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el Kiosco de Página/12

Ronaldo o la rodilla de Dios
Por Manuel Vázquez Montalbán

Primero Stendhal y Dostoievsky, luego Sartre y finalmente Pelé han dudado de la existencia de Dios a la vista del sufrimiento humano. ¿Cómo es posible que el creador de todo lo existente haya aportado crueldad, enfermedad y muerte? Ivan Karamazov se explica: Yo admito a Dios, compréndelo, pero no admito el mundo que ha creado: el mundo de Dios, yo no puedo admitirlo. Stendhal llegó a escribir: Lo único que excusa a Dios es que no existe, y por ese camino iba Pelé cuando, conmovido, por la enésima lesión de Ronaldo, amenazó con dejar de creer en Dios si la lesión apartaba de los campos de juego al considerado dios menor del fútbol mundial.
Cuando apenas tenía 18 años, Ronaldo, entonces en el PSV Eindhoven, fue operado de los tendones de la rodilla derecha; durante su estancia en el Barcelona padecía problemas de tendones y músculos que le impidieron jugar partidos decisivos; en el Mundial de 1998 sufrió una tendinitis en la rodilla izquierda y algo parecido a un ataque de epilepsia que no impidió le alinearan contra Francia; ya en el Inter ha padecido inflamaciones en las dos rodillas, las más graves en enero de 1999, y en noviembre del mismo año sufre una rotura parcial de los tendones rotulianos en la rodilla derecha. Ronaldo pasó por una baja de cinco meses y en abril del 2000 apenas pudo permanecer seis minutos en el partido de su reaparición contra el Lazio. Los tendones volvieron a romperse.
Los expertos sostienen que las rodillas de Ronaldo son frágiles porque soportan a un atleta excesivo, dotado de una gran capacidad de cambios de ritmo y de una prodigiosa combinación de peso y ligereza. El peso le ayuda a avanzar, como si abriera un pasillo entre los defensas y a sostener velocidad como a un corredor de 100 metros lisos, pero las rodillas no soportan esa combinación. Las viejas culturas veían en la rodilla, principal factor de la fuerza corporal, el símbolo de la autoridad del hombre y de su poder social, y por eso expresiones comunes a todas las lenguas como doblar la rodilla, arrodillarse, de rodillas, hincar la rodilla traducen la imposición o voluntad de la humillación. ¿Habrá querido Dios doblar la rodilla de Ronaldo, irritado por su precipitado ascenso al Olimpo?
La afición del fútbol global vive una situación de orfandad, lógica si tenemos en cuenta que Dios murió en el siglo XIX, Marx y Marilyn Monroe en el XX y sería ya demasiado que el mito Ronaldo se arruinara nada más nacido. Pero tan huérfanos como los espectadores se puede quedar el tinglado comercial que rodea a Ronaldo dirigido por sus managers, confiados en que la juventud del ídolo prometía largos años de ganancias, algunas de por vida, porque Nike le ha suscrito un contrato vitalicio. La emoción humana sentida por los espectadores sin distinción de colores reconcilia con el fútbol contemporáneo, una industria telemática en la que el espectador ya no tiene soberanía. Se reabre la esperanza de que el fútbol sigue siendo un ritual mágico dependiente de la paciencia y la impaciencia del corazón. Otra cosa es el recelo de las instituciones futbolísticas internacionales, la UEFA o la FIFA, inquietas porque la operación de entronizar a Ronaldo para sustituir a Maradona puede ser un fracaso y frenar las expectativas de la globalización futbolística. Si el fútbol es una religión laica tanto en Europa como en América latina, malo es que una religión se haya quedado otra vez sin Dios y aunque siempre resta el recurso de subir a los cielos a Rivaldo, sus maneras, su sistema de señales, carece del impulso poético de Ronaldo. Rivaldo es un magnífico estratega, muy individualista, rico en recursos técnicos, pero carece del aura que envolvía a Ronaldo cuando iniciaba una galopada irreversible hacia la portería contraria, hacia el apoteosis.
Lástima que la Divina Providencia disfrute poniéndole a Aquiles un talón frágil y a Ronaldo una rodilla de terracota. Tiene razón Pelé al estar algo mosca y sería cuestión urgente que los teólogos vaticanos dieran una explicación consoladora antes de que la rodilla de Ronaldo se convierta en un argumento ontológico sobre la inexistencia de Dios. 

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