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SE ESTRELLO UN AVION QUE LLEVABA DOCENTES A MARTIN GARCIA
Viaje a una escuela demasiado lejos

Diez minutos después de despegar y sin dar alerta ninguno, el Cessna 310 que partió de San Fernando se fue a pique. Murieron cinco personas: el director y dos docentes de la escuela que funciona en la isla, y los dos tripulantes. El piloto tenía gran experiencia y aún se desconocen los motivos del accidente.

Por Carlos Rodríguez
t.gif (862 bytes)  Con buen tiempo y cielo despejado, el pequeño avión, un Cessna 310 bimotor, partió desde el aeródromo de San Fernando para realizar un vuelo en apariencia sencillo, de apenas 25 minutos de duración y a una altura máxima de 600 metros. Diez minutos después de la partida, por causas que se investigan y sin siquiera dar el alerta a la torre de control, la máquina se vino a pique, cayó en una isla del Delta y murieron en el acto los cinco ocupantes: tres docentes héroes cotidianos (ver aparte) que dictaban clases en una escuela ubicada en la isla Martín García, destino final del vuelo, una joven aviadora que estaba allí “por el placer de volar” y que era hija del dueño de la máquina, y un piloto con 30 años de experiencia. Los restos del avión fueron hallados por personal de la Fuerza Aérea, con la colaboración de la Prefectura, diez minutos antes de las 10 de ayer. Falta rescatar los dos motores, que cayeron a un arroyo. A falta de caja negra, las turbinas pueden brindar los datos que aclaren un accidente que los expertos consideraron, a priori, como “inexplicable”.
Las cinco víctimas viajaban en un avión contratado que pertenece a la firma Columbus Airways, que tiene oficinas en San Fernando y opera regularmente en el aeródromo de esa localidad bonaerense. Virginia van Kooten era profesora de Literatura; Pablo Levickas, de 28 años, daba clases de Matemáticas, y Roberto Cadiboni, de 43, era el director de la Escuela de Nivel Medio “Almirante Brown” y estaba afincado con su familia en la isla Martín García. La más joven de las víctimas es Carolina Roth, de 21 años, hija de Hugo Roth, propietario de la empresa, y el más veterano es el piloto Horacio Barragán, considerado en forma unánime como “un hombre de gran experiencia y capacidad”, según comentaron a este diario voceros del aeródromo y los propios amigos de los docentes fallecidos.
Jorge Reta, jefe de prensa de la Fuerza Aérea, informó que las causas serán dictaminadas por la Junta de Investigaciones de Accidentes de Aviación Civil de la institución, cuyos miembros llegaron al lugar de los hechos cerca de las 11 de ayer. La máquina fue encontrada en una isla desierta ubicada en el cruce del río Luján y el arroyo Pajarito, en un sitio ubicado en línea recta con el aeródromo y con la isla Martín García. Todo indicaría que el avión perdió altura en forma brusca, ya que antes de cruzar el río Luján se observaron varios árboles seccionados y el fuselaje estaba cubierto por follaje y ramas.
