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DETUVIERON AL INDIO CASTILLO, ACUSADO DE UN ATENTADO CONTRA UN INTENDENTE CORRENTINO
El buen amigo de Rico necesita un buen abogado

Rico en la rebelión carapintada de 1991, en la cual participó El Indio Castillo.

La foja de servicios de Castillo es amplia: intervino en la rebelión carapintada del ‘91, fue socio del ministro en el negocio de las naftas truchas, se sospecha su participación en el atentado a la AMIA. Lo acusan de haber intentado matar al intendente de Monte Caseros, quien lo denunció por organizar desde esa ciudad, y con otros miembros del Modin, el contrabando de armas, drogas y combustibles a Paraguay.


Por Laura Vales
y Raúl Kollmann

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Carlos “El Indio” Castillo está preso. Quien fuera el hombre de confianza de Aldo Rico, matón del sindicato marítimo e integrante de los grupos de tareas de la dictadura fue descubierto en la ciudad de Paraná, donde se movía con un nombre falso, en una camioneta robada, con patentes igualmente truchas del Congreso nacional y la Legislatura bonaerense. Castillo era un prófugo de la Justicia desde noviembre, acusado de haber intentado asesinar al intendente de la localidad correntina de Monte Caseros Eduardo Galantini. Antes de sufrir el atentado, el jefe comunal había denunciado que El Indio y otros dirigentes y matones ligados al Modin de Rico pretendían instalarse Monte Caseros “para traficar armas, drogas y combustibles al Paraguay”. Además, una investigación de Página/12 reveló que El Indio figura como sospechoso en dos asesinatos sórdidos: uno, el del dirigente gremial marítimo Alberto Rodríguez y el otro, el de Karina Yerbal, mujer íntimamente vinculada al principal dirigente del sindicato, Omar “El Caballo” Suárez.

El Indio fue un pichón de Rico desde Semana Santa. Lo acompañó en las rebeliones carapintadas y en 1991 lo agarraron con un arsenal, a dos cuadras de la quinta presidencial de Olivos. Las armas –se dice– eran en verdad del Modin. Castillo fue a la cárcel tres años y cuando salió lo ubicaron en un cómodo despacho del Congreso nacional, con el título de interventor del Modin en Río Negro. Según el mismo sostiene, fue la persona que recibió el dinero con el que Eduardo Duhalde le pagó a Rico sus votos para conseguir la reforma de la Constitución bonaerense y la reelección. Era, por entonces, casi uno de los hombres más fieles del jefe carapintada. Además, el propio Castillo también participó de los más que dudosos negocios de Rico en materia de petróleo. La ruptura se produjo hace unos dos años, después de que El Ñato asumiera como intendente de San Miguel. Según Castillo, Rico traicionó la causa haciéndose completamente duhaldista. “No tiene principios”, evalúa El Indio, obviamente toda una autoridad para opinar sobre cuestiones como los principios y la moral. Algunos sostienen que Rico dejó varado a Castillo en el negocio de las naftas y, además, quiso distanciarse porque El Indio y otro de sus hombres, el ex diputado Emilio Morello, aparecieron involucrados en la causa AMIA a raíz de que habrían integrado una banda de carapintadas que robaban armas y explosivos de Campo de Mayo y hay sospechas de que las suministraron para el atentado.
En Paraná se preguntan qué hacía allí Castillo, sobre todo porque la policía descubrió que tenía en su poder sofisticados equipos de fotografía e instrumentos para diseñar planos. Por ahora, se sabe que el antiguo escudero de Rico andaba merodeando por la zona desde fines del año pasado y que, a pesar de tener un pedido de captura nacional e internacional, el prófugo había alquilado una casa a un ex alto jefe policial.

No fue en esa casa, sin embargo, donde lo encontraron. Al parecer, El Indio prefería dormir en hoteles; en el último mes había cambiado dos veces de hospedaje y se presentaba como el “ingeniero Peveroda”. Otras veces dijo llamarse Del Castillo –modificando apenas su apellido real–, “de ocupación comerciante”. Cuando lo detuvieron llevaba encima una pistola 9 milímetros, marca Lugger –considerada arma de guerra–, con balas de mercurio conocidas como Dumdum, de uso prohibido, otra pistola 38, dos granadas y dos juegos de esposas. Contaba también con una credencial de apoderado del Modin y otra que lo identificaba como agente de la SIDE. Ante la policía declaró que estaba trabajando para el jefe de la delegación Paraná de la SIDE, Jorge Cañiza, de quien dio dirección y teléfono.

