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MUESTRA TEMATICA EN EL ESPACIO DE ARTE FILO
Los enmascarados aún no se rinden

Una exposición reúne a 52 artistas argentinos que de un modo festivo, reflexivo y humorístico se ocupan de un mismo objeto, la máscara, a través de las técnicas más diversas.


Por Fabián Lebenglik
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La extraordinaria calidad visual y de construcción de las máscaras africanas, orientales y de Oceanía influyeron notoriamente en artistas modernos y de vanguardia. Hay colecciones tan importantes y refinadas como la de la Fundación Bayeler, en Basilea --Suiza-- que coloca, con justicia, en un pie de igualdad estética las máscaras africanas con la producción de los grandes vanguardistas europeos del siglo XX, exhibiéndolos juntos en un sutil contrapunto a través de una curaduría muy elaborada.

  En el Espacio de Arte Filo, dirigido por Alvaro Castagnino, se inauguró una muestra dedicada a las máscaras, en la que 52 artistas --pintores, dibujantes, objetistas, escultores, grabadores-- presentan sus propias versiones de máscaras. La exposición recorre --de un modo reflexivo, festivo y humorístico-- la historia y las funciones de este particular objeto en el que la clave es la identidad. Los artistas se reparten entre los que rescatan los usos primitivos --funciones religiosas, sociales, funerarias, teatrales, chamánicas, de medicina antigua, etc.--, y los que recrean sus propias versiones de los usos modernos, como decoración o souvenir y están los que las presentan como continuidad de sus poéticas personales.

  Durante el siglo XX las culturas primitivas y folklóricas se convirtieron en parte de los estudios antropológicos y arqueológicos y las máscaras se transformaron casi exclusivamente en objetos decorativos, hasta producirse en su mayoría como souvenir para los turistas. Pero esto no borra la tradición que han tenido a lo largo de milenios en distintas culturas.

  Desde la Edad de Piedra una máscara es un disfraz que funciona para ocultar la identidad y proponer otra forma de ser. Es decir, para ocultar y revelar al mismo tiempo. Es un icono cultural que a través de la historia ha tenido múltiples aspectos, usos y simbolismos. Su raíz es, en la línea del célebre texto de Mijail Bajtin, parte de la cultura de carnavalización, porque supone ser Otro --los dioses, los opuestos, los enemigos...-- por un tiempo limitado.

  Las máscaras son también condensaciones de un atuendo más amplio, así como remiten a identidades sustitutas a través de las imágenes y materiales con que se construyen, a su vez, las máscaras implican un ritual, una serie de acciones que suponen el cambio de identidad. Una máscara desencadena una acción y una actitud. Los elementos morfológicos que las componen se derivan del mundo con el que se identifican en una suerte de correspondencia. Ese otro mundo al que aluden tiene generalmente relación con lo sobrenatural y lo ancestral.

  El encargo que el espacio Filo les hizo a los artistas reproduce un gesto que está en el origen de la fabricación de máscaras. A través de la historia de diferentes culturas, las máscaras siempre fueron hechas por especialistas: artesanos y artistas. Toda máscara contiene y propone un relato al tiempo que se complementa con un complejo "manual de instrucciones" y "usos" para sus portadores. Como el "aura" benjaminiana de las obras de arte anteriores a la cultura de masas, las máscaras tienen también un aura, un plus mágico y simbólico que se traduce en una serie de implicaciones y en un poder que debe manejarse e interpretarse siguiendo ciertas pautas precisas.

  En algunas culturas se creía que debido a la íntima asociación entre el hacedor de la máscara y el propio "espíritu" emanado de ella, el artista se contagiaba de ese espíritu y de ese poder mágico. A su vez la máscara transforma al que la usa, quien abandona su identidad en pos de esa otra, transitoria. La tradición invistió a las máscaras de un poder especial. Como parte del proceso de transformación de identidad las máscaras suponen el paso por un estado de trance --marca física del pasaje hacia otro ser-- que indica el abandono de la anterior subjetividad. El usuario de la máscara pasa a ser un vehículo para que las funciones del objeto tomen posesión de él. Desde la personificación de dioses benefactores hasta ser atributos de un poder diabólico, las máscaras representan imaginarios colectivos. Las tres piezas de Nora Correas, que prácticamente abren la muestra de Filo, remiten a esta función, en la tradición de aquellas que representan al diablo.

  Las máscaras sirvieron por siglos como advertencia o amenaza de sanciones ancestrales --según el caso-- para inducir o forzar el cumplimiento de normas sociales, a los niños, mujeres y criminales. Hay en la historia de la máscara como símbolo social un componente de control. Además las máscaras eran intermediarias de los deseos y demandas de los dioses. A esta vertiente parece adscribirse la obra de Carlos Masoch, en donde se cruzan, amenazantes, facciones zoomórficas con otras antropomórficas.

  Otra función era la conexión entre el pasado y el presente, en las culturas primitivas no alfabetizadas, generando la continuidad histórica y afirmando los lazos sociales. En este caso las máscaras tomaban la forma más o menos reconocible de líderes, parientes o amigos muertos.

