Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira
ESPACIO PUBLICITARIO


DISTURBIOS Y FESTEJOS EN EL DERRIBAMIENTO DE LAS TORRES
Una guerra de piedras en el Fuerte

Cada torre quedó reducida a polvo en apenas segundos. Y cada vez resonaron los aplausos en el palco de los funcionarios. Pero el festejo oficial se contrapuso a los llantos y la bronca de los ex habitantes del complejo. Esos dos mundos terminaron trenzados en una batalla en la que las piedras llovieron sobre la policía.

 

Por Cristian Alarcón

t.gif (862 bytes) Fue un asomo de apocalipsis. Al estallido de las torres transformadas en un enorme hongo blanco hecho de cemento molido le siguió, cinco veces, el aplauso cerrado del palco oficial con vista, lleno de funcionarios y punteros políticos. Y cada vez, del otro lado de las vallas y de los hombres de infantería lloraron con furia las mujeres viendo cómo caían sus casas destrozadas. Al mismo tiempo, y como un efecto anunciado del cruce entre quienes festejaban la idea ruckaufista de eliminación del “nido de delincuentes” y quienes están marcados por ese estigma de la violencia, comenzaron a llover, desde lo profundo del barrio, las piedras. Cuando las cinco torres eran escombros y parecían un rincón de Beirut devastado –mientras los militares gritaban “¡hip hip hip hurra!” sobre los restos de lo demolido–, la guerra ya estaba declarada. Durante más de una hora un centenar de chicos furiosos peleó con la policía como una intifada conurbana, avanzando a los gritos sobre los escudos policiales, retrocediendo al sonar de los perdigones, una y otra vez, valiéndose sólo de la furia y de las piedras. 
Temprano, a eso de las siete de la mañana, comenzaron a bajar los primeros vecinos de los departamentos cercanos a los 175 kilos de gelamita puestos en las columnas del Nudo 8. Madre, hija, y marido, sentados en banquetas de plástico, se dispusieron a esperar. Venidos en el ‘76 pasaron largo rato recordando los comienzos, cuando en el ‘73 los mudaron de la villa de Retiro en camiones del Ejército. 
Familias enteras fueron llegando al lugar asignado para ver la demolición y, como si fuera un acuerdo, adelante, pegadas a las vallas de fierro como fans en un recital de rock quedaron las mujeres que hace veinte días fueron desalojadas de esas cuatro torres. Ahora las veían entre las ramas de tres eucaliptos, relegadas al mirador popular del evento, ubicado cien metros más allá que el palco. Adentro del perímetro vedado, pasadas las ocho empezaron a llegar unas vecinas vestidas para salir y con un común rubio denominador en las cabezas. Eran las punteras. 
Las punteras del intendente Hugo Curto, los punteros también, quedaron a mano de la tele. Uno tras otro repitieron sus historias triunfales como desalojados de las torres a demoler. “Con mis 22 mil pesos (de indemnización) compramos cuatro ambientes en Morón”, juraba una mujer a la que la tribuna insultaba sin descanso. Su amiga era más histriónica, lloraba a gusto ante las cámaras por Carlos Ruckauf. “¡Es el hombre que nos salvó la vida!”, exageraba, hablando de las fallas de construcción por las que un juez ordenó las demoliciones. Del otro lado los desalojados que con 22 mil pesos todavía no consiguen dónde mudarse y resisten hacinados en un galpón, en la casa de un pariente, en una villa, gritaban ante la prensa la impotencia del desarraigo que viven. Algunos repartían unos volantes como machetes escolares en los que se leía “resistamos”. “Tomen, repartan”, iba dando una chica a los niños, que hacían el resto. Otro grupo, el único con un hombre en sus filas, divulgaba el comunicado que el lunes le entregaron al gobernador. Lo tomaron por sorpresa en un acto en el que regalaba anteojos. 