Ya en diciembre algunos viejos dirigentes del Modin lo habían reconocido por las calles de Paraná y el rumor de su presencia en la ciudad corrió de boca en boca. Tampoco fue por eso que lo detectaron. En realidad ocurriócasi por casualidad, se diría que por un error de principiante o quizá nada más que porque Castillo lleva encima la costumbre de la impunidad: El Indio se fue de un hotel sin pagar la cuenta. Desapareció una madrugada, después de tirar su equipaje hacia un baldío desde la ventana de su habitación, como un vulgar ladronzuelo, y atravesar la puerta de salida con un hasta luego que sonó igual al de todas las noches de los quince días anteriores.

Cuando en el hotel San Jorge se desayunaron del engaño hicieron la denuncia correspondiente y dieron a la policía los datos de la camioneta 4 x 4 en la que Castillo se movilizaba. Los uniformados lo buscaron sin tener la menor idea de que el comerciante Del Castillo, estafador de hoteleros, era en realidad el prófugo Carlos Ernesto Castillo, “con pedidos de captura por tentativa de homicidio en Corrientes y causas en los juzgados de La Plata por los supuestos delitos de asociación ilícita y abuso de arma, robo, falsificación de documento, intento de hurto y tenencia de armas de guerra”, enumeró después el parte de prensa policial. Lo pescaron a bordo de la misma camioneta Toyota blanca que usó en el intento de asesinato del intendente Eduardo Galantini. La diputada bonaerense Graciela Podestá viajó a Paraná apenas se enteró de la detención y llevó documentación a la Justicia para completar el perfil del capturado. Castillo está ahora en manos de dos jueces: el federal de Paraná Aníbal Ríos y su par de Corrientes Elena Cristaldo, quien investiga el caso de Monte Caseros.

La historia de Corrientes está lejos del esclarecimiento y tiene muchas aristas pendientes de explicación. Todo empezó cuando Galantini se opuso a la operación de compra de un inmenso terreno recostado sobre el río Paraná y acusó a Castillo y a otros dirigentes ligados al Modin de querer instalar en Monte Caseros una base de operaciones para el tráfico de armas, drogas y combustible al Paraguay.

Detrás de la compra de ese predio, junto a Castillo, andaba Omar “El Caballo” Suárez, un dirigente del gremio marítimo que también tiene su biografía. Suárez consiguió convertirse en secretario general del sindicato tras la toma de su sede, ocurrida en 1989, en la que los matones entraron armados al grito de “El SOMU es de Rico y Seineldín” y “Con Rico no se juega”. El Caballo era chofer del anterior secretario general y desde aquella toma no hay elecciones limpias en el sindicato.

Los socios llegaron a concretar la adquisición del predio a través de una testaferro de nombre Irma Pena –hermana de la pareja del Caballo– , por una cifra ridículamente baja: 60 mil pesos. Tras la firma del boleto, El Indio llegó a Monte Caseros para hacer la toma de posesión. Se presentó como Capitán Solís, el mismo alias que usó cuando fue represor de la dictadura y participó del secuestro de adolescentes en la llamada Noche de los Lápices.

Lo que siguió fue una feroz pelea legal entre la intendencia y el grupo de sindicalistas y carapintadas. Hasta que Galantini recibió un extraño llamado.

–Quieren matarlo –le dijo una voz de mujer por teléfono.

–¿Quién habla?

–Me llamo Verónica Sánchez, pero quiero dinero a cambio de la información. Lo llamo desde Buenos Aires.

El intendente no necesitó más explicaciones para entender de qué se trataba. Fingiendo querer comprarle la información sobre el plan para matarlo, arregló con ella una cita en las afueras de la ciudad y avisó a la policía, que montó un operativo con varios efectivos de civil para protegerlo.
La noche del encuentro nadie bajó del micro que venía de Buenos Aires. Pero no bien se fue el autobús, apareció una cuatro por cuatro de la que bajó un hombre. Los policías reaccionaron rápido y lograron detenerlo,pero el conductor de la camioneta Toyota blanca, al verse cercado, aceleró y se abrió paso entre los efectivos. Quien logró escapar no era otro que El Indio.
Su compañero llevaba una pistola 9 milímetros. Fue identificado como Alberto Gelvez y reconoció que había sido contratado por el discípulo de Rico, pero obviamente se defendió diciendo que su trabajo no era matar a Galantini sino hacerle de chofer a Castillo.

El predio de Monte Caseros está ligado a su vez a otros homicidios. En la localidad bonaerense de Florida fue asesinado de cinco tiros en la espalda Alberto Rodríguez, alias Capitán Colores, otro matón con historia durante la dictadura, que pasó también por el Modin y estuvo ligado a los carapintadas. En la casa de Rodríguez se encontró trotyl, nueve armas largas, cuatro ametralladoras ultramodernas y un devastador fusil Kalashnikov AK-47. Cuatro días antes de ser asesinado, Rodríguez se había opuesto en un congreso del SOMU a la compra del terreno y denunció que se trataba de una operación para realizar negocios oscuros. Castillo siempre apareció como posible sospechoso del crimen.

