Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira


TENSION Y AMENAZAS EN EL JUICIO AL “NIÑO BIEN”
Demasiado miedo para hablar

Acusado por un asesinato dentro la cárcel, Guillermo Alvarez –apodado el “niño bien”– se negó a declarar en el juicio. Pero su capacidad de intimidación también acalló a los testigos: un preso aterrorizado admitió que había sido amenazado de muerte por el propio Alvarez y se echó a llorar. Las sospechas sobre el SPF. 

Guillermo Alvarez, de 21 años, está siendo juzgado por su cuarto asesinato.

Por Carlos Rodríguez

t.gif (862 bytes) “Me gustaría decir lo mismo que declaré antes, pero tengo mucho miedo”, admitió ante los jueces Mario Cruz Córdoba, 20 años, detenido en la Unidad 24 de Marcos Paz y testigo de cargo en otra causa por homicidio en la que está involucrado Guillermo Alvarez, el “niño bien”, condenado a perpetua por otro doble crimen. Balbuceando, el testigo terminó por quebrarse sin reiterar su acusación contra Alvarez, a quien en la instrucción le imputó la autoría de la muerte de un preso, en 1998, en la cárcel vieja de Caseros, de una certera cuchillada en el corazón. Cruz Córdoba confesó, antes de echarse a llorar, que había sido amenazado de muerte, mediante una nota, por el propio Alvarez. La denuncia provocó la apertura de una causa para investigar la supuesta intimidación y la orden del tribunal al Servicio Penitenciario Federal (SPF) para que “garantice la seguridad” del detenido. La defensa del “niño bien” rechazó la denuncia, mientras una fuente oficial dijo a Página/12 que “es imposible” que Alvarez haya podido concretar la amenaza “sin apoyo interno” del SPF. En abril, el acusado admitió ante la Justicia que tuvo la posibilidad de escapar de la cárcel luego de pagar 90.000 pesos de coima a personal penitenciario. 
El sorprendente testimonio de Cruz Córdoba fue la culminación de una primera audiencia en la cual abundaron los miedos y las rectificaciones respecto de las declaraciones iniciales, tal como ocurrió también con los testigos Domingo Citraro, Eduardo Sobre Pereyra, Raúl Ayarbe y Alberto Monzón, quien directamente se negó a declarar aunque se le hizo saber que podía ser acusado del delito de falso testimonio. “¿Jura o promete decir verdad?”, le reiteró varias veces el presidente del Tribunal Oral 12, Carlos Bruno, quien dispuso un cuarto intermedio para convencerlo. Nada produjo el efecto esperado y Monzón fue citado otra vez para hoy. 
¿Qué habían declarado Cruz Córdoba y Monzón durante la instrucción? El primero sostuvo que el domingo 15 de noviembre de 1998, a las 13.20, en el pabellón uno de la cárcel vieja de Caseros, el “único que tenía una faca (cuchillo) en la mano era El Patovica”, como le decían a Alvarez, con temor, sus compañeros de celda. Cruz aseguró incluso que vio cómo Alvarez “lo pinchó en el pecho, al lado del corazón” al interno Elvio Aranda, que murió en el acto. El preso acallado por el pánico hasta precisó que la faca era “un fierro de cuarenta centímetros de largo”. Monzón, del mismo modo, había señalado sin dudar que El Patovica manejó el arma asesina. 
Ayer, en cambio, Cruz tuvo que ser guiado de la mano, como un niño, para que confesara lo que era obvio: que había sido amenazado. “Al Patovica lo sentí nombrar”, fue una de las primeras frases que soltó entre dientes, desconcertando a los jueces. “Estaba durmiendo, mirando televisión” (sic), “me metí adentro del baño”, “no sé de qué pabellón eran”, fueron otros datos indicativos de que algo raro estaba pasando. 
–¿Tiene miedo? –preguntó el juez Bruno.
–Sí –admitió por primera vez Cruz Córdoba. 
–¿Por qué tiene miedo? –insistió el presidente del Tribunal.
–No sé qué decirle porque no puedo hablar –replicó el testigo en peligro. 
Con la confusión en aumento, Cruz insinuó primero que cuando declaró en la instrucción estaba “empastillado” (drogado), pero luego admitió que recordaba “muy bien” todo lo que había dicho y desnudó su alma acongojada: “Me gustaría decir lo mismo, pero tengo mucho miedo”. Entonces relató que hace unos días, citado por otro juez en los tribunales de Comodoro Py, otro interno “le leyó” al oído una carta en la cual le exigían que cambiara su declaración contra Alvarez. “Tenía que hacerlo, a cambio de mi vida”, dijo con la voz ahogada por su temor en aumento. Sobre la versión textual de la nota dijo: “No me quiero ni acordar”. 
–¿Usted sabe quién es el autor de la amenaza? –preguntó Bruno. 
–Sí –respondió Cruz luego de un larguísimo silencio. 
–¿Está acá en la sala? –creyó adivinar el titular del Tribunal Oral 12. –Sí –admitió Cruz después de otro silencio interminable, pera luego agregar que el nombre “estaba en el legajo” leído al abrirse el juicio. 
Por una cuestión formal, Bruno mencionó primero los nombres de Gonzalo Pazo, 20 años, y de Hugo Schmidt, 21, coimputados por el homicidio de Elvio Aranda, hasta que llegó la definición: “¿Guillermo Alvarez es la persona a la que se refiere?”. El “sí” de Cruz fue un suspiro que precedió al llanto, largo y silencioso, con la cabeza gacha, de cara hacia los jueces. Bruno instruyó al jefe de la custodio del SPF para que se garantizara la seguridad del preso, quien deberá ser llevado, como él mismo pidió, al pabellón “F”, el más seguro, de la Unidad 24 de Marcos Paz. 
Teodoro Alvarez, abogado del “niño bien”, nada dijo en la audiencia sobre lo afirmado por Cruz. Luego declaró a este diario que su defendido “nunca lo pudo haber amenazado porque desde noviembre de 1998 están en cárceles diferentes”. Sobre la nota amenazante, cuestionó: “Los testigos son presionados por el SPF para incriminar a Alvarez; es imposible que una carta llegue tan lejos si no hay ayuda de los guardias”. 

