Una exposición reúne a 52 artistas argentinos que de un modo festivo, reflexivo y humorístico se ocupan de un mismo objeto, la máscara, a través de las técnicas más diversas. |
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En el Espacio de Arte Filo,
dirigido por Alvaro Castagnino, se inauguró una muestra dedicada
Durante el siglo XX las
culturas primitivas y folklóricas se convirtieron en parte de los
estudios antropológicos y arqueológicos y las máscaras se transformaron
casi exclusivamente en objetos decorativos, hasta producirse en su mayoría
como souvenir para los turistas. Pero esto no borra la tradición que han
tenido a lo largo de milenios en distintas culturas.
Desde la Edad de Piedra una máscara
es un disfraz que funciona para ocultar la identidad y proponer otra forma
de ser. Es decir, para ocultar y revelar al mismo tiempo. Es un icono
cultural que a través de la historia ha tenido múltiples aspectos, usos
y simbolismos. Su raíz es, en la línea del célebre texto de Mijail
Bajtin, parte de la cultura de carnavalización, porque supone ser Otro
--los dioses, los opuestos, los enemigos...-- por un tiempo limitado.
Las máscaras son también
condensaciones de un atuendo más amplio, así como remiten a identidades
sustitutas a través de las imágenes y materiales con que se construyen,
a su vez, las máscaras implican un ritual, una serie de acciones que
suponen el cambio de identidad. Una máscara desencadena una acción y una
actitud. Los elementos morfológicos que las componen se derivan del mundo
con el que se identifican en una suerte de correspondencia. Ese otro mundo
al que aluden tiene generalmente relación con lo sobrenatural y lo
ancestral.
El encargo que el espacio Filo
les hizo a los artistas reproduce un gesto que está en el origen de la
fabricación de máscaras. A través de la historia de diferentes
culturas, las máscaras siempre fueron hechas por especialistas: artesanos
y artistas. Toda máscara contiene y propone un relato al tiempo que se
complementa con un complejo "manual de instrucciones" y
"usos" para sus portadores. Como el "aura"
benjaminiana de las obras de arte anteriores a la cultura de masas, las máscaras
tienen también un aura, un plus mágico y simbólico que se traduce en
una serie de implicaciones y en un poder que debe manejarse e
interpretarse siguiendo ciertas pautas precisas.
En algunas culturas se creía
que debido a la íntima asociación entre el hacedor de la máscara y el
propio "espíritu" emanado de ella, el artista se contagiaba de
ese espíritu y de ese poder mágico. A su vez la máscara transforma al
que la usa, quien abandona su identidad en pos de esa otra, transitoria.
La tradición invistió a las máscaras de un poder especial. Como parte
del proceso de transformación de identidad las máscaras suponen el paso
por un estado de trance --marca física del pasaje hacia otro ser-- que
indica el abandono de la anterior subjetividad. El usuario de la máscara
pasa a ser un vehículo para que las funciones del objeto tomen posesión
de él. Desde la personificación de dioses benefactores hasta ser
atributos de un poder diabólico, las máscaras representan imaginarios
colectivos. Las tres piezas de Nora Correas, que prácticamente abren la
muestra de Filo, remiten a esta función, en la tradición de aquellas que
representan al diablo.
Las máscaras sirvieron por
siglos como advertencia o amenaza de sanciones ancestrales --según el
caso-- para inducir o forzar el cumplimiento de normas sociales, a los niños,
mujeres y criminales. Hay en la historia de la máscara como símbolo
social un componente de control. Además las máscaras eran intermediarias
de los deseos y demandas de los dioses. A esta vertiente parece
adscribirse la obra de Carlos Masoch, en donde se cruzan, amenazantes,
facciones zoomórficas con otras antropomórficas.
Otra función era la conexión
entre el pasado y el presente, en las culturas primitivas no
alfabetizadas, generando la continuidad histórica y afirmando los lazos
sociales. En este caso las máscaras tomaban la forma más o menos
reconocible de líderes, parientes o amigos muertos. Otro
de los ítem más usuales es el de la iniciación. Los miembros de
numerosas sociedades secretas eran introducidos en las prácticas del
grupo a través de un guía que los instruía luciendo una máscara.
