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FAVALORO PREPARO SU SUICIDIO CON MUCHA 
ANTELACION. PODRIAN HACER UN EXAMEN DE ADN
Una muerte cuidadosamente planificada

Varios días antes compró los sobres y empezó a redactar las siete cartas que dejaría en sobres lacrados y con la leyenda “Reservado”. Para la Justicia no fue “un acto repentino ni producto de un estado de ánimo momentáneo”. Los herederos pidieron que se reserven tejidos para un ADN, en caso de un reclamo de filiación.

La puerta de la Fundación sigue siendo visitada por ex pacientes y amigos que dejan sus mensajes.

Por Eduardo Videla

t.gif (862 bytes) René Favaloro preparó la escena con varios días de anticipación: compró los sobres y comenzó a redactar, de puño y letra, lo que sería su legado, que quedó encerrado en siete cartas de varias páginas. Su suicidio “no fue un acto repentino, ni producto de un estado de ánimo momentáneo”, dijo ayer una fuente judicial, después de cuatro días de investigación. El juez Daniel Turano comenzó a liberar algunas de las cartas que tiene bajo custodia y las entregó a los sobrinos del médico fallecido, sus herederos. Estos, a su vez, le pidieron al magistrado que tome la previsión de conservar una muestra de tejidos para un eventual análisis de ADN, en el caso de presentarse en el futuro algún reclamo de filiación. Esos tejidos ya fueron preservados.
En una de las cartas que dejó Favaloro, expresó su voluntad de que sus restos fueran cremados y las cenizas esparcidas en la localidad de Jacinto Aráuz, el pueblito de la provincia de La Pampa donde el cardiocirujano comenzó su carrera como médico rural, antes de su viaje a los Estados Unidos. Pero el deseo del médico no podrá cumplirse por ahora: el juez dispuso la entrega del cuerpo a los familiares, pero prohibió expresamente su cremación. 
Los investigadores reconstruyeron los últimos días de Favaloro y llegaron a la conclusión de que el médico había realizado una “prolija” preparación de su propia muerte. El mismo fue a comprar los sobres blancos, tamaño carta, donde luego guardó los manuscritos. Los textos, escritos en papel membreteado con su propio nombre y apellido, tampoco pudieron ser escritos en un solo día. Los sobres estaban lacrados y en todos ellos tenían una leyenda: “Reservado”.
El sábado, después de las 16, Favaloro se disparó un balazo en el corazón, en el baño de su departamento, en Palermo Chico. Pero antes escribió una última nota, que dejó pegada en el espejo. Allí indicaba en qué lugares de la vivienda estaban las siete cartas y otros sobres con dinero. Según las fuentes, se trataba de una suma “varias veces mayor a los 20 mil pesos” que se mencionaron en un primer momento. El dinero estaba destinado a sus allegados y a su empleada doméstica. 
“Preparó su suicidio con bastante antelación, dejó sus cosas organizadas, instrucciones, y sólo cuando todo estuvo en orden, se mató”, concluyó la fuente judicial. 
Esta certeza de los investigadores no se compadece con las últimas actitudes de Favaloro: el día anterior a su muerte llegó a la Presidencia de la Nación una carta donde el cirujano le pedía a Fernando de la Rúa que interceda ante empresarios y banqueros para conseguir una donación o un préstamo de 6 millones, destinados a su Fundación. ¿Puede un hombre hacer una gestión semejante mientras prepara su propia muerte? Hasta ahora no hay respuestas. 
Su sobrino, Roberto Favaloro, jefe de Trasplantes Cardiopulmonares de la Fundación, declaró el martes ante el juez y a última hora de ese día se llevó algunas de las cartas, de las que Turano sacó fotocopias. Pero antes de irse, el médico le pidió al magistrado que “tomara sus recaudos” ante la posible aparición de nuevos herederos: concretamente, que se tomara una muestra de tejidos para ser sometida a análisis de ADN en el caso de un futuro reclamo filiatorio.
Fuentes del Cuerpo Médico Forense aseguraron a Página/12 que las muestras ya fueron tomadas, por orden judicial: “Se trata de pequeñas tomas de tejido muscular, cutáneo y óseo, que se conservan en cámaras frigoríficas, a 20 grados bajo cero, durante el tiempo que disponga el juez”, explicó la fuente. 
Favaloro había anunciado para fines de agosto su casamiento con su secretaria privada, la médica Diana Truden. Algunas versiones deslizaron que la mujer –42 años menor qué el– estaba embarazada. Nadie confirmó ese dato, pero los familiares más directos del médico fallecido quisieronasegurarse ante un eventual futuro reclamo. Favaloro era viudo y no había tenido hijos durante su matrimonio. 
A cuatro días del suicidio, la asfixia económica aparece como el móvil de más peso que llevó a Favaloro a tomar su última decisión. La deuda de la Fundación era de 50 millones de pesos, de la cual, la mayor parte (30 millones) correspondía a un préstamo del ex Banco Nacional de Desarrollo. Ayer, el ministro de Economía, José Luis Machinea, dijo: “Nosotros le transmitimos (a Favaloro) que estábamos de acuerdo con refinanciar esa deuda”. Entonces, ¿por qué el cardiocirujano repitió el mismo reclamo al Gobierno unos días antes de su muerte en una entrevista con De la Rúa? Aunque la situación de la Fundación no era terminal –como reconocen ahora sus directivos–, no era el mejor ámbito para el centro de excelencia que pretendía Favaloro.