Cerca de las nueve, el horario convenido para iniciar el derrumbe, llegó el intendente Hugo Curto. La popular, a esa altura ocupando todos los rincones elevados que ofrecían los edificios con vista al derrumbe, le hizo escuchar el escarmiento. De hijo de puta a ladrón, casi no faltó agravio. Desde los techos de la tira más cercana volaron las primeras toscas. Curto no acusó recibo. Ante los periodistas, rumbo a las gradas, dijo que continuarían las demoliciones en otros edificios fallados. Casi que no alcanzan a acomodarse las autoridades cuando a las 9.25 sonó una sirena aguda, como el aviso de los bombardeos en las viejas guerras. Y en voz baja un militar contó, pegado a Curto: “Tres, dos, uno...” Lo siguiente fue la explosión seriada de miles de pequeñas cargas incrustadas en las columnas de la torre que sonaron como un trueno amplificado. Fuerontres segundos, a las 9.27. La mole de 12 pisos cayó sobre sí misma y levantó una nube de polvo blanco de una manzana. 
Un viento caluroso llegó a las gradas ensuciando a los invitados, que corrieron tapándose los ojos, y avanzó hasta enceguecer a la multitud donde lloraban con desesperación los desalojados. “¡Era mi casa! ¡Esa era mi casa y ahora no tengo nada, vivimos como perros en rancho!”, gritaba Elsa Pico. Con una mano llena de callos se secaba las lágrimas en la cara sucia del polvo de su casa. “¡Aplauden! ¡Ellos aplauden!”, bramaba su vecina. “¡Curto, compadre, la concha de tu madre!”, salió de los techos donde se amontonaban los hombres y los jóvenes, como en lo alto de una cárcel bonaerense, amotinados. Una piedra le rompió la cabeza al periodista de una radio local. Luego habría otros dos heridos. Los del predio vedado corrieron a refugiarse. A las 9.52 estallaba la segunda torre, de diez pisos. Esta vez la mitad superior del edificio se dobló como un rasti partido en dos y cayó hacia adelante. “¡Curto, compadre...!”, volvió a tronar la leonera. Y con el insulto y el polvo volvieron las pedradas. Bajo un manto de abucheos el intendente y su comitiva prefirieron retirarse.
La caída de la torre que sostenía el tanque de agua del Nudo 8, a las 10.27, fue tan lenta que su resistencia consiguió apoyo de la hinchada. Pasaron pocos minutos. A las 10.33 cayó la última de las torres. Con la explosión cedió el techo de un aula en la escuela de enfrente desde donde miraba un grupo de pibes. Dos de ellos sufrieron heridas leves. Disipado el último polvo apocalíptico, los militares encargados de las explosiones festejaron lo suyo. “¡Ingenieros! ¡Ingenieros!”, se escuchaba tras la tela a tres metros que rodeaba los edificios. Al levantarla y cruzar hacia las ruinas, aparecieron las montañas de escombros. Sobre una de ellas unos cincuenta uniformados se tomaban una foto. Remataron con hurras triunfales. Sobre los escombros, de a poco comenzaron a aparecer sus antiguos habitantes. María Castillo de Núñez, después de 26 años, señalaba el lugar donde según su cálculo hacía un rato estaba su casa y dejaba correr en silencio las lágrimas sobre el desastre. A cien metros caían las vallas, avanzaba el tropel de la intifada, y comenzaba la guerra de siempre. 

