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EN UN CONFUSO ACCIDENTE, MURIO RODRIGO, ESTRELLA MAXIMA DEL CUARTETO
El día que comenzó la leyenda del Potro

El artista se estrelló con su camioneta en un episodio aún no aclarado, que'involucró a otro conductor. La muerte de Rodrigo disparó una movilización popular como pocas veces se vio en la Argentina reciente.

El cantante fue velado en la Municipalidad de Lanús, donde hasta anoche habían pasado 20 mil personas. Su madre, Beatriz, que fue a la TV pero no al velatorio, sugirió que podría tratarse de un atentado.

t.gif (862 bytes) En un episodio trágico y confuso a la vez, Rodrigo “El Potro” Bueno, la estrella máxima del género cuartetero, murió en la madrugada de ayer en la autopista Buenos Aires-La Plata. El cantante se estrelló con su camioneta en la localidad bonaerense de Berazategui, cuando volvía de un show en la discoteca Escándalo de City Bell; en el choque murió también Fernando Olmedo, hijo de Alberto, mientras que su ex mujer Patricia Pacheco, su hijo Ramiro (4), el músico Jorge Moreno y el locutor Alberto Pereyra sólo sufrieron heridas leves. El hecho disparó una movilización popular como pocas veces se vio en Argentina en los últimos años, con una impresionante cobertura periodística, una peregrinación constante e inmanejable a la Municipalidad de Lanús –donde se velaron los restos– y un coro de opiniones que fueron de la mera expresión de dolor a una teoría de atentado a manos de una “mafia de la bailanta”. Lo esperable frente a un personaje ultramediático como el cantante cuartetero de 27 años, que cosechó impresionantes cifras de venta de sus discos, en abril hizo ocho conciertos en el estadio Luna Park y giraba incesantemente por el interior. 
Según relataron los testigos, Rodrigo iba hacia la Capital en una 4X4 Explorer cuando, en un peaje, tuvo un entredicho con los ocupantes de una Blazer blanca con vidrios polarizados. Según el testimonio de uno de los custodios, la otra 4X4 lo encerró “y Rodrigo se puso muy molesto por esta maniobra, por lo que lo empezó a perseguir, pero este coche después desapareció. En ese momento Rodrigo perdió el control de la camioneta y chocó contra el guardarrail, y ahí aparentemente se abrió la puerta delantera, salió despedido y murió instantáneamente”. Olmedo, en tanto, llegó con vida al hospital Evita Pueblo de Berazategui, pero falleció poco después. Según el informe de la autopsia, Rodrigo falleció a raíz de traumatismo cráneo-encefálico, y Olmedo por traumatismos de tórax y abdomen. La causa en la que interviene el fiscal correccional de Quilmes Luis Armelo fue caratulada como “homicidio culposo con lesiones”, y a media tarde de ayer la comisaría 1ª de Berazategui ya había identificado al propietario de la Blazer: al cierre de esta edición aún no se habían producido detenciones.
La muerte del Potro desató una cadena de reacciones que confirman su estatura como ídolo popular. Desde la llegada de sus restos a Lanús –donde el sábado por la noche iba a ofrecer un show, y el intendente Manuel Quindimil lo iba a declarar “ciudadano ilustre”– hasta la noche, por el lugar pasaron unas veinte mil personas, que formaron largas colas para pasar unos segundos por la capilla ardiente, y protagonizaron algunos incidentes hasta que la Policía instaló un operativo de seguridad. Las condolencias llegaron incluso desde Casa Rosada –ver aparte–, mientras Beatriz Bueno, madre del artista, montaba su propio show en el programa televisivo “Siempre Sábado”, acompañando a los músicos de Rodrigo en un homenaje mediático y dejando caer que “vamos a ver si lo de la camioneta blanca fue a propósito o no”. “No sé si Rodrigo era para esta tierra, ha sido demasiado querido”, dijo, para cerrar con un extraño giro: “Con Rodrigo no se termina el cuartetazo, él desde arriba nos va a seguir mirando a todos”. El abogado Gregorio Dalbón, en tanto, dijo que “las pericias hacen sospechar que esto no fue un accidente de tránsito típico”, mientras que la presencia en el velatorio del ministro de Seguridad Bonaerense, Ramón Verón, hizo arreciar los rumores en ese sentido.
Mientras se multiplicaban los mensajes, visitas (que incluyeron al gobernador de Buenos Aires, Carlos Ruckauf) y teorías, hasta anoche no quedaba claro cuál será el destino final del “Potro cordobés”, que será velado hasta hoy a las 10 en Lanús: su madre aseguró que quería que se cremaran sus restos, y que por ello “vamos a cremarlo y ponerlo en algún lugar de Buenos Aires donde todos puedan verlo”, pero nadie pudo confirmar la versión. Comienza una semana en que todo será Rodrigo, y todos tendrán algo que decir al respecto. Y es probable que se le falte el respeto a la muerte. Varias veces.