En la causa judicial se menciona todavía una muerte más: la de la joven Karina Yerbal, una empleada de confianza del Caballo Suárez que solía acompañarlo a Monte Caseros y con la que tuvo un hijo de nombre Agustín. También a ella la mataron por la espalda, con varios disparos de calibre 22.

El principal sospechoso de esta cadena de muertes y atentados podría ser trasladado a Monte Caseros en los próximos días. Allí encontrará una curiosa vuelta de tuerca en el caso que lo involucra: curiosamente Galantini retiró sus acusaciones –reproducidas incluso por diarios locales como El Libertador, el 3 de julio de 1998, página 15, y en El Litoral, tres días después, en la página 7– sobre el supuesto plan del grupo de sindicalistas y carapintadas para traficar armas, combustible y drogas. El intendente ahora dice que nunca dijo lo que dijo.

Los investigadores de Paraná allanaron una de las viviendas que había usado Castillo en sus días de prófugo y requisaron su 4 x 4. Le encontraron un arma calibre 38 y balas con la punta limada, equipos profesionales de fotografía, un potente teleobjetivo, instrumentos para hacer planos, credenciales del Modin y una chapa patente del Congreso de la Nación. Fuentes con acceso a la pesquisa dijeron que el discípulo de Rico tenía también consigo una agenda con nombres de ex funcionarios del Ministerio del Interior, pero la información no fue confirmada ni desmentida oficialmente por la policía.

Informe: Laura Sottile

 

Claves

Castillo fue miembro de la CNU e intervino en la Masacre de Ezeiza. Fue soldado de la banda de Gordon. Participó del operativo de la Noche de los Lápices.
En el ‘91 lo detuvieron cuando allanaron su casa de Olivos y encontraron un arsenal. Las armas eran de los carapintadas de Rico.
Tiene causas por robo, hurto, abuso de armas, lesiones leves y calificadas y asociación ilícita.
El intendente de Monte Caseros lo acusó de integrar una banda de contrabandistas con otros miembros del Modin.
Poco después hubo atentado contra el intendente.


LA MANO DE OBRA ESTUVO SIEMPRE MUY OCUPADA
Currículum de un buen muchacho

El acusado por el intento de asesinato del intendente de Monte Caseros acumula un extenso prontuario:

En la década del setenta integró la ultraderechista Concentración Nacionalista Universitaria (CNU) y participó activamente de la Masacre de Ezeiza.

Fue acusado por Lilian Rodríguez, viuda de Eduardo Fromigué, de haber integrado la banda de Aníbal Gordon que en 1975 asesinó a su esposo y a otras dos personas, Juan Carlos Acosta y Graciela Chej Muse, en Florencio Varela.

Según Pablo Díaz, el único sobreviviente de la Noche de los Lápices, Castillo fue el jefe del grupo que en 1977 secuestró a los estudiantes secundarios.

Ex detenidos desaparecidos lo identificaron también como uno de los secuestrados y torturadores del Pozo de Banfield, un centro clandestino de detención.

En el ‘82 fue acusado de robo y un juzgado de La Plata dictó su prisión preventiva.

Dos años más tarde lo detuvieron por intentar secuestrar a un industrial en ciudad de La Plata. El Indio tenía en su poder una credencial como asesor del bloque de diputados peronistas.

En el ‘88 el por entonces juez federal Alberto Piotti lo vinculó con la célula carapintada del teniente coronel Arturo González Naya y pidió su captura.

En agosto de 1991 estuvo preso por un arsenal que encontraron tras allanar una casa ubicada a dos cuadras de la residencia presidencial de Olivos. Además de fusiles FAL, había cartuchos de dinamita, un cohete autopropulsor, granadas y equipos de comunicaciones; la investigación detectó que se trataba de armas de los carapintadas de Aldo Rico. Castillo se movía por entonces con una credencial que lo identificaba como Enrique Solís, mayor del Ejército Argentino.

En otras causas penales se lo investigó por variados delitos: hurto, robo, asociación ilícita, lesiones leves, lesiones calificadas y abuso de armas.

En el ‘95 baleó a unos muchachos frente al bar El Estudio, en La Plata. Los chicos estaban escuchando música un domingo, a la 1.30 de la mañana, debajo de la ventana de Castillo, que después de dispararles escapó en un Fiat Tipo con chapa del Congreso nacional Nº 642. La patente había sido otorgada al ex diputado carapintada del Modin Emilio Morello. Se trata, según los investigadores de Paraná, de la misma chapa que El Indio llevaba consigo en la capital de Entre Ríos en su última detención.

 

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