Los dos motores cayeron al arroyo Pajarito, mientras que el resto de la máquina y los cuerpos de las víctimas quedaron diseminados sobre tierra firme. Reta comentó que como este tipo de avión “no tiene caja negra”, será importante “rescatar las turbinas y determinar el estado de las mismas”. Del estudio puede surgir la velocidad que desarrollaba la aeronave y también se puede determinar si alguno de los motores había sufrido algún desperfecto que provocara el accidente. La búsqueda de las turbinas se interrumpió a las 18 de ayer y se reanudará a primera hora de hoy. Reta advirtió que “al no haber caja negra, el dictamen seguramente se demorará más de lo habitual”. En el accidente del avión de Lapa, ocurrido en agosto de 1999, el informe definitivo de la investigación de la Junta se conoció nueve meses después, a pesar de la existencia de la caja negra. Pilotos de la empresa Columbus estimaron que tiene que haber ocurrido “algo totalmente imprevisto” y no descartaron que, a pesar del buen tiempo, se haya producido en la zona, cercana al Río de la Plata, “alguna corriente descendente o una formación meteorológica como la que se conoce como cumulus nimbus”, formación de nubes sombrías generadas por frentes fríos potentes con abundantes protuberancias y gran desarrollo vertical. A las 9.30, el Servicio Meteorológico Nacional alertó sobre la presencia de “vientos intensos y persistentes del sector sudeste” sobre el Río de la Plata y el Delta del Paraná, pero el accidente ocurrió mucho antes.
Los expertos estiman que la caída del avión se produjo diez minutos después de la partida, a las 7.54, desde San Fernando. El vuelo dura unos 25 minutos y el avión deja de tener contacto con la torre de control porque se trata de un “vuelo visual”, a una altura máxima de 600 metros, durante el cual el piloto se guía por el vasto conocimiento de la ruta, observando desde la cabina “ríos, arroyos, islas que le son familiares y no tenía dificultades de observación porque era un día claro”. El Cessna es un avión que puede alcanzar una altura de 6 mil o 7 mil metros, pero en la zona los aviones pequeños tienen prohibido superar los 600, por tratarse de una ruta habitual de los aviones comerciales grandes que entran y salen del Aeroparque Metropolitano.
El avión fue declarado en emergencia recién a las 9.40, cuando se tuvo la confirmación, desde la pista en la isla Martín García, de que no se había producido el arribo. A las 10, el Cessna bimotor matrícula LV-JLB fue avistado por un guardacostas de la Prefectura, que trabajó en colaboración con helicópteros de la Fuerza Aérea. Con el apoyo del Cuerpo de Seguridad de Islas de la Policía Bonaerense, los cinco cuerpos fueron trasladados a la morgue de la localidad de San Fernando, donde anoche se realizaron las autopsias. En la investigación de la causa se dio intervención al juez de San Isidro, Conrado Bergesio, y a la fiscal Rita Molina.
Hasta anoche no se tenía información sobre la posibilidad de que el avión hubiera explotado antes de caer. La posibilidad se descartaba porque los restos en ningún momento se incendiaron. La isla sobre la que cayó está en una zona prácticamente desierta del Delta, pero la casa más cerca está a unos cien metros del lugar de la caída.

