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MALERE DIJO QUE FUE REHEN POR UN ENGAÑO DEL SPB
Una jueza tirada a los leones

La jueza María Malere, rehén durante todo el motín de Sierra Chica, denunció que entró confiada al penal porque el Servicio Penitenciario no le advirtió de la gravedad de la situación.

La jueza María de las Mercedes Malere evitó dar detalles sobre cómo la trataron los presos, aunque contó que la golpearon.


Por Cristian Alarcón

t.gif (862 bytes) No sació el morbo tejido durante estos cuatro años alrededor de su figura de jueza y de única mujer cautiva de los apóstoles de la muerte. María de las Mercedes Malere fue judicialmente expeditiva, distante y casi soberbia en la forma de responder a fiscales y defensores. Se ahorró todo lujo de detalles y fue de una claridad sustancial cuando contó cómo se convirtió en rehén del peor motín de la historia: acusó a los jefes del Servicio Penitenciario Bonaerense de haberla engañado, ocultándole antes de entrar al penal –a negociar cara a cara con los presos– que estaban armados con una pistola con la que ya habían disparado a la cabeza del director de la cárcel. “Me dieron una versión distorsionada de los hechos. Me dijeron que estaba todo tranquilo”, aseguró. Entonces el fiscal Gustavo Echeverría preguntó: 
–¿Usted había adoptado antes del motín alguna medida disciplinaria contra personal penitenciario?
–En enero había clausurado el pabellón de aislamiento de Sierra Chica por las condiciones infrahumanas en que allí vivían los presos.
Ayer, cuando tuvo que referirse a su vida como rehén, Malere fue concisa. Contó que desde el segundo día de cautiverio fue aislada en una habitación con baño del sector de Sanidad, al lado del cuarto en el que estaba el resto de los rehenes. Reconoció como sus custodios a Jorge Pedraza –uno de los líderes del motín–, Lucio Bricka Puebla, Jaime Pérez Sosa y Oscar Olivera Sánchez. Pero dijo que no tenía elementos para afirmar que alguno de ellos tuviera el control de la toma. Para hacer memoria levantó los ojos hacia el cielorraso de la sala varias veces, juntó los labios otras tantas, pidió tiempo ante algunas preguntas, pero recordó poco. 
El defensor de los apóstoles, Juan Galarreta, le preguntó: “¿Cuál fue la actitud de ellos?”. “Respetuosa dentro del conjunto de la situación de violencia psíquica propia de los motines”, contestó. Galarreta quiso saber si sufrió agresiones físicas: “Una noche, (Miguel) Ruiz Dávalos me golpeó con el puño la cabeza y otros internos lo detuvieron”, dijo ella. Ruiz Dávalos, El Paraguayo, es un hombrecito que toma nota sin parar desde el comienzo del juicio y ayer se reía mientras declaraba Malere. Fue él quien la subió tomada de los pelos a la terraza del penal cuando amenazaron al SPB con tirar a los rehenes al vacío si no detenían las balas. Y fue él quien según varios testigos entró al cuarto de Malere a insultarla y quiso cortarla con una faca. Por lo demás, Malere sostuvo que “era una situación extrema” con “matices de un mayor nerviosismo”. 
La jueza que pasó los ocho días que van del 30 de marzo al 7 de abril de 1996 custodiada de cerca por algunos de los capos del motín y aislada de los otros 16 rehenes llegó ayer a Melchor Romero poco después de las 8, con una sonrisa leve y vestida con un traje azul de saco y pantalón. Como único lujo llevaba un collar de perlas. La acompañaba su amiga, la jueza Miryam Dalton de Yaltone, integrante del Tribunal Oral de Dolores que juzgó el crimen de José Luis Cabezas, conocida como “la dama de hierro”. Malere era hace cuatro años la titular del Juzgado en lo Criminal Nº 1 de Azul. Hoy integra un tribunal oral en esa ciudad. En el ‘96 ya era conocida entre los presos de una zona delincuencial por excelencia por ser una de las pocas magistradas que respondía a los pedidos de audiencia casi inmediatamente. “Tenía la particularidad de que recorría las unidades, entraba en los pabellones, pedía que le abrieran las celdas y conversaba cara a cara con ellos. Ir a su encuentro no fue una actitud temeraria”, dijo ayer su secretario de entonces, Héctor Torrens. 
Así quizás resulte más fácil comprender ese comienzo erróneo del motín en el que luego se quebraron todos los códigos del hampa, incluso el que jamás había sido roto en la historia de los motines: tomar de rehén a un magistrado. Ese hecho inaugural no comenzó azarosamente. Cuando la jueza llegó al penal, cerca de las 18, le informaron que los presos Marcelo Brandán Juárez, Jorge Pedraza y Víctor Esquivel habían intentado fugarse escalando el muro, que la guardia armada había disparado y que podía haber un interno herido. La jueza contó que nunca le dijeron que en realidad fueron “los internos los que repelieron con un arma los disparos de la guardia y que incluso (el director del penal Gustavo) Palacios tuvo que salir (corriendo de la cárcel)” cuando Brandán le tiró a la cabeza. 
Así fue que, alrededor de las 19, la jueza, Torrens y el jefe Palacios se entrevistaron con los capos y acordaron la entrega de un petitorio. Al regresar a la guardia, Malere se encontró con que había llegado el director de seguridad del SPB, César Caruso, quien “tácitamente aceptó la distorsionada versión de los hechos”, dijo ayer en su testimonio. Para colmo, la jueza recibió un informe del subdirector del penal, Ricardo Vieyra, que regresaba de una recorrida por la cárcel. “Manifestó que la situación estaba muy tranquila, que los rehenes estaban bien y que ya habían redactado el petitorio”, contó Malere. Torrens dijo también que Vieyra les aseguró que había hablado con un “líder del motín, quien le había dado la palabra de que íbamos a poder salir”. Ayer declaró también el director del SPB, Esteban Massante, un hombre con el porte y la cara de un carcelero de película. Negó conocer cualquier irregularidad de sus hombres.
Así fue que, a las 21.50, la jueza, el secretario, Palacios, Vieyra y Caruso entraron nuevamente al patio. Caminaron todos unos metros hasta la primera farola por un pasillo central. Los penitenciarios se quedaron allí. Avanzaron al encuentro de los presos sólo Malere y Torrens. Apenas llegaron, bajo la segunda farola de Sierra Chica, Brandán la tomó del brazo y le puso la 11.25 en el tórax. “Vamos para adentro”, le dijo. Torrens tuvo la instintiva reacción de retroceder y levantar las manos. Entonces Brandán le apuntó a la cabeza: “Quieto”, susurró. Desaparecieron en la oscuridad de la cárcel. La masacre estaba por empezar.