 

 

Las notas de la Sigen

El debate público en torno a la deuda del PAMI a la Fundación Favaloro sigue al rojo vivo. Ayer se supo que la Sindicatura General de la Nación (Sigen) había intervenido en el caso. En febrero de este año, su titular, Rafael Bielsa, envió una nota a la interventora Cecilia Felgueras –y dos más a los coordinadores de ese organismo en el PAMI– para recomendarle que diera curso a los reclamos del cardiocirujano.
Concretamente, la Sigen recomendó “aceptar la insinuación de las prestaciones efectuadas y proceder a su respectiva verificación”. También sugirió que –de no poder verificar las facturas por valor de casi dos millones de pesos presentadas por la Fundación– se inicie un proceso de “conciliación obligatoria” para determinar si efectivamente le corresponde al PAMI pagar ese reclamo.
El PAMI nunca le contestó a la Sigen, aunque sí puso en marcha la sugerencia de Bielsa. El eje de la discusión son 195 facturas de la Fundación nunca cobradas, de la era de Matilde Menéndez. De la deuda inicial (2.820.000), 887.000 fueron cobrados en efectivo en la época de Alderete (y no en bonos, como disponía un decreto presidencial, por lo cual el caso está en la Justicia). Del monto restante, 1.418.000 corresponden a las 195 facturas que la Sigen pidió que se verificaran.
En una verificación hecha en la época de Alderete, las prestaciones que corresponden a esas facturas no se pudieron comprobar. Pero tras la sugerencia de la Sigen y la reunión que Favaloro mantuvo con Felgueras el 11 de junio pasado, el PAMI aceptó rever la verificación. También aceptó el pedido del médico de que se lleve a cabo una auditoría en la Fundación y puso en marcha además el proceso de conciliación, ahora trabado porque el expediente está en la Justicia por el caso Alderete.