 

Claves

Un avión Cessna, con capacidad para seis personas, se precipitó a tierra en el Delta del Tigre apenas diez minutos después de despegar en San Fernando, poco antes de las 9 de ayer. El piloto no había dado ningún aviso de emergencia.
La nave, de la empresa de transporte Columbus Airways, cayó sobre una isla, a orillas del río Luján y el arroyo Pajarito.
Se dirigía a la isla Martín García.
Sus cinco ocupantes murieron instantáneamente. Eran el piloto, con más de 30 años de experiencia, la hija de 21 años del dueño de la empresa, y tres docentes de la escuela media que funciona en la isla.
Las causas del accidente todavía no pudieron determinarse.
Aparentemente en el momento de la tragedia las condiciones climáticas no eran adversas
y la visibilidad era
buena.
Como el avión no tenía caja negra, será más difícil establecer los motivos: hoy seguirán buscando los dos motores.


LA VIDA DE LAS 42 FAMILIAS QUE HABITAN MARTIN GARCIA
“Nos sentimos más aislados que nunca”

La muerte del director y de dos profesores de la única escuela secundaria local conmovió a la pequeña comunidad de la isla Martín García. Son apenas 42 familias que viven alejadas del trajín del continente. Ayer, ese aislamiento que siempre valoraron como una ventaja les jugó en contra. Por las malas condiciones climáticas, ningún poblador pudo viajar a San Fernando para acompañar a una de sus vecinas, la esposa del director, afincado en el lugar con su familia hacía más de una década. “En este momento estamos todos llorando y no podemos salir de la isla. A la mujer de Roberto (Cadiboni) y a sus hijos recién pudieron sacarlos de aquí a las 3 de la tarde, en una lancha de Prefectura que, como es más rápida que la común, demora una hora y media. Hoy es un día muy triste y malo porque nos sentimos más aislados que nunca”, contó telefónicamente a Página/12 Rosana Paoletta, directora de la EGB, que comparte el edificio con la escuela media y el jardín de infantes de la isla, el mismo edificio donde en 1945 estuvo detenido el ex presidente Juan Perón.
Una vegetación espesa, por momentos selvática, más de doscientas especies de aves, tranquilidad y un clima cordial entre los habitantes ha sido el sello distintivo de la isla en los últimos años. Residen permanentemente 182 personas y algunas más en forma temporaria. Un número ínfimo si se tiene en cuenta que hasta principios de la década del ‘70, cuando cerró la Escuela de Marinería y la Base Militar, la isla llegó a tener 4700 habitantes. De esa población, actualmente sólo quedan 35; uno de ellos, Alcidez Galarza, de 52 años, es el jefe de Departamento, algo así como el intendente. “Estamos todos muy consternados”, dijo anoche a este diario. Galarza estaba en la escuela, junto con otros vecinos conmocionados por la tragedia aérea y todos los docentes de la EGB y el jardín de infantes, que viven allí de martes a sábado. La escuela media recién se abrió seis años atrás. En diciembre terminaron los primeros egresados. Actualmente tiene 37 alumnos. En el jardín son once y en la EGB, 49.
Hasta 1997, cuando empezó a funcionar el transporte aéreo diario a la isla, los pobladores sólo podían viajar al continente en lancha, con un recorrido habitual de unas tres horas hasta el puerto de Tigre. “La mayoría de los habitantes somos empleados públicos, de educación, el Ministerio de Gobierno de la provincia y Prefectura”, contó Galarza. Sin embargo, desde hace un tiempo, la isla se convirtió en un destino muy atractivo para el miniturismo y sus mayores ingresos provienen de los visitantes de fin de semana. Ubicada a unos 37,5 kilómetros de la costa (en avión, de unos quince a veinte minutos), anualmente recibe unos 30 mil turistas que pasan el día o pernoctan en la única hostería del lugar.
Entre las atracciones turísticas figura la casa que habitó el poeta Rubén Darío y la antigua panadería, conocida por su delicioso pan dulce, a cuya fama contribuyó el ex presidente Menem, que solía volar con cierta frecuencia hasta la isla para llevarse unos cuantos. El local funciona en la misma casa que desde 1913 estuvo destinada a abastecer de pan a la isla. Además de Perón, también estuvieron presos allí otros dos ex presidentes: Yrigoyen y Frondizi.
Son 184 hectáreas, pero el casco urbano se reduce a media docena de manzanas. El resto es tupida vegetación. Molles, espinillos, talas, una zona selvática con frondosos árboles poblados de lianas y helechos, gran cantidad de pájaros y, en los bañados, garzas y cisnes.
Casi no se ven autos particulares. La mayoría de los vehículos que circulan pertenecen a las reparticiones públicas. Hay una antigua capilla marrón, pero no tiene cura. Hay una pequeña unidad sanitaria, pero sólo tiene un médico de guardia de domingos a martes.
La isla fue descubierta por Juan Díaz de Solís en 1516. Su destino fue cambiante. Bajo la presidencia de Sarmiento llegó a tener un complejo sanitario, adonde quedaban en cuarentena los inmigrantes que llegaban a Buenos Aires. También tuvo un presidio, que fue demolido en 1960.