 


 

RELATO DEL PRESO QUE LOGRO ESCAPAR DE LOS APOSTOLES
“Vi los cadáveres apilados”

Por C. A.

Recién había comenzado el motín y en Sierra Chica la radio pasillo ya sabía que a Agapito Lencinas y a sus hombres les esperaban días difíciles: estaban condenados a muerte por la banda de Marcelo Brandán Juárez. 
–Cuidate, hacé algo porque te van a matar –le dijo a Lencinas el preso Omar Luján Ibarra el mismo día que comenzó la revuelta. 
–Qué va a hacer –le contestó Agapito, famoso por su destreza con la faca–. Si hay que pelearnos nos vamos a pelear. 
–Pero ellos tienen un arma de fuego, y eso al lado de una faca es nada –le dijo Luján, a sabiendas, como el penal entero, de que hacía meses que “la abogada de La Garza (Sosa, miembro de la banda del Gordo Valor) había entrado una pistola 11.25”. 
–Tenemos sangre –fue toda la respuesta del temerario Agapito. 
Luján Ibarra es el segundo hombre en romper el pacto de silencio bajo la protección especial que les garantiza la Procuración de la Corte Bonaerense a los detenidos que se atrevan a contar lo que vieron durante el motín. La mayoría siguen detenidos, o por lo largo de sus condenas, por lo lento de la Justicia, o por sus infinitas reincidencias. En este caso se trata de uno de los presos que consiguió escapar de Sierra Chica el día de la cacería de enemigos de los capos del motín, el lunes 1º de abril. Ayer contó cómo un tal Patán Ramírez lo buscó en la celda donde se había refugiado revolviendo las camas con una faca. “Me meto debajo, atrás de unas cajas y no me encontró”. Encapuchado y simulando que cargaba una de las benditas cajas sobre un hombro caminó hacia la salida y en el camino reclutó a otros dos condenados. Llegaron a la puerta sin aliento y temblando. Los guardias los dejaron pasar. 
Luján Ibarra conocía al Gapo, una especie de buchón de los buchones, desde que, cuando tenía 21 años, en 1983, éste le dio el brazo en el mismo penal que los encontraría juntos otra vez en marzo de 1996. Por eso fue el pájaro de mal agüero de la banda. Corto y de rulos a lo mohicano, el preso contó ayer que el lunes se despertó con los tiros del caos. Dijo que al levantarse pudo ver entre el pabellón 8 y 9 los cuerpos apilados sin vida del Gordo Víctor Gaitán Coronel, el Indio Daniel Niz Escobar, el Viejo Rolo Mario Barionuevo Vega y Esteban Polieschuk Palomo, conocido como Nippur. También fue de los que vio correr a Agapito Lencinas y caerse por las balas disparadas por Víctor Esquivel. Ayer dijo que Gaitán, Nippur y el viejo Rolo murieron en el pabellón 8, sorprendidos cuando todavía dormían. Nippur intentó treparse a una ventana, pero le dispararon y una vez apresado fue prendido fuego. El caso de Niz sería distinto: “Se pelea con un amigo de Brandán por algo que queda mal decir pero lo voy a decir... por un homosexual. Como lo hirió, al tipo se lo llevaron a Sanidad. A raíz de eso Brandán se cobró la deuda”.

 

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