 
La historia del barrio

La historia del complejo habitacional Ejército de Los Andes se remonta a 1973, cuando fue inaugurado para alojar a familias que vivían en villas de la Capital. Los diseñadores del complejo propusieron en su momento una forma novedosa de organización urbanística, creando 13 nudos con diferentes cuerpos en un terreno que ocupa 25 manzanas en Ciudadela. Originalmente fue diseñado para albergar unas 22.000 personas, aunque se calcula que llegaron a casi 100.000 habitantes. La explosión demográfica de la zona se produjo en 1978, meses antes del comienzo del Mundial de Fútbol, cuando Osvaldo Cacciatore se propuso “lavarle la cara” a la ciudad y desplazó a miles de habitantes de las villas. El mote de Fuerte Apache lo pondría el periodista José de Zer después de un intenso tiroteo entre policías y ladrones. Ahora, la orden para que se demuelan dos de los trece nudos la dio el juez Manuel Sirven, debido al estado de los edificios. El juez se decidió después de analizar una pericia técnica que alertaba sobre el riesgo que había para la seguridad de las 500 familias que vivían allí.

EL ENFRENTAMIENTO A PEDRADAS CON LA POLICIA
La embestida adolescente

Por C.A.

–¡Vamos carajo! –gritó uno de los pibes con la remera puesta como un pañuelo palestino sobre la cara, tirando la primera de las últimas piedras de una mañana caliente. 
–¡Tiren, putos! –desafió otro con la remera como bolso de municiones.
Sobre los escudos de la Infantería sonaron los golpes caseros de los pibes del barrio. Los policías recibieron orden de avance. Los combatientes retrocedieron en tropel y, este cronista, parado por azar de ese lado de los acontecimientos, no tuvo más que correr hacia el interior laberíntico de Fuerte Apache, entre los émulos del David de la pedrada que volteó a Goliat el Gigante. Aunque éstos eran más jóvenes que el personaje bíblico: tenían entre doce y dieciocho años, vestían buzos y pantalones cortos. 
A la cabeza de los policías, en bicicleta y con una remera de una vieja campaña de Duhalde, un personaje delirante asumió como mariscal de campo. “¡Vamos mierda! ¡Vamos contra ellos!”, atizó a la tropa. Era el loco del barrio. Los 250 hombres armados se dividieron en varios frentes. El más belicoso era el que se había abierto allí donde estuvieron las vallas frenando a la multitud desde temprano. Entre la escuela del techo derrumbado y los monoblocks quedó delimitado el campo de batalla, una canchita de fútbol. Los del bando civil se dividieron en dos grupos. Unos aparecieron de frente; los segundos corrieron desde la derecha. En un minuto eran medio centenar sobre el campito. Algunos habían acumulado proyectiles como manzanas verdes en las remeras. En una sola carrera vaciaban las reservas, una tosca tras otra. 
Así obligaron a los infantes a un leve repliegue. Uno, dos, tres, cuatro tiros de Itakas y la intifada regresó sobre sus pasos repartiéndose por los pasillos, entrando de costado a los módulos, usando toda la sabiduría sobre el propio terreno para evitar los perdigones. A los cinco minutos otra vez estuvieron reunidos, aparecieron desde el fondo a los gritos. A un costado, en el frente que no volvió a reunirse, este cronista se mezclaba con los que alentaban a los beligerantes. La infantería avanzó nuevamente con el loco de Duhalde dando saltos, poseído. Quedó libre la mitad de la cancha: confundidos con el caos, tres muchachos caminaron con actuado paso ratero en busca de la bicicleta del móvil del mariscal enemigo. La barra reía a carcajadas festejando la venganza. Se sucedieron las escaramuzas: los rebeldes lograron varias veces el repliegue de los escudos. Pero las balas fueron más convincentes. Al mediodía, con los chicos de las piedras caminando a cara descubierta y la policía en sus cuarteles, el barrio volvió a su ritmo. Salía de un departamento un rock metálico. Los pibes miraban de cerca, por primera vez, las ruinas del derrumbe. Después se sentaron en el palco vacío del intendente. 


Los chicos de las piedras tenían entre 12 y 18 años.
La batalla dejó tres heridos, aunque ninguno grave.


Los vecinos caminaron sobre los despojos de sus casas.
Muchos aún no encontraron un lugar a dónde mudarse.

 

 

Dos visiones sobre la exclusión social

“Se les niega el futuro”
Juan Pegoraro, sociólogo

“La demolición de las torres de Fuerte Apache hay que considerarla como un hecho simbólico del poder frente a los sectores excluidos. Es coherente con la política de control social penal que no se interesa por recuperar a las personas y a los ámbitos privados y públicos: se está llenando de cárceles el país y se derrumban viviendas. No obstante las indemnizaciones, es gravísimo el hecho de sacar a la gente de su propio hábitat, del lugar donde crecieron los chicos, del barrio, de sus escuelas. Los jóvenes son estigmatizados, excluidos, se les niega el futuro. A la gente erradicada se la convierte en paria, son errantes con dificultades para readaptarse a nuevos ámbitos y con la carga de provenir de un lugar señalado como negativo, se los desparrama por el mundo con el estigma a cuestas, sin importar la suerte que corran. Lo más grave es que se renuncia a cualquier proyecto de asistencia y se promueve la exclusión. No se puede desconocer la polarización de ingresos, y una brecha social que es cada vez más amplia.” 
“Mecanismos estériles”
Norberto Alayón, vicedecano de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA)

“La marginación no se erradica con detonaciones edilicias, de la misma manera que no puede aceptarse que alguien llegara a proponer que la pobreza se debe combatir por medio de la eliminación física de los pobres. Determinados modos de funcionamiento social y constantes políticas de sesgo inequitativo van construyendo la degradación social con innumerables efectos y secuelas. Ya producidos los problemas, la única alternativa madura y responsable es encarar activas políticas públicas de prevención y asistencia social. Es sabido que las políticas de primer nivel de prevención están constituidas por políticas de empleo y salariales. Si no se puede erradicar la pobreza por las vías pertinentes, ligadas a cambios estructurales, cabrá atender los problemas de la gente de manera más humana, más solidaria, reparadora de los daños ya causados; en suma, con la fusión de políticas de prevención y asistencia y no con simples mecanismos, a la postre estériles, de mudar físicamente a los pobres con la perversa y falaz concepción de que ‘lo que no se ve no existe’.”