LA HISTORIA DE LOS CINCO MUERTOS EN LA TRAGEDIA
Ser docente al otro lado del río

Por Cristian Alarcón
La tristeza se acumulaba ayer como si se tratara de una inundación en dos escuelas separadas por las aguas del Río de la Plata. De un lado, en la isla Martín García, pasaban la tarde reunidos y aislados del continente los amigos y los compañeros de trabajo de los maestros que viajaban en el avión caído. Del otro, en la Normal de San Fernando, por cuyas aulas habían pasado Pablo Levickas, Virginia van Kooten y Roberto Cadiboni, otro grupo resistía el dolor de la tragedia conversando sobre ellos, sus temples y sobre el estoicismo necesario para ser docente más allá del Tigre, a esas orillas a las que se llega después de horas en lancha o en el avión cuya caída los tiene allí reunidos.
Como casi siempre, cuando la muerte llega de súbito, los muertos eran intachables, soñadores, solidarios y hasta heroicos. En el caso de Roberto Cadiboni, el director de la Escuela de Enseñanza Media Almirante Brown, había elegido instalarse en la isla hace once años. Rosana Paoletta, la directora del primario, hacía poco que había cruzado hasta allí con su familia cuando lo conoció. “Vinimos por la posibilidad de ayudar. A veces nos equivocamos, pero él logró muchas cosas. Era muy movedizo, tenía ímpetu, luchaba para seguir adelante y estaba lleno de alegría. Es muy querido.” Casado con una profesora de Artes, padre de tres adolescentes de 17, 18 y 20 y de un nene de cuatro, Cadiboni, que había nacido en Salazar, cerca de Pehuajó, llegó como el profesor de gimnasia del primario cuando los chicos de la isla debían emigrar al continente para seguir la escuela media. “El fue el promotor del proyecto, el que luchó para que esa escuela se abriera. Antes, los chicos de la isla terminaban y algunos viajaban al continente; la mayoría fracasaba porque sufrían mucho.”
La nueva secundaria trajo a la isla a varios docentes jóvenes de la zona de San Fernando. Pablo Levickas, que ya enseñaba Matemáticas y Química en el Colegio de la Reconquista, asumió esas materias y engrosó así un poco el magro sueldo del docente bonaerense. En la escuela Normal, donde Pablo hizo el secundario y también dio clases, la docente de Lengua y Literatura, Rita Baffo, solía cruzárselo en la sala de profesores. “Nos veíamos todo lo fugazmente que esta ley Federal de Educación nos permite al habernos disgregado como lo hizo, haciéndonos correr de escuela a escuela para poder juntar un sueldo. Esta gente eligió dar clases en la isla porque intentaba ganar el 120 por ciento de zona desfavorable”.
Virgina van Kooten, la profesora de Literatura, viajaba dos veces por semana para dar sus clases, mientras dejaba en su casa de San Fernando a sus cuatro hijos, la más chica de cuatro años, la mayor de 16 y dos varones en el medio. Estaba casada con Carlos Canale, preceptor en doble turno de la escuela Normal y presidente de la cooperadora. Católico practicante en la diócesis de San Isidro, él planeaba viajar con ella como acompañantes de 30 niños a Roma para el Jubileo 2000. En el Normal funcionan un jardín de infantes, una escuela primaria, una secundaria y un profesorado en el que a Virginia el jueves le habían “pasado el acta de examen de la última materia, se había recibido de maestra”, cuenta una docente del lugar. Antes había pasado por la Facultad de Filosofía y Letras. “Ella era un princesita, tenía una sonrisa suave”, dice. La recuerda abriendo generosamente la puerta de su casa para el brindis de fin de año.
En el accidente también murieron el piloto, Horacio Barragán, con treinta años de vuelos como experiencia. Y Carolina Roth, la hija de su patrón, el dueño de Columbus Airways. Carolina, de 21 años, trabajaba en la empresa familiar, era secretaria. Como su padre, la apasionaba volar. Lo hacía cada vez que quedaba un lugar vacío en los viajes diarios a la isla. Así se había hecho amiga del piloto. Sobre los máximos placeres de Roberto, habla su amiga Rosana: “Le encantaba estar con los chicos, ir a pescar, los fogones, el campamento y remontar barriletes”, cuenta desde la isla, quebrándose. Dice que lloran todos juntos, resignados al aislamiento que impone el río. No pueden cruzar a las ceremonias del adiós. Los viernes no hay lancha.

 

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