El pésame presidencial

El presidente Fernando de la Rúa fue el personaje más célebre que envió una ofrenda floral y sus condolencias a la familia de Rodrigo. A través de una carta manuscrita, De la Rúa se dirigió a la madre de Rodrigo:
“Querida señora:
Quiero decir mi pésame y mi solidaridad ante esta pérdida que nos llena de dolor.
Hoy es un día triste por su muerte, pero él seguirá viviendo en sus canciones. Se juntan la pena por haberlo perdido y la alegría por haberlo tenido.
De su paso por la tierra nos deja para todos sus versos y sus cantos.
Hoy son por él las oraciones. Dios lo tenga en su paz. 
Con sincero cariño.
Fernando de la Rúa”.

 

 

POSTALES DE UN DIA EN EL QUE TODO TUVO QUE VER CON RODRIGO
Maradona, la fama, los premios y el pai

Diego Armando Maradona anunció que “seguramente” vendrá al país para despedir a Rodrigo. “Esto me lleva a la Argentina, porque tengo, debo y lo que me queda de corazón me dice que tengo que estar con él”, señaló el Diez en declaraciones desde Uruguay, donde viajó para participar del partido despedida de Carlos “El Pato” Aguilera. Maradona fue recientemente visitado en Cuba por Rodrigo.
Carlos “La Mona” Jiménez dijo sentir “un doble dolor” por la muerte de Rodrigo, a raíz de la pelea mediática de los últimos meses. “Siento un doble dolor, por toda esta polémica que inventaron entre nosotros dos.
Esta es una familia maravillosa que no se merece este gran dolor”.
Rodrigo será no sólo tema de conversación en todo el país, sino también el centro de los premios Clave de Sol, únicos que galardonan a la música tropical, cumbia y cuarteto, cuya segunda edición se celebrará hoy a las 20 en el Teatro Liceo. Rodrigo estaba nominado en las ternas de “Show del año”, “Solista masculino”, “Ritmo más bailable”, “Showman”, “Cantautor” y “Revelación”, y era el candidato cantado al premio de Oro.
Las reacciones incluyeron al curioso “pai” uruguayo Walter de Oxum, quien en la época de la muerte de Carlos Menem Jr. aseguró que le había “predicho” esa muerte al entonces presidente Menem. Ayer afirmó que “hay algo raro” detrás de la muerte de Rodrigo, y aseguró que “una mujer argentina, rubia, de cerca de 50 años, bonita y conocida en el ambiente artístico tiene algo que ver” con el trágico accidente, destacó. 
El periodista Jorge Rial aludió a la presión del mundo del espectáculo: “El giro hacia la fama que había tomado la vida de Rodrigo era demasiado vertiginoso. Su muerte tiene que servir para reflexionar sobre ciertos aspectos de la relación de los ídolos con el éxito y la gente. Rodrigo vivía demasiado rápido, lo estaban haciendo vivir una vida que lo superaba. Era un hombre de reaccionar violentamente y lo llevaban al límite de lo peligroso. Nadie en sus cabales corre a alguien con un coche porque te encierra”.
Hasta que la Policía instaló un operativo de seguridad acorde, la Municipalidad de Lanús, en Hipólito Yrigoyen al 3800, fue un caos. La presión de la gente, incluso, hizo caer a un hombre desde el primer piso, aunque no sufrió heridas graves.
Para la identificación de la Blazer que participó del accidente, la Policía utilizó el sistema cerrado de video de la cabina de peaje: en la cinta puede verse claramente la patente del auto.
Patricia Pacheco, ex mujer de Rodrigo y también pasajera de la 4X4 accidentada, dijo que “todo me parece muy sospechoso. Salió de la nada, frenó y tuvimos que hacer una maniobra. Fue todo muy raro, veníamos muy tranquilos, nos íbamos a mi casa con el nene, él y los chicos”.
En su último día de vida, Rodrigo participó en la grabación de “La Biblia y el calefón”, el ciclo de Jorge Guinzburg en Canal 13. Antes de dirigirse a su show en Escándalo, cenó en el restaurante porteño El Corralón junto al empresario artístico Pepe Parada y Fernando Olmedo. En la comida, Rodrigo aprovechó para invitar a Olmedo al show en City Bell, ya que aquél le había comentado que nunca lo había visto cantar en vivo.

