnucó el colmo de los colmos robándoles sus criaturas a los asesinados y desaparecidos, resulta muy benevolente, muy tibio de su parte. El capítulo, usted lo sabe, fue infinitamente más que triste: fue alevoso hasta la obscenidad, desfondó lo humano hasta la inhumanidad.

  En otro párrafo de su carta, señor Sanguinetti, usted le expresa a Gelman que "ni yo ni nadie en el mundo tiene la capacidad de milagro de aclarar algo tan difícil con sólo una orden". Y después le reprocha que Gelman le "dio 129 días para intentar ayudarlo, pidió un milagro..." Dos veces usted se detiene en el "milagro". Y con esto da a entender que usted no hizo, todavía, todo lo que debería hacer.

  ¿Pero es que le estamos pidiendo un milagro, señor Sanguinetti? Sí, por lo menos un milagro. Pero que no haya confusiones: que nos quede claro: los verdaderos milagros no caen del cielo, no vienen de arriba. Hay que hacerlos aquí en la Tierra, a veces a costa de meter el dedo en el ventilador, a costa de ser políticamente incorrecto.

  Señor, haga lo imposible. Hasta que sea posible. Propóngase el milagro. No pegue un ojo. Busque desesperadamente, sin feriados y hasta en las fiestas de guardar. No se baje del insomnio por nada del mundo. Porque se trata de que la democracia no sea cartón pintado. Porque se trata de la vida.

  Porque, señor Sanguinetti, el nieto/nieta de Gelman es también su nieto. Y esto no es literatura, aquí no hay metáfora que valga.

  Usted puede hacer algo más. Algo a fondo. ¿A usted le parece que ya lo hizo? Dicho de otra manera: ¿a usted, en esta investigación, le parece que ha hecho todo lo que hubiera hecho si la criatura robada fuera un nieto de su apellido y de su sangre?

  Si así fuera, usted, hoy, como Gelman, tampoco bajaría los brazos.

  Me despido rápido, sin la cortesía de un apretón de manos, porque usted, señor Sanguinetti, sin un instante de demora necesita tener las dos manos sueltas. Métale. Porque se trata de la vida de la Vida.

  Urgentemente,

                        Rodolfo Braceli 

 


rep.gif (706 bytes)

PRINCIPAL