 


 

DENUNCIA DE UN OBISPO POR LA CARCEL DE SANTIAGO
“La situación es inhumana”

El obispo Héctor Cardelli, titular de la Pastoral Carcelaria de la Comisión Episcopal Argentina, dijo sentirse “apabullado” por las condiciones de las cárceles de Santiago del Estero y aseguró que en ningún lugar del país encontró “una situación tan inhumana” como en esa provincia. El diagnóstico de Cardelli se produce a pocos días de la extraña muerte de un preso dentro del Penal de Varones, que en una carta póstuma denunció tráfico de drogas en la unidad penitenciaria local.
También se suma a este cuadro de situación la denuncia pública por apremios ilegales, maltratos y tráfico de drogas de un ex interno del Penal de Varones de la capital de la provincia, que comprometió nuevamente a por lo menos dos autoridades de este complejo penitenciario en graves irregularidades. Con este testimonio, formulado por Miguel Angel Arévalo, un ex presidiario que fue quemado vivo dentro de la cárcel, ya son dos los casos expuestos públicamente en menos de una semana donde se compromete directamente a la policía carcelaria.
El obispo Cardelli ya se había entrevistado con Arévalo y otros internos, pero no pudo contactarse con los funcionarios del Gobierno. Ayer, Cardelli dijo estar “apabullado” por las condiciones de vida de los presidiarios y anunció que elevará un informe “urgente” a la Conferencia Episcopal Argentina, la máxima conducción de la Iglesia Católica en el país. Cardelli informó que continuará investigando y que buscará cambios sustanciales ya que “en ninguna provincia me dieron datos tan concretos y tan graves como en Santiago del Estero”, afirmó.
Desde hace una semana, las autoridades gubernamentales vienen evitando cualquier referencia sobre las acusaciones póstumas de un interno, que señalaban, a través de una carta, la supuesta existencia de apremios ilegales o presuntos asesinatos por negarse a trabajar para el tráfico de drogas. Ese preso, Ernesto Ruiz, murió en la unidad en confusas circunstancias y ha destapado otras denuncias similares, como la de Miguel Angel Arévalo, condenado desde 1996 a seis años de prisión por robo simple, quien dijo que funcionarios carcelarios lo presionaron para traficar drogas.
Arévalo es considerado por los grupos de derechos humanos como “un sobreviviente del infierno carcelario” local, y desde hace varios meses claman –aunque inútilmente– por garantías de seguridad. Arévalo tiene 25 años y actualmente se encuentra en libertad, pero está indocumentado, se recupera lentamente de sus graves quemaduras, que cubren el 80 por ciento de su cuerpo, y pese a no tener trabajo intenta mantener a tres hijos.


Historia de Alvarez, “el Concheto”

Antes de comenzar la audiencia, Guillermo Alvarez, quien cumplió 21 años el 21 de marzo pasado, recibió un sonoro beso de apoyo de parte de su madre, Viviana Mónica San Román, con quien vivía en agosto de 1996, cuando fue detenido en su casa de Las Heras 1052, en la localidad bonaerense de Acassuso. En la sala también estaba el padre, Antonio Alvarez, quien no se acercó a saludar a su hijo y se sentó al lado de su ex mujer, de la que ya estaba separado cuando el “niño bien”, “el Concheto”, “el Karateca” o “el Patovica”, como se lo conoce al joven en el mundo del hampa, hizo su irrupción pública como luminaria de las páginas policiales. 
Lo sorprendente de Alvarez hijo es su precocidad –carga ya con cuatro muertes y una condena unificada a perpetua más la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado– y su cuna: vivía en un chalet, en un barrio distinguido y su padre es propietario de una cadena de 18 cines, algunos de ellos dedicados a la proyección de filmes eróticos. Los presos que desfilaron ayer como testigos de cargo tuvieron como lugar de origen la Villa 21 de Barracas, Ciudad Oculta y otros barrios carenciados. 
Alvarez estudió en institutos privados, entre ellos el exclusivo Colegio San Patricio, de Acassuso, pero es hoy la versión moderna de Robledo Puch, otro maleante con cuna de oro. Los testimonios de sus ex compañeros de Caseros revelaron su bien ganada fama de “pesado” y el poder que ha sabido acumular intramuros. 

 

PRINCIPAL