 

 

opinion
Por Carlos Polimeni

Los héroes son de mentira

Murió el mismo día que Carlos Gardel, 65 años después, del mismo modo impactante e inesperado. Venía de pasar una temporada en el infierno, que le fue encantador, de una clínica de rehabilitación en que Diego Maradona hace como que se cura, en Cuba. Manejaba sin cinturón de seguridad un auto carísimo y nuevo, con su hijo y su ex mujer al lado: se había reencontrado con ellos en un extraño oasis del torbellino de su vida. Venía de La Plata, que siempre le interesó mucho. En el vehículo, que iba como a 140, viajaba uno de los hijos de Alberto Olmedo, al que acababa de conocer, en una cena con Pepe Parada. Este Olmedo era amigo de Fito Páez, que idolatraba a Alberto. Todo en derredor de la muerte de Rodrigo parece simbólico y fatal, sobre todo la imagen de un auto lanzado a velocidad de madrugada por una autopista llena de fantasmas, de sueños hecho trizas. Pasó lo que da ahora la impresión que debía pasar.
Rodrigo era un ídolo de una sociedad devastada, y a partir de aquí será un mito en un país necesitado. Si Gilda, que era apenas conocida más allá del mundo de la bailanta (cuando otra ruta fatal acabó con su vida) se convirtió en poco menos que una santa, no debería extrañar que la figura de Rodrigo crezca hasta convertirse en inconmensurable. Habrá quien se tiente a decir que será un día como Gardel, obviando el detalle central: cuando el Mudo se fue al cielo de los tangueros tenía una obra monumental, y Rodrigo apenas ha vendido millones de discos. Por un tiempo, quizá prolongado, habrá gente que recordará sus canciones y Rodrigo, que ahora será tapa de docenas de revistas, seguirá estando de moda. Habrá procesiones, multitudes, marchas y homenajes. Pero llegará el momento en que este presente comenzará a ser pasado, y entonces sobrevivirá una leyenda, pero pocas de sus canciones (a excepción, quizá, de “Soy cordobés” y “Lo mejor del amor”). Rodrigo fue en los dos últimos años una moda, un suceso, una fiebre, una tendencia, un negocio, un maratón de hits, pero nunca un artista consagrado.
Hace muy poco, y esto no ha sido publicado hasta hoy, Rodrigo tuvo un encuentro nocturno con Charly García, al que admiraba. Le había hecho saber que había compuesto “Un largo camino al cielo” –una canción inspirada en un amigo fallecido– utilizando una larga serie de ideas sacadas de temas suyos, y que se moría de ganas de que hicieran algo juntos. Charly lo miró a los ojos, se puso serio y le respondió: “Rodrigo, hay límites...”. El cordobés le contestó a lo Charly: “Todo bien”. El tema de Rodrigo a su amigo muerto dice, entre otras cosas, con lírica algo balbuceante: “Porque a pesar que nunca estuviste loco/ no quisiste ver a un enfermero/ te la pasaste yendo de la cama al living/ tu vida fue un tango/ siempre habrá raros peinados nuevos/ la sal no sala y el azúcar no endulza/ filosofía barata y zapatos de goma. Un largo camino al cielo/ todos llorando y sufriendo/ los héroes son de mentira”.
Pocas cosas peores que una vida que se troncha joven, absurdamente. Pocas cosas peores que un país con héroes de mentira. Pocas cosas peores que el negocio de la muerte.

