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Un preso denuncia los arreglos con los penitenciarios
“Para ellos, vos afuera sos guita”

Luis Alberto Santillán está preso en el penal de Sierra Chica, como lo estuvo Raineri, el ladrón que tomó rehenes y murió el jueves. En una entrevista con Página/12 denuncia que se arreglan salidas con el Servicio Penitenciario para robar. Y que hay ejecuciones de presos que aparecen “suicidados”.


Por Alejandra Dandan

t.gif (862 bytes) Luis Alberto Santillán Ocampo. Penal de máxima seguridad, unidad dos de Sierra Chica. Son las 9.15, horario de visita. El Pelado Santillán cruza la reja que poco más tarde llamará “del infierno”. A medida que el encuentro transcurra, la expresión dejará de parecerse a una metáfora. En la entrevista con Página/12, Santillán denuncia un engranaje aceitado por prebendas, bajo el cual se movió, entre otros, Salvador Antonio Raineri Gaitán, el ex convicto muerto el pasado jueves en La Paternal después del raíd con toma de rehenes. “Los milicos saben –dice Santillán–: vos afuera sos guita. Te largan y trabajás para ellos. Eso sí, les tenés que cumplir.” Sobre Santillán pesa una condena de diez años y otra causa aún sin sentencia, por la que lleva seis años de prisión. Otro preso, que prefiere no revelar su identidad, acompaña su relato. Sus testimonios denuncian extorsiones, corrupción y un sistema represivo que –dicen– incluye ejecuciones.
En el ingreso al penal, un guardiacárcel ordena la entrada de familiares: no más de veinte personas esperan ingresar a una prisión que alberga a unos 1500 presos. En la espera, charlan de los dos muertos del jueves pasado y de la toma de rehenes. “Nadie habla del tercero, que se fugó”, arriesga una mujer. Los dos ex convictos muertos –Raineri y Diego Martín Lucero Arce–, durante la mañana serán conversación en cada mesa de interno; sus historias y el final se revisarán como se hace con los buenos chimentos en cualquier barrio. Y es que Raineri fue parte de Sierra Chica hasta enero. Lucero era hijo de Juan Lucero, preso de Sierra hasta hace dos años y ahora libre. 
No hacen falta preguntas. 
Santillán: –Raineri salió el 25 de enero de este año. La condena se la dieron en agosto del ‘97. Acá estaba desde hacía dos años y medio. Estuvo en el pabellón uno. Desde que salió venía haciendo cagadas, por la droga. La posibilidad de salir se la había conseguido una persona del Servicio Penitenciario. 
–¿Quién consigue las salidas?
–Los que trabajan para el jefe. Porque vos afuera sos guita. Ellos saben que la movés. En menos de un minuto, yo podría llevarme de un banco mucha plata. Imaginate para estos tipos: te sacan, te hacen laburar y vos les reportás grabadores, televisores. Plata. Raineri no volvió porque si lo hacía iba al “buzón”.
La entrevista se hace en el comedor de visitas. Hay una reja que cierra el paso hacia el patio. Allí otros presos reciben a familiares. Y está el “buzón”. En una recorrida rápida, Santillán lo señala: es un paredón interno, con las celdas de castigo. 
–En el buzón vos entrás y no se ve nada, te pasan un plato de comida por abajo de la puerta, te meten somníferos. Después abren la puerta, te atan con una soga o una manga de camisa. Y resulta que dicen que te ahorcaste.
–¿No hay pericias?
–Las hacen ellos. Acá nosotros calculamos dos o tres muertes al año desde el ‘83. Acá hay enterrados entre doce y catorce cadáveres. Nadie lo sabe, pero están acá. 
Al lado, M. S., otro interno, dice:
–Hay muertos en el cementerio de Hinojo. De una u otra forma caen al cajón de manzanas, como les decimos nosotros. Los presos no tienen lápidas. Los cierran y los entierran sin autopsia. Pero desde hace un poco más de un año, la onda cambió: no los ahorcan, les prenden fuego o los matan a puñaladas. 
–¿Alguno de los que haya muerto así?
–Navarrete Lucero, Hugo Daniel. Le pusieron la figura de comparendo que es como un traslado, como si hubiera muerto en el traslado. Eso fue el 19 de febrero del ‘99, pero lo mataron acá.
Santillán agrega detalles sobre las salidas:
–Existen dos libros de firmas. Uno es el reglamentario, pero hay otro aparte. Después de un permiso de salida arreglado no se vuelve. Si el interno se va y tiene que reintegrarse el lunes pero vuelve el viernes, en el cuaderno firma por toda la semana.
–¿Qué pasa si lo pescan cometiendo un delito?
–Están cubiertos, el penal los cubre. Dicen: “No puede ser tal porque ese día estaba detenido y figuraba acá”. 
–¿Pero cuando los detienen o mueren, como en el caso de Raineri?
S: –Lo dan como prófugo.
M: –Raineri había estado en Olmos y Bahía Blanca y desde hacía dos años estaba en Sierra Chica. Acá estaba mal conceptuado y el juez le denegó la transitoria. Pero él tenía intereses creados con el Servicio Penitenciario. A Raineri le debían “favores” desde Bahía Blanca y Olmos. 
–¿Qué significa eso?
–Que robaba para ellos. Por eso presionó para que le dieran una mano con la transitoria. Y la Cámara decidió sacarlo. La transitoria sirve para lograr 48 o 72 horas de permiso. Normalmente, después de una transitoria así, derivan a los internos a una comisaría. Desde ahí los sueltan. Tienen regímenes abiertos. Pero Raineri volvía acá: acá vuelven algunos. Hay un galpón con seis o siete tipos que no son presos VIP, pero están ahí, salen a robar para el Servicio. No tienen contacto con la población carcelaria. Raineri estaba ahí.
–¿Pero volvía o no? 
–No volvía desde que la policía lo buscaba por robo en González Catán, donde paraba. Desde el Servicio le avisaron que no se presentara porque le iban a sacar la transitoria. 
El penal de Sierra Chica tiene nuevas autoridades desde hace siete días. Uno de los oficiales recién llegados atraviesa el comedor de visitas. Los detenidos aún no los conocen. Dicen que de los antiguos quedaron dos grupos: los “corruptos y los represores” y esperan para ver cuál de los sectores terminará imponiéndose. 
S: –Acá, la pena de muerte existe. Pero ni siquiera es pena de muerte, porque no hay juicio. Se hacen ejecuciones. Los presos que trabajan para los milicos se meten con uno que entró recién y lo empiezan a provocar. Si el otro intenta hacer algo, lo cortan. Con eso consiguen grabadores o cualquier cosa para los del Penal a cambio de la droga. Un penitenciario le dice a un interno: “A este tipo tenés que limpiarlo”. Así como me oís, no hacía falta nada más. A cambio da ropa, una pareja gay. No existen investigaciones. 
El Pelado Santillán pidió un hábeas corpus a su juez de Garantía, Antonio Cayetano Saladino, para protegerse por las declaraciones a este diario. Entre sus denuncias, Santillán señala la perversión de un sistema que se encarga de reproducir conductas delictivas. “Estate segura –dice– que si entrás por robar una bicicleta, salís y robas una fábrica”. Y termina:
–Ahora entendés por qué a la cárcel le dicen “tumba”.