Las mujeres del barrio, voceras de la protesta
“Sólo nos quedó desgracia”


Las mujeres, en primera fila, lloraron por sus casas.
“Nos echaron como a perros”, se quejaba Mirta.

Por Marta Dillon

Como un disparo de largada, cada implosión desataba la catarsis. Con el nudo 8 del barrio Ejército de los Andes se derrumbaban también las mujeres que hasta un instante antes contenían la emoción en el corset de la denuncia, describiendo con detalle el cuadro de los desalojos, la gente viviendo en galpones, los muebles que se perdieron en una mudanza compulsiva. Pero cuando la primera nube de polvo se levantó de entre los escombros, ya no pudieron más. Abrazadas a las vallas dispuestas para contener a los vecinos, de cara a los efectivos del cuerpo de infantería que custodiaba esos mismos límites, lloraron a coro las mujeres que el día anterior se habían dado un nombre para identificarse como grupo: las amigas de la desgracia. “¿Alguien pensó en la gente? Junté cada peso durante 26 años para pagar mi casa y todo lo que nos quedó fue eso, desgracia”, dice Mirta Salazar, 45 años, un surco de polvo y lágrimas que le mancha la cara y una decisión que se lee en su mirada: “Todavía no está todo dicho, nos estamos juntando”.
“¿Sabés cómo llegamos acá? Como reyes. Nos trajo el general Perón en unos camiones como ésos, con todas nuestras cositas –dice Mirta y señala los Unimog del Ejército en los que esta vez llegaron soldados a controlar la implosión–. Y ahora nos echan como a perros.” Tiene cuatro hijas mujeres y una nieta a cargo. La mayor era recién nacida cuando dejó su casilla en la villa de Retiro siguiendo un plan de urbanización que le prometía la casita propia. Hasta el desalojo a principios de octubre tenía un negocio de comidas en su departamento de la planta baja del nudo 8. En el derrumbe quedó sepultada su vivienda y también su fuente de trabajo. “Yo sé que mi caso no es de los peores porque conseguí comprar en el mismo barrio, aunque haya perdido espacio, aunque en este departamento que es la mitad del mío no pueda poner el negocio, por lo menos mi marido todavía tiene su trabajo.” Mirta es afortunada. La mayor parte de las mujeres que empezaron a reunirse en la capilla Santa Clara son jefas de familia, vivan o no en pareja, y se sostienen haciendo trabajos de limpieza por horas o prestando servicios a sus vecinos: peluqueras, costureras, cocineras, comerciantes. Durante toda la mañana estas mujeres tuvieron una tarea: poner en palabras la bronca generalizada que los más jóvenes expresaron tirando piedras sobre la policía y ese palco oficial que les dio la espalda aplaudiendo el derrumbe que ellas lloraban como se lloran las pérdidas irreparables.
“Por favor, no digan más Fuerte Apache, éste es el barrio Ejército de los Andes o Padre Mugica, no somos indios, somos gente de trabajo.” Nelsa llegó al barrio durante el gobierno militar de Lanusse, “porque querían sacar a todas las villas”. Entre los laberintos de monoblocks crió a sus cuatro hijos y ahora siente las vibraciones del derrumbe como un presagio: “Yo soy del nudo 7, no sabemos qué va a pasar porque las tiras anexas al 8 las tiraron y no avisaron hasta el último momento, resulta que hicieron un censo habitacional que era nada más que una lista de los que iban a desalojar, no tuvieron ni tiempo de sacar las cosas. Nosotros estamos planeando arreglar el edificio, pintarlo entre todos, pero que no lo tiren porque acá vivimos y acá nos queremos quedar”. Nelsa, como el grupo de mujeres que la rodea, se resiste al desarraigo. No les importa la fama del barrio, conocen sus códigos y por eso acompañan el vaivén de esa espontánea batalla que enfrentó a la policía y a los que tiraron piedras. “Esto es una invasión, vayansé, matapibes”, les gritaron a los uniformados que amenazaron al tumulto con armas largas, y se colgaron de los cables de las cámaras de tevé para evitar que miren al barrio con ojos de extranjeros. “¿Por qué no vinieron cuando nos tiraron los muebles desde un séptimo piso, cuando se cortó una soga y me rompieron el lavarropas? Vienen buscando delincuentes y no se dan cuenta que los delincuentes están ahí”, dice Nelsa y señala el palco desde el que las autoridades municipales observaron el derrumbe aplaudiendo el espectáculo.

 

KIOSCO12

PRINCIPAL