  Otro de los ítem más usuales es el de la iniciación. Los miembros de numerosas sociedades secretas eran introducidos en las prácticas del grupo a través de un guía que los instruía luciendo una máscara.

  En cuanto a las máscaras funerarias, muchas veces se hacían para cubrir la cara del muerto y ponerle imagen al espíritu en tránsito. En este sentido, las máscaras representaban las cualidades del fallecido.

Ciertas prácticas deportivas y determinados oficios generaron el uso de máscaras con fines de protección. Hóckey sobre patines, fútbol americano, la posición de catcher en el béisbol, etc. En la muestra de Filo, tanto Juan Lecuona como Rogelio Polesello utilizan esta veta. Lecuona exhibe una máscara protectora de soldador, que en el contexto de la muestra adquiere un efecto bélico siniestro. Polesello presenta una pechera y una máscara de esgrima que tienen un sentido similar al de la pieza de Lecuona, aunque atenuadas por el color. La máscara de Oscar Serra que parece salida de la última película de Tim Burton, combina componentes de observación científica y de guerra, que la emparentan con las anteriores.

  En el caso de la máscara carnavalesca, hay un componente fuertemente social y político, como quiebra de las inhibiciones vigentes. Esta vertiente también tuvo un uso extendido en el teatro. Aquí parecen coincidir, desde distintas perspectivas, tanto el antifaz ultradecorado de Carolina Antoniadis como los papeles recortados y formas abstractizadas de Alfredo Prior.

  La palabra "personaje" se deriva de "per sonare", porque en el teatro antiguo las máscaras tenían forma de bocina a la altura de la boca, para que la voz se expandiera de manera más sonora. (La pieza de Luis Wells, mencionada más abajo, también evoca este aspecto.) El uso de la máscara teatral griega viene, a su vez, de usos religiosos. Con la especialización, las máscaras teatrales se volvieron tan elaboradas que revelaban inmediatamente características del personaje que la utilizaba: edades, jerarquías, personalidades y ocupaciones. De este modo un mismo actor podía interpretar varios personajes con sólo cambiarse la máscara y el vestuario.

  En la Edad Media se usó para interpretar el género teatral de los misterios. A lo largo del Renacimiento, las usaban los actores de la Comedia del Arte, para poner en escena sus personajes básicos.

  En el teatro No japonés --entre otras formas del teatro oriental-- se ha desarrollado un riquísimo lenguaje de máscaras: desde el siglo XIV, suma en su tradición más de un centenar de máscaras distintas, clasificadas en diferentes categorías, según los requerimientos dramáticos.

  Los especialistas en el tema cuentan que en el Islam las máscaras son imágenes prohibidas, aunque hay un tipo de teatro/danza en Java --en donde el islamismo no es la religión original, sino que fue producto de una conversión-- que constituye un caso excepcional: en este tipo de teatro, los actores sostienen las máscaras con la boca y cuando les toca pronunciar sus líneas se las sacan y las sostienen frente a su cara.

Durante los siglos XVII al XX el teatro de máscaras se fue extinguiendo lentamente en Occidente.

  Algunos artistas asociados a la Bauhaus se interesaron especialmente en el diseño de máscaras para producciones teatrales, durante las décadas del 20 y del 30. El cubismo y el surrealismo fueron devotos y deudores explícitos del Africanismo y de las máscaras de Oceanía. En esta línea trabajaron sus piezas presentadas en Filo, Roberto Elía y Luis Wells, con citas y guiños tanto a las culturas antiguas como a las vanguardias históricas. Las piezas de Fernando Fazzolari y Hernán Dompé también trabajan este sentido, aunque mas lúdico. Esta derivación, en una vertiente constructiva, siguen las obras de Felipe Pino y Jorge Pirozzi. Mientras que el grado de humor y abstractización también se hace evidente en la obra que presenta el escultor Ricardo Longhini. (En el Espacio Filo, San Martín 975, hasta el 12 de marzo.)

 

Te conocen, mascarita

La selección incluye máscaras de los siguientes artistas: Sofia Althabe, Irma Amato, Carolina Antoniadis, Jorge Boccardo, Juan Cavallero, Anahí Cáceres, Marta Cali, Oscar Carballo, Blas Casagna, María Causa, Silvina Cerminara, Nora Correas, Hernán Dompé, Ana Eckell, Roberto Elía, Anabella Fazzolari, Fernando Fazzolari, Hugo Fortuny, María Luz Gil, Grupo Sencu --Andrea Bellocq, Paula Toto Blake, Fabián Giménez, Marcelo Santorelli--, María Juana Heras Velasco, Alicia Keshisian, Mirta Kupferminc, Juan Lecuona, Norma Lizza, Vechy Logioio, Ricardo Longhini, Matilde Marin, Carlos Masoch, Nushi Muntaabski, Zulema Maza, Eduardo Medici, Héctor Medici, Marta Minujin, Ana Möller, Cacho Monastirsky, Adolfo Nigro, Miguel Angel Nigro, Noemí Paviglianitti, Teresa Pereda, Felipe Pino, Jorge Pirozzi, Rogelio Polesello, Alfredo Prior, Armando Ramaglia, Oscar Serra, Genia Streb, Luis Wells y Viviana Zargón.

 

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