La carta para De la Rúa

“La carta la leyó mi secretario y me llegó después del sábado: nadie podía imaginar lo que ocurrió”: el presidente Fernando de la Rúa precisó ayer lo sucedido con la misiva que René Favaloro le había hecho llegar un día antes de suicidarse. Según el jefe de Estado, la carta “siguió el trámite normal de la correspondencia”. Uno de sus secretarios, Ricardo Ostuni, la recibió el viernes, “la leyó y después del sábado me avisó que estaba la copia”, explicó De la Rúa.
“Nadie ha pensado que lo que significa poner en marcha un proceso de recaudación de fondos pueda aparecer como urgente. Nadie puede imaginar que pueda haber ocurrido después el hecho del sábado, eso es algo completamente inesperado”, observó el Presidente, y señaló que, en su envío, Favaloro “no se queja de nada ni reclama nada del Gobierno. Pide ayuda al sector empresario para lograr donaciones” y “una gestión ante el presidente del BID en procura de un crédito”.
En cambio Ricardo Pesce, jefe de electrocardiología de la Fundación Favaloro, sostuvo ayer –en el programa de televisión “A dos voces”– que “a todos nos suena un poco a risa que el presidente de la República haya recibido la carta tarde” y que “esto es un ejemplo más de cómo se maneja todo el sistema y no sólo el de salud”. El ministro de Salud, Héctor Lombardo –en el mismo programa–, le contestó que la carta “llegó como un pedido, como les llegó a muchos empresarios de la Argentina”.

 

 

¿Por qué se busca a un culpable?

“Convertirlo en sacrificio”
Sergio Rodríguez (Psicoanalista) 

“A la gente que lo idealizaba no le puede entrar en la cabeza que Favaloro se haya suicidado. Al suicidarse una persona con tanta fuerza de carácter, se pone en evidencia que cualquiera de nosotros, entonces, puede ser capaz de algo así. Una de las razones por las cuales la gente tiende a buscar un culpable por la muerte de Favaloro es para sacarse el temor de que esto algún día le puede ocurrir. Da tranquilidad cargarle al Estado toda esa culpa porque de esa manera también se desculpabiliza a la masa. Si la gente ha transformado al suicidio de Favaloro en un acto patriótico es para poder seguir idealizándolo aún en su suicidio. En las dos teorías que circulan en torno del suicidio de Favaloro, el suicidio aparece idealizado. Para una, Favaloro es el hombre que ofrendó su vida para denunciar la crisis que atraviesa el país, la otra teoría es que prefirió ofrendar su vida antes que entregar su fundación a una corporación. Ambas interpretaciones desconocen al suicidio como un acto de debilidad y lo convierten en un acto ideal, en un sacrificio que le muestra al mundo lo mal que está la Argentina.”

“Demasiado idealizado”
Roberto Urdinola (Psicólogo del Centro de Ayuda Familiar del Suicida)

“Como todo suicidio despierta un enigma, lo primero que la gente se va a preguntar es por qué sucedió. En el caso de Favaloro, a este enigma hay que sumarle el hecho de que quien toma la decisión de suicidarse es un hombre considerado ideal para la sociedad. Este es el punto clave: la gente no puede entender que un ideal sea capaz de matarse, entonces, empieza a pensar que tiene que deber haber otro culpable. La gente no puede concebir el suicidio de Favaloro, cuando lo colocó más allá de lo humano. Una persona a la cual se idealiza como a Favaloro, se la eleva por sobre lo humano y, entonces, resulta difícil poder explicar por qué alguien tan íntegro se suicidó. A quien se idealiza no se le permite una actitud tan humana. Si bien es cierto que el suicidio puede tener a veces un efecto de culpa, no necesariamente debe ocurrir esto. Un suicidio también puede despertar bronca. De hecho, ayer, una señora llamó a la radio para decir que Favaloro la había decepcionado”.

 

 

EL TESTIMONIO DE UN AMIGO PERSONAL DE FAVALORO
“Estaba muy desilusionado”