 


 

LOS RECLUSOS HABLAN DE LAS TOMAS DE REHENES 
“Antes que preso, muerto”

Por A.D.

Miguel S. aclara a la periodista: “Entre vos y un juez a vos te cambio, no te ofendas, pero para garantizar mi vida no me servís”. Es un preso de Sierra Chica. Su tiempo de condena, dice, son tres vidas. “Violé, maté, asesiné, torturé –va lanzando despacio–: hice todo lo que aprendí desde los 15 años, cuando me encerraron por primera vez.” En sus delitos utilizó rehenes. También los usó Luis Alberto Santillán Ocampos. En la entrevista con Página/12, ambos precisan el mecanismo de toma de rehenes que entienden como único modo de protección. Desgranan tiempos, tácticas y métodos. Describen ese momento como definitivo, porque un error no sólo puede matarlos: “Lo peor que te puede pasar –dice Santillán– es caer con los milicos: te meten picana y te torturan para sacarte información”. 
En el penal, Miguel S. cruza saludos con internos y también con guardiacárceles. Se acerca al Pelado Santillán y dispara: “En la toma de rehenes, la experiencia te va a garantizar vida y escape”. Santillán continúa con esa definición: “Vos tomás rehenes cuando quedás cercado, cuando no podés salir. Es la única forma de protegerte la vida, porque el rehén es tu vida”. Santillán está en prisión por dos causas. La que lleva sin condena se inició con un asalto comando a un banco de San Martín y terminó en la casa una mujer llamada Candela. En la huida, rompió una ventana, entró en la casa, se abrazó a la mujer y a sus dos hijas con una granada. 
Miguel S.: –En un banco cuando tenés rehenes y doscientos francotiradores apuntándote, vos te querés ir. Hay que tener claro que desde que salta la bronca tenés que hacerlo todo en dos horas. Yo no puedo darle tiempo a la policía, a los psicólogos, para que me distraigan, me desgasten, me rastreen. Los francotiradores me tienen calado y me vuelan la cabeza en cualquier momento. Yo tengo que pensar cómo eliminarlos. ¿Qué hago? Uso una granada: antes que preso, muerto. Agarro un rehén calificado, saco la chaveta de la granada y la mantengo conmigo. Si cuando salgo con un rehén un tipo me apunta, no le digo –como hizo Raineri–: “para atrás”. Le tengo que tirar, a mí no me van a tirar porque, si me matan, explota, porque tengo la espoleta afuera”.
La fórmula se esgrime con claridad. Ambos dicen que los rehenes no se eligen, pero que entre los que hay a disposición se toman quienes tendrán más legitimidad social. En un motín de presos, la opción son los “vigilantes, los que están a tu alcance, para que no te repriman”, dicen. Existen prevenciones sobre quiénes no tomar: “Nunca un suboficial. Si lo agarro, sus compañeros van a querer rescatarlo, si lo hiero tengo la muerte asegurada”. La jerarquía del rehén, si pertenece a las fuerzas de seguridad, será de allí para arriba. Santillán tuvo dos veces a un comisario como rehén. Una fue en la casa de Candela: el comisario Miguenz entró en la casa y se ofreció. El Pelado Santillán desde lejos esperó que se sacara el cinto, le ordenó que se levantara la camisa y las botamangas de los pantalones. “Ahí guardan los perros”, dice Santillán sobre las armas que “después que te matan, te ponen a vos”. Ha tomado rehenes en el penal de Devoto: “Fue el 19 de abril del ‘90, durante ocho horas y media tomé a cuatro jueces en el celular tres. Para que vieran cómo se vivía en una cárcel”.
Durante las negociaciones, hizo tres pedidos claves: juez, líquido y comida. Y médico forense. 
Santillán: –El líquido y la comida es por la policía. La bebida se pide para evitar la picana, si tomo no me picanean porque me muero. Con la comida, si te ponen la bolsa para el submarino, te ahogás con los vómitos. El juez tiene facultades de alcaldía: lo peor que te puede pasar es caer en la comisaría y peor con la brigada, porque te torturan para sacarte los datos de los prófugos y de las armas. 
–El médico forense ¿se pide habitualmente? 
–Yo lo pido, para demostrar que me estoy entregando. Para que lo certifique.


