De
como la química y la física se trasladaron a la cocina
Cocineros ilustrados
Por Martín De Ambrosio
Si
bien ya los médicos griegos recomen-daban a sus pacientes una
alimentación equilibrada, podría pensarse que la tiranía
médica sobre las dietas es una característica exclusivamente
moderna. También es posible imaginar que en las cortes de la
Edad Media la alimentación era azarosa y que no tenía
sustento teórico. Sin embargo, investigaciones recientes respecto
del nacimiento de la cocina occidental, tal como la entendemos en la
actualidad, sugieren que la dieta pre-moderna y los banquetes cortesanos
europeos estaban servidos por cocineros bastante ilustrados respecto
de los conocimientos médicos de la época. La historiadora
Rachel Laudan, de la Universidad de Londres, también precisa
que la clave de la transformación de los hábitos alimentarios
se da en el paso del siglo XVI al XVII, en plena coincidencia con el
cambio en las ideas preponderantes en la química y la medicina.
Consejo de médico
La sabiduría prevaleciente en el siglo XVI conservaba la
creencia pilar de la medicina de la antigüedad de la
necesidad de mantener estables los fluidos corporales, lo cual se lograba
comiendo una dieta balanceada. Doctores y chefs de la época pensaban
que cuatro fluidos o humores circulaban en el cuerpo sangre, flema,
bilis amarilla y bilis negra que correspondían con los
cuatro elementos aristotélicos aire, agua, tierra y fuego.
La sangre, caliente y húmeda, correspondía al aire; la
flema, fría y también húmeda, se asemejaba al agua;
la bilis amarilla, caliente y seca, similar al fuego; y la bilis negra,
fría y seca, se conectaba con la tierra. Idealmente, el cuerpo
humano era ligeramente caliente y húmedo, aunque en la práctica
el balance exacto variaba según cada individuo, según
edad, sexo y lugar de nacimiento. Los viejos eran más fríos
y secos que los jóvenes, las mujeres eran más calientes
y húmedas, y los europeos del sur tenían sangre más
caliente que los del norte. La comida perfecta, como el temperamento
perfecto, era un poco caliente y un poco húmeda, pero las combinaciones
alejadas de este ideal eran usadas como correctivos para calentar y
humedecer a la vejez, secar al sexo húmedo, tranquilizar al sureño
o levantar el ánimo del noreuropeo. Con estos conocimientos el
cocinero del palacio debía tomar los recaudos necesarios para
prepararles a sus señores las comidas más apetecibles
y saludables.
Propiedades
Las propiedades de los alimentos eran conocimiento común.
El ají era caliente y seco, el vinagre frío y húmedo,
los vegetales de raíz eran secos y fríos por su afinidad
con el elemento tierra. De este modo, si el chef decidía hacer
vegetales debía asegurarse de hervirlos para agregarle el calor
y la humedad que por naturaleza les faltaba. Como la acelga, la calabaza
y la cebolla eran extremadamente húmedas debían freírse.
Los hongos eran completamente inaceptables, los melones y otras frutas
frescas debían ser evitadas por su extrema humedad y por su tendencia
a pudrirse rápidamente. De acuerdo a estas especificaciones un
plato cercano a la perfección por la combinación
de ingredientes con las cuatro características, era el
llamado blancmange. Tenía pollo, arroz y leche de almendra, espolvoreado
con una gruesa capa de azúcar, frito en grasa de chancho y sazonado
con las más diversas especias. Un verdadero manjar.
Cambia, todo cambia
Como casi todas las disciplinas que habían recibido el influjo
aristotélico también la medicina cambió su paradigma.
Hacia mediados del siglo XVII, los médicos de las cortes europeas
cambiaron la medicina clásica por la doctrina de Paracelso. El
motivo del cambio aun no está del todo claro, aunque se suponen
fundamentales los experimentos de químicos que comenzaron a calentar
una amplia variedad de sustancias naturales y comestibles y advirtieron
errónea la Teoría de los cuatro elementos,
que, aunque maltrecha, subsistió todavía hasta que sus
restos fueron finalmente destruidos por Lavoisier en el siglo XVIII.
La misma experimentación hizo modificar la comprensión
que se tenía del proceso digestivo: los cocineros, alertados
de la nueva corriente de opinión, comenzaron a preparar platos
que fuesen saludables según los nuevos parámetros. Incorporaron
ostras, anchoas, vegetales verdes, hongos y todo tipo de frutas vedadas
para la anterior concepción.
El azúcar:
un veneno
Mientras las frutas, las hierbas y los vegetales asumían
un lugar preponderante en el menú, el azúcar, antes elogiada
como panacea, fue tratada sin piedad por médicos y químicos.
Algunos incluso buscaron desterrarla completamente. Rachel Laudan cita
las palabras del médico real de Francia en 1606, Joseph Duchesne:
Bajo su blancura el azúcar esconde una gran negritud y
bajo su dulzura la más grande amargura, tanto que iguala al acua
fortis (ácido nítrico). El médico británico
Thomas Willis, miembro fundador de la Royal Society de Londres, notó
una orina sucarosa en pacientes que sufrían lo que después
se llamaría diabetes y confirmó: Es probable que
la mezcla de azúcar con las comidas y tomada en alto grado le
deje a la sangre y a los humores un carácter salino y ocre; con
la consecuente posibilidad de enfermar de escorbuto. La conclusión
era clara para los cocineros: el azúcar era un peligro, casi
un veneno. De manera que los chefs avispados dejaron de rociar sus platos
y movieron lo dulce hacia la periferia del menú; lo que ahora
se conoce como postre y que entonces se preparaba incluso en una sala
apartada de la cocina principal.