 

 

Un pirata de la noche, con acento cordobés

Su ascenso fue tan intempestivo como su muerte. Rodrigo supo construir una imagen de ídolo referente de todas las clases sociales. Era amigo de Maradona, de Charly García y convertía a los escenarios en rings de boxeo.

Por Fernando D’Addario

Ajeno a los postulados ideológicos del punk, Rodrigo fue verdugo y víctima de sus consecuencias prácticas: vivió rápido y murió joven. Su pertenencia a la galería de hermosos cadáveres promete para el futuro todo tipo de excesos a la hora de abonar su leyenda, pero el cantante cuartetero les ganó de mano a los constructores de mitos, porque su vida de 27 años fue un culto a la desmesura.
Jamás será Gardel, de quien lo separan abismos de calidad artística, pero compartirá con el Morocho del Abasto, además de la fecha de su muerte, el inútil privilegio de haber pintado, a través de su obra y de su personalidad, flashes de una época. Si Gardel fue una postal de malevaje europeizado, Rodrigo representó como nadie la cultura de la frivolidad desbocada, la sobreexposición mediática y el estallido de lo efímero. Fue un ídolo reciclado según estrictos códigos de marketing, pero la picadora de carne le reservó el divino placer de diferenciarse de otros héroes de la música popular argentina. Auténtico pirata cordobés, su personaje no tiene (es que su naturaleza obliga a hablar de él, de ahora en adelante, en presente o en futuro) la ingenuidad adolescente de Soledad, ni el romanticismo naif de Los Nocheros, ni el misterio introspectivo que supieron construir Sandro y el Indio Solari, de los Redondos. Tampoco se asemeja a Gilda, la santa protectora de los humildes. Aunque se espera que desde mañana mismo el fantasma de Rodrigo comience a abrigar todo tipo de esperanzas esotéricas, sus buenos oficios representarán, a diferencia de la canonizada Gilda, las esperanzas de los atorrantes, los amigos del vértigo y la trampa. 
Su conquista furtiva de Buenos Aires, verificada después de doce años de fatigosa carrera profesional (que incluye la grabación de diez discos) le debe tanto a sus ojos claros como a un carisma convenientemente maquillado con golpes de efecto. Primer paso: cambio de look. Objetivo: diferenciarse de la movida bailantera y/o cuartetera sin sacar los pies del plato. Como embajador del cuarteto (el auténtico folklore cordobés, de origen rural, subsidiario de los pasodobles y las tarantelas que bailaban los inmigrantes españoles e italianos), prescindió de la estética proletaria de la Mona Jiménez y del glamour grotesco a lo Daniel Agostini (ex grupo Sombras). Ropa informal, tinturas de pelo (lila, turquesa, azul o verde, según sus estados de ánimo) compradas vía Internet, nueve tatuajes en su cuerpo y estampa de macho argentino, cordobés y aporteñado. El cóctel incluyó actitud rockera (un ingrediente que hoy se consigue en cualquier oficina de marketing), letras de amores tramposos (la canción “840”, por ejemplo, contaba la historia de amor entre un vividor y una millonaria veterana: el número remite a una vieja ley referente a los cafishios) y de autoafirmación barrial y callejera (“Soy cordobés/ me gusta el vino y la joda/ y lo tomo sin soda porque así pega más” canta en “Soy cordobés”). Por último, su atractivo físico venció la resistencia de las quinceañeras y su condición de chico bien (aunque su madre hace todo lo posible para desautorizar este dato de la realidad, hay que decir que su padre era ejecutivo del sello discográfico CBS) le abrió las puertas de la noche top de Buenos Aires.