opinion
Por Raúl Kollmann

Parece hora de que alguien investigue en serio lo que pasa dentro de las cárceles. 
El Pelado Santillán (ver nota central) hace un relato escalofriante, casi inédito, pero al mismo tiempo pone sobre el tapete las increíbles irregularidades que viene señalando este diario desde hace muchos meses. El juicio a los Doce Apóstoles sugiere que efectivos del propio Servicio Penitenciario juntaron a distintas bandas enemigas en Sierra Chica y que era obvio que se iban a matar. La confrontación terminó con ocho presos asesinados, casos de canibalismo e internos jugando al futbol con la cabeza de otro preso.
El caso de Salvador Raineri demuestra otra vez que existen detenidos que salen irregularmente de los penales para robar. No faltan los internos que aseguran que los guardiacárceles los proveen de las armas y en algunos casos hasta les indican cuál podría ser el objetivo del robo.
La compra de certificados de buena conducta ya fue denunciada hace ocho meses por Página/12. El certificado es imprescindible porque apenas el diez por ciento de los internos tienen buena conducta. Los carceleros se ocupan de incluir en la historia penitenciaria cualquier conflicto, las polémicas y la feroz vida del preso, sometido a un régimen inhumano. De inmediato, entonces, se hace imprescindible pagar para conseguir la conducta, como llaman al certificado dentro del penal. Y ese papel es decisivo no sólo para salir, sino también para recibir a la esposa y mantener relaciones íntimas. La tarifa varía entre 300 y mil pesos o a veces convierte al preso en esclavo para salir a robar. 
Otros presos le confirmaron a este diario la historia que cuenta Santillán: hay homicidios que son más que sospechosos y que se los presenta como suicidios. El preso Alejandro Noguera apareció ahorcado en su celda de Caseros, justito cuando corría el rumor de que iba a contar ante la Justicia las salidas a robar. Lo habían pescado a él y a otros dos cómplices cuando asaltaron el restaurante Dolly y mataron a un policía. 
Raineri también había salido a robar. En la primera oportunidad volvió porque no lo pescaron, pero según cuenta Santillán, la última vez lo detectaron y la policía lo andaba buscando. Por eso le avisaron y no volvió al penal. Todo se blanqueó dándolo por fugado.
“Si vos en una noche hacés (robás) mil, tenés que darles 700. Te quedás con 300 y bastantes privilegios en el trato. Así es la vida ahí adentro”, le dijo a este diario otro interno de la misma cárcel.
Son demasiados datos, demasiados indicios, demasiados muertos.


La insólita historia de las facas en el penal

Daniel Ocanto, un acusado por el motín de Sierra Chica, denunció ayer que el Servicio Penitenciario le entregó dos facas para matar a otro interno. El penal lo niega, pero nadie puede explicar cómo aparecieron las facas en la cárcel de máxima seguridad.