“Obras sociales y prepagos le retaceaban los pagos a Favaloro para pedirle coimas”, contó a este diario un médico que durante más de 50 años fue amigo del cardiocirujano fallecido. Según su testimonio, René Favaloro “creyó en la utopía de una Fundación que se sostuviera con donaciones de grandes empresarios, como en Estados Unidos, pero aquí no pudo ser”. Ya a fines del año pasado, “él tenía miedo de que lo embargaran, estaba muy desilusionado”. 
“Lo conocí en 1948 –cuenta el cirujano Rodolfo Boragina–: él se había recibido hacía muy poco y trabajaba en la localidad de Jacinto Arauz, provincia de La Pampa, pero todos los martes a la tarde venía a los ateneos clínicos en el Instituto de Cirugía Torácica, que yo dirigía y había sido fundado por el ministro de Salud Pública Ramón Carrillo. René tenía un autito y hacía todas las semanas los 500 kilómetros desde La Pampa para debatir casos. El todavía hacía clínica y cirugía general, pero ya le interesaba la cirugía cardiovascular y ganó ampliamente el concurso para una beca en Estados Unidos; había tenido casi 10 de promedio en la Facultad de Medicina de La Plata. Entonces se fue a Cleveland y allí desarrolló las ideas que culminaron en el by pass cardíaco.
“Volvimos a vernos en los años 70, cuando él volvió de Estados Unidos y empezó a trabajar en el Sanatorio Güemes –siguió recordando el doctor Boragina, que tiene 83 años–. En los años 80 empezó a proyectar la Fundación, y a principios de los 90 pudo concretarla. Consiguió en pocos días un subsidio estatal de 8 millones de dólares. Lo que nunca tuvo fueron suficientes donaciones privadas. En Estados Unidos es común que la gente rica, los empresarios donen para fundaciones y, seguramente, Favaloro creyó que aquí podía ser lo mismo, pero no, acá la gente ‘se rasca para adentro’”.
“En los últimos tres o cuatro años, él vivía preocupado por los problemas económicos de la Fundación. Los ingresos se basaban en la atención a prepagos y obras sociales, con muy pocos pacientes privados, y había problemas de cobro: no sólo se demoraban, sino que le retaceaban los pagos para hacerse rogar y pedir retornos, coimas”, siguió recordando Boragina.
“La última vez que hablé con él fue en diciembre del año pasado –avanzó el recuerdo de Boragina hacia el desenlace–. El tenía mucho miedo de que la Fundación desapareciera por falta de fondos; se lo notaba mal. La Fundación tenía más de mil empleados, había deudas y él tenía miedo de no poder pagar los sueldos o de que llegaran a embargarlo. Un día me dijo: ‘Lo único que falta es que me pongan una faja de clausura’. El estaba cada vez más desilusionado, y yo creo que estas cosas fueron la causa fundamental de esa decisión tan dramática que tomó.”

 

 

opinion
Por Alicia Castro *

Error de diagnóstico

El suicidio de René Favaloro impacta y duele a toda la sociedad. Buscando las posibles razones de su decisión final, en la Fundación se señaló que “se sentía decepcionado, no pudo soportar que en el país se haya instalado un sistema hipócrita y corrupto que no apoya a la educación, a la salud y a la ciencia”.
Tal vez la situación que mejor describa el estado de ánimo de los argentinos es la des-ilusión y la falta de precisión en el rumbo hacia otro modelo de país. Por eso el suicidio de Favaloro no es una tragedia personal: simboliza el fracaso colectivo.
Favaloro había tenido una reunión con el ministro de Salud, Héctor Lombardo. Su Fundación dejó de percibir subsidios estatales. Tenía que saldar una deuda de 5 millones a corto plazo. Favaloro pidió saldar lo que le debía el PAMI. El Ministerio de Salud también tenía una deuda por atención a pacientes indigentes. La respuesta fue negativa.
Lombardo expresó que esos reclamos “no parecían tener tanta urgencia”. El ministro de Salud –como médico y como funcionario– erró el diagnóstico. Se equivoca también cuando prescribe la desregulación y desmantelamiento de las obras sociales. La privatización total de la salud terminará con el último sistema solidario: en manos de las prepagas transnacionales se degradarán la salud de los argentinos, la medicina y la investigación.
Favaloro quiso para su país una sociedad mejor y un sistema de salud para todos. Apostó a un modelo solidario y perdió, en un contexto que privilegia el lucro y la especulación financiera y desalienta el trabajo, la innovación tecnológica y la producción nacional.
Su suicidio no debe ser visto como un acto de depresión, sino de protesta, han dicho sus allegados. En su reciente visita a nuestro país, el sociólogo Alain Touraine destacó que la Argentina está en una coyuntura crítica en donde es preciso tomar decisiones: o se suma a los países hundidos de Latinoamérica –los países andinos y Colombia– o sale de la transición neocapitalista con medidas innovadoras. Para ello dijo que es imprescindible apelar a la comunidad científica, llamar a los técnicos que se fueron, convocarlos para pensar y trazar otro rumbo, que retome el control social de la economía y pueda generar bienestar.
Hagámonos cargo, entonces, de que ésta es una sociedad que se suicida si no retomamos, entre todos, un proyecto de Nación.
La ciencia no merece la bandera a media asta. Espera que todos pongamos manos a la obra en la ardua tarea de reconstruir un país que merezca ser vivido.