En cuanto a las máscaras
funerarias, muchas veces se hacían para cubrir la cara del muerto y
ponerle imagen al espíritu en tránsito. En este sentido, las máscaras
representaban las cualidades del fallecido. Ciertas
prácticas deportivas y determinados oficios generaron el uso de máscaras
con fines de protección. Hóckey sobre patines, fútbol americano, la
posición de catcher en el béisbol, etc. En la muestra de Filo, tanto
Juan Lecuona como Rogelio Polesello utilizan esta veta. Lecuona exhibe una
máscara protectora de soldador, que en el contexto de la muestra adquiere
un efecto bélico siniestro. Polesello presenta una pechera y una máscara
de esgrima que tienen un sentido similar al de la pieza de Lecuona, aunque
atenuadas por el color. La máscara de Oscar Serra que parece salida de la
última película de Tim Burton, combina componentes de observación científica
y de guerra, que la emparentan con las anteriores.
En el caso de la máscara
carnavalesca, hay un componente fuertemente social y político, como
quiebra de las inhibiciones vigentes. Esta vertiente también tuvo un uso
extendido en el teatro. Aquí parecen coincidir, desde distintas
perspectivas, tanto el antifaz ultradecorado de Carolina Antoniadis como
los papeles recortados y formas abstractizadas de Alfredo Prior.
La palabra
"personaje" se deriva de "per sonare", porque en el
teatro antiguo las máscaras tenían forma de bocina a la altura de la
boca, para que la voz se expandiera de manera más sonora. (La pieza de
Luis Wells, mencionada más abajo, también evoca este aspecto.) El uso de
la máscara teatral griega viene, a su vez, de usos religiosos. Con la
especialización, las máscaras teatrales se volvieron tan elaboradas que
revelaban inmediatamente características del personaje que la utilizaba:
edades, jerarquías, personalidades y ocupaciones. De este modo un mismo
actor podía interpretar varios personajes con sólo cambiarse la máscara
y el vestuario.
En la Edad Media se usó para
interpretar el género teatral de los misterios. A lo largo del
Renacimiento, las usaban los actores de la Comedia del Arte, para poner en
escena sus personajes básicos.
En el teatro No japonés
--entre otras formas del teatro oriental-- se ha desarrollado un riquísimo
lenguaje de máscaras: desde el siglo XIV, suma en su tradición más de
un centenar de máscaras distintas, clasificadas en diferentes categorías,
según los requerimientos dramáticos.
Los especialistas en el tema
cuentan que en el Islam las máscaras son imágenes prohibidas, aunque hay
un tipo de teatro/danza en Java --en donde el islamismo no es la religión
original, sino que fue producto de una conversión-- que constituye un
caso excepcional: en este tipo de teatro, los actores sostienen las máscaras
con la boca y cuando les toca pronunciar sus líneas se las sacan y las
sostienen frente a su cara. Durante
los siglos XVII al XX el teatro de máscaras se fue extinguiendo
lentamente en Occidente.
Algunos artistas asociados a la
Bauhaus se interesaron especialmente en el diseño de máscaras para
producciones teatrales, durante las décadas del 20 y del 30. El cubismo y
el surrealismo fueron devotos y deudores explícitos del Africanismo y de
las máscaras de Oceanía. En esta línea trabajaron sus piezas
presentadas en Filo, Roberto Elía y Luis Wells, con citas y guiños tanto
a las culturas antiguas como a las vanguardias históricas. Las piezas de
Fernando Fazzolari y Hernán Dompé también trabajan este sentido, aunque
mas lúdico. Esta derivación, en una vertiente constructiva, siguen las
obras de Felipe Pino y Jorge Pirozzi. Mientras que el grado de humor y
abstractización también se hace evidente en la obra que presenta el
escultor Ricardo Longhini. (En el Espacio Filo, San Martín 975, hasta el
12 de marzo.)
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