Ocanto Ramírez en la “jaula” que ocupan los acusados de Sierra Chica.
Ayer mismo fue trasladado a una dependencia federal.

Por Cristian Alarcón 

Uno de los presos acusados por el motín de Sierra Chica, el arrepentido que aún no ha declarado, Daniel Ocanto Ramírez, fue trasladado ayer a una dependencia del Servicio Penitenciario Federal, lejos del Servicio Penitenciario Bonaerense. Así lo determinó ayer el tribunal del juicio después de un pedido del defensor oficial Carlos Kolb, quien aseguró que “un guardiacárcel le entregó (a Ocanto) dos facas para que matara a uno de los cabecillas de los apóstoles”, nada menos que dentro del penal de máxima seguridad de Melchor Romero, un panóptico automatizado al que se considera el non plus ultra de la seguridad penitenciaria. La pelea, esquivada por Ocanto, habría sido una trampa destinada a eliminar al hombre que se quebraría en breve contando “desde adentro” del grupo amotinado, lo que ocurrió tras los muros del penal en marzo del ‘96. Ayer, durante una jornada complicada para el SPB, el director de la U29, Carlos Scheffer, desacreditó al preso por su mala conducta y con un argumento bien carcelario: dijo que sospecha de su conducta justamente por “haber pertenecido a un grupo y decir que está dispuesto a mencionarlo”, o sea por su arrepentimiento. 
Más allá de las ollas, los carritos, los hornos y las capuchas, la faca es el objeto que bate records por la cantidad de veces que ha sido mencionado por los testigos de la masacre de Sierra Chica y resulta a estas alturas todo un símbolo de los amotinados. Ni cuchillo, ni puñal, la faca es un arma blanca hecha con la pata de una cama, el borde de un pasaplato, algún tenedor penitenciario. Para tenerla alcanza, dicen, con maña y el abundante tiempo del encierro. Así lo explicó ayer Scheffer, quien dio clases sobre las mil y una formas de hacerse una. Es cierto que en cualquier cárcel bonaerense casi no hay preso que no tenga la propia, sobre todo porque la faca resulta un elemento para la supervivencia en la selva interna. Sólo después del motín de Sierra Chica se secuestraron más de doscientas. Y, si hoy se hiciera una requisa en toda la provincia, es posible que se juntara más metal que lo aportado en aquellas viejas colectas por Malvinas. Pero esa ley no corre –o no debería correr– para la única cárcel de máxima seguridad de la provincia.
La historia de las dos facas en realidad se conoció este lunes, cuando después de que terminó la audiencia oral del juicio, pasadas las 19, el fiscal adjunto de la Unidad Funcional de Investigaciones 3, Carlos Alpino Vercellone, requisó la celda de Ocanto Ramírez, la única ocupada de todo el pabellón 2 de la U29. Allí, en el último de una hilera de 20 calabozos de cemento armado, vivió desde el 21 de febrero, el “loco” Ocanto, aislado del resto de los internos. Ocanto había enviado al tribunal una carta en la que se declaraba una “víctima” de los hechos de Sierra Chica, ya que habría sido obligado a oficiar de custodia de los rehenes del motín. Excepto por el testimonio de un guardia que lo vio “agitando” a los presos al comienzo de la toma y rompiendo el candado de un pabellón, los rehenes reconocieron que fueron bien tratados por Ocanto mientras permanecieron encerrados en el sector de Sanidad de Sierra Chica. 
“Como está aislado del resto y es un preso que no tiene visita porque es un paria bárbaro, lo único que quería era ser traslado –le dijo a Página/12 una fuente del SPB–. Hay dos caminos para salir de este penal: uno es el ordinario, la buena conducta, y el otro es combatiendo, presentando hábeas corpus, tirando contra el Servicio. Esto es así, el interno hace su juego”. La hipótesis penitenciaria sería entonces que la presencia de las facas en la celda se debió solamente a la necesidad de Ocanto de irse a un lugar con más amigos que la U29. “A estos detenidos no se les puede creer todo –dijo Scheffer–. Sospecho de su conducta por haber pertenecido a un grupo y decir que está dispuesto a mencionarlo”.
Aun así Scheffer debió ayer explicar la presencia de las facas en un penal con tales medidas de seguridad que cada día, para que el preso se afeite, un guardia le entrega una descartable y un espejo y supervisa decomienzo a fin la operación. Según Scheffer, las facas pudieron entrar en una requisa que no fue bien hecha, o haber sido pasadas a Ocanto por otro interno a través de una pequeña ventana que da de su celda al patio de recreo. Ayer los penitenciarios comenzaban a buscar en las imágenes grabadas por una cámara que filma el patio de la cárcel una prueba para esa hipótesis. Porque, casualmente, la cámara que filma las 24 horas el interior del pabellón 2 fue rota por los internos hace ya un tiempo.

 

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