* Diputada nacional Frepaso-Alianza. Secretaria general de Aeronavegantes.

 

 

opinion
Por Eduardo Galeano

Una historia de Favaloro

La Fundación,institución privada, funcionaba como si fuera hospital público de alto nivel;y las cuentas no cerraban. Una noche, charlando con Favaloro, se me ocurrió preguntarle, inocente de mí, por qué no recurría a los ricos muy ricos: ellos podrían deducir de susimpuestos las contribuciones a la Fundación, como se hace normalmente en Estados Unidos o en Europa:
–Sería una buena idea –me contestó–, si en este paíslos ricos muy ricos pagaran impuestos.
Yo tuve la suerte de conocer a este hombre entrañable, de quien hoy estamos todos huérfanos. Supe de las dificultades, abrumadoras, que estaba enfrentando. Con mi mujer, Helena, podemos dar fe de su generosidad infinita, de su sentido religioso de la amistad, de su excepcional calidad humana.
En su homenaje, publico ahora una historia de sus tiempos de médico rural. Pensaba enviársela, se la envío ahora. 
El electricista
Andaba en bicicleta, con la escalera al hombro, por los caminos de la pampa infinita. Bautista Riolfo era electricista y también todero, arreglador de todo, motores y relojes, molinos, radios, escopetas, lo que fuera; según se decía, la joroba que tenía en la espalda le había salido de tanto agacharse hurgando máquinas y maquinitas.
René Favaloro, el único médico de la comarca, también era todero. Con los pocos instrumentos que tenía y los remedios que encontraba, oficiaba de cirujano, partero, psiquiatra o especialista en lo que se necesitara componer. 
Con la ayuda de todos los vecinos, cercanos y distantes, René pudo fundar una clínica comunitaria. Y, con la ayuda de Bautista, pudo instalar el primer equipo de rayos X que hubo en toda la región.
Junto con esa máquina de radiografías, René compró también, en Bahía Blanca, una máquina de música: un tocadiscos holandés, a pagar en cómodas cuotas cuandopuedarias. En aquellas soledades de la pampa, habitadas por el viento y el polvo y muy poquita gente, la música era una compañera imprescindible. 
Pero el tocadiscos tenía sus mañas, y en un par de meses se negó a seguir funcionando. Y ahí vino Bautista, en su bicicleta. Sentado en el suelo, se rascó la barba, investigó, soldó unos cablecitos, ajustó tornillos y arandelas:
–A ver ahora –dijo.
Para probar el aparato, René eligió un disco, la Novena de Beethoven, y colocó la púa en su movimiento preferido. 
Y se desató la música. La poderosa música invadió la casa y se echó a volar por la ventana abierta, hacia la noche, hacia el desierto; y siguió viva en el aire después de que el disco dejó de girar. 
Cuando el silencio volvió, René comentó algo, o algo preguntó, pero Bautista no contestó nada.
Bautista tenía la cara escondida entre las manos. Y un largo rato pasó, hasta que por fin levantó la cara mojada. Y entonces aquel electricista consiguió decir:
–Perdone, don René. Pero yo no sabía que esa... esa electricidad existía en el mundo.

 

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