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Elogio de la lentitud

Por Pierre Sansot

El mundo va cada vez más de prisa y los que no son capaces de seguir esa marcha permanecen al borde del camino, esperando en vano que alguien los remolque o les permita unirse al convoy. ¿Debemos inclinarnos ante un proceso que dicen irreversible o más bien eludir semejante carrera, sobre cuando nada la justifica? Entiéndase que la lentitud a la que me refiero no es un rasgo de carácter, sino una elección vital: convendría no precipitar el tiempo ni dejarnos atropellar por él, una tarea saludable, urgente, en una sociedad que nos acucia, a menudo con nuestro consentimiento. Para ello, quiero describir algunas actitudes que dejan espacio a esta lentitud:
Vagar (tomarnos tiempo, dejarnos guiar por nuestros pasos); Escuchar (ponernos a disposición de otra palabra a la que concedemos crédito); aburrirnos (no el no querer nada, sino la aceptación y el gusto por lo que se repite hasta la insignificancia); Soñar (instalar en nosotros una conciencia crepuscular pero alerta, sensible); Esperar (ese propósito de ampliar el horizonte de la forma más vasta y más libre posible); Habitar la provincia interior (ese parte aparentemente marchita de nuestro ser, representación de lo anacrónico); Escribir (para que poco a poco se abra paso en nosotros la verdad); Beber vino (escuela de sabiduría); Moderato cantabile (la medida, más que la moderación).
Digo que la lentitud no significa la incapacidad de adoptar una cadencia más rápida sino que se reconoce en la voluntad de no precipitar el tiempo, de no dejarse atropellar por él, y también de aumentar nuestra capacidad de acoger al mundo. Si hablara como filósofo me exaltaría, carecería de austeridad, me enternecería, tendría el deseo de vagar por territorio borroso, esos territorios que la lentitud y la rapidez se disputan. Porque ¿cómo no rendir homenaje al brío, a la vista, a la vivacidad? Asumo pues el papel de un fiscal, pero el de un fiscal amable y comprensivo. De ahí este proceso contra los incansables que aceleran un procedimiento ya en marcha y lo embalan. Pero también el aviso contra un eventual ensañamiento cultural. Admiro a los que han consagrado su destino a la cultura bajo todas sus formas y encuentran en ella una justificación a su vida. Espero ser mordaz sin ser arisco, basar mi requisitoria en razones, sin dejar de reconocer un compromiso singular por mi parte. Trataré de matizar algunas utopías racionales a favor de un urbanismo moroso: es decir que, sin obstaculizar la libre circulación de las personas y las mercancías, tomemos en cuenta la preocupación de vivir, y por lo tanto de permanecer, en los lugares con los que nos sentimos de acuerdo. Y, a modo de despedida, ofreceré una serie de máximas. El roce y no el ajetreo: cómo podemos mostrarnos atentos al mundo, y a los otros, y no apresarlos. En otras palabras, cómo vivir mejor después de leer este texto con benevolencia.
Pero, dirán ustedes, el aburrimiento, esperar lo que jamás ocurrirá, unir las manos en lugar de abrirlas, confiarse sólo al vino, ¿no es enfurruñarse con el mundo? ¿No sería preferible otra vía más noble, como la del exilio, en lugar del enfado? No me creo enfadado con el universo. En lo que a mí respecta, pienso que vivir constituye una oportunidad que no me será concedida una segunda vez: y digo oportunidad no porque la vida nos haga regalos, o porque en una balanza ideal la suma de los placeres sea superior a la de las penas, sino simplemente porque valoro acceder cada mañana a la luz y cada noche a las sombras, que las cosas no hayan perdido su brillo, que el mundo me hable. La vida como ondulación, como despliegue; la vida en pequeñas gotas, más que como un tornado o un río impetuoso. Una luz, más que una fuerza.
Una vez admitido este privilegio común a toda nuestra especie, he querido hacerme un espacio, no para exiliarme o retirarme, en un vacío próximo al no ser o a la eternidad, sino para no ser molestado por un tiempo que no proceda de mi persona. Estoy en contra de todos aquellos que pretendan llenar mi espacio con sus propuestas necesariamente deshonestas.Les notifico en estas páginas mi desacuerdo. Exijo que me dejen avanzar a mi ritmo, o mejor dicho, al que la Fortuna me ha destinado.

Fragmento del prólogo del libro Del buen uso de la lentitud, escrito por el antropólogo francés Pierre Sansot y editado por Tusquets en estos días.

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