Potro en las bailantas de Laferrere y en el casino flotante de Puerto Madero, su ascenso fue inversamente proporcional al proceso de decadencia del menemismo, aunque compartieran códigos y tics. Rodrigo se recicló, se separó, se mudó a un country, comenzó a vivir de noche y a 2000 (como bautizó a su último y multiplatino CD) y se rodeó de amistades peligrosas (Maradona y Charly García, por citar sólo a dos) y enemigos íntimos (en el oscuro e inexpugnable universo de la movida tropical). Visitó, como corresponde, los programas de televisión de los imprescindibles e impresentables Susana Giménez, Marcelo Tinelli, Nicolás Repetto y Chiche Gelblung, y se subió a un trip adrenalínico que recién detuvo su marcha ayer, después de seis meses de desenfreno. Hizo de la productividad un método de supervivencia, en un ambiente que todo lo devora: ocho conciertos en el Luna Park, una gira por la costa atlántica con 49 presentaciones en 9 días. Su rutina de fin de semana incluía entre ocho y diez recitales por noche; tocaba 20 minutos en un boliche y salía disparado hacia el siguiente cambalache de asedio femenino, custodias rigurosas y camarines bien provistos. Una noche tocó en cuatro provincias: Corrientes, Salta, Santiago del Estero y Tucumán. Sólo tomaba cerveza helada, en cantidades industriales, que le daba valor para convertir el escenario en un ring de boxeo, como a él le gustaba. Se alimentaba con la energía asfixiante de miles de fans, y si no alcanzaba con eso, dosis de suero líquido recetado para niños oxigenaban sus neuronas para que pudiesen dar el golpe de KO final. 
Se acostaba a las 8 de la mañana y se levantaba a las 5 de la tarde, pero nadie sabe cómo, su agenda reservaba un lugarcito para la práctica de sexo, karate, patinaje sobre hielo y boxeo. Recibió amenazas múltiples, tirotearon su casa cordobesa, fue agredido por un empleado de un comercio de tatuajes, se peleó con la Mona Jiménez y llegó al clímax de su vértigo codeándose con Maradona y con Graciela Alfano, acaso los certificados suficientes y necesarios para testimoniar que había llegado. Y también, las pruebas taxativas de que el personaje, gigantesco, se había deglutido al artista. Las reglas del juego del show business lo modelaron a imagen y semejanza del tiempo que le tocó vivir. Dejó la escuela a los 13 años, a los 15 grabó su primer disco, a los 26 fue ídolo, entre miles de aspirantes al estrellato pop. Claro que para eso tuvo que ver cómo su padre, antes de uno de sus shows, se descomponía y agonizaba en sus brazos, detalle que no fue impedimento para que saliera a cantar igual, porque su carrera así lo exigía. Hay tan pocas certezas en el mundo del espectáculo que es imposible determinar si su decisión de retirarse de la música a fin de año era producto de su hartazgo o de un hábil ejercicio promocional. Lo único cierto e inapelable es que a su ilusión de ser presidente del club Belgrano, y de criar una irreversible y feliz panza de cerveza, se le cruzó de madrugada una camioneta 4X4, tan intempestiva como su vida.

 

 

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Por Joaquín Levinton *

Una bala con su nombre

Todavía no puedo creer que Rodrigo esté muerto. Hace poco lo conocí, a través de un amigo en común. Con otros chicos de Turf fuimos a un show en el Luna Park y pasamos esa noche juntos. En un momento le entregaron una bala con su nombre escrito, un mensaje mafioso muy pesado. El ambiente de la bailanta es muy denso, como el rap en Estados Unidos. Estaba tocando cuando me llamó una amiga para decirme entre llantos que había muerto Rodrigo. Al principio pensé que era una joda y, como no tengo televisor, me fui hasta un almacén a ver qué pasaba. Tuve la misma sensación que cuando me enteré de que había muerto Alberto Olmedo. Encima, con Rodrigo se murió Fernando, que era una buenísima persona. Salí y el cielo estaba amarillo, llovía y había un arco iris: me pareció la repercusión más clara de lo que había pasado. Creo ciento por ciento que cuando se muere alguien muy grande llueve grosso. Lo que deseo es que no se haga un negocio horrible a partir de su muerte, que se lo respete. Y también me pregunto por qué los grandes personajes argentinos mueren de un modo tan trágico.

* Cantante de Turf.

 

 

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