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Reyes en el exilio
Por
Alan Pauls
Dos películas
proyectadas en el Festival de Cine Independiente resucitaron, cada una
a su manera, una vieja debilidad argentina: esa condescendencia amarga,
aristocrática, siempre un poco intelectual, que suelen inspirarnos
los monarcas arruinados por el destierro.
El primer avatar de esta noble tradición de losers es Witold Gombrowicz,
el escritor polaco cuya larga temporada argentina (casi 24 años)
aparece reconstruida en Gombrowicz, la Argentina y yo. El que dice yo
en este título, a la vez con modestia y jactancia, es el director
del film, Alberto Yaccelini, un notable montajista argentino que vive
en París hace un cuarto de siglo y cuya mano puede verse, entre
otros ejemplos, en el corte final de La película del rey de Carlos
Sorín.
La historia de Gombrowicz y la Argentina no es desconocida. El mismo Gombrowicz
la contó en las páginas inescrupulosas del Diario argentino
y las desopilantes de Transatlántico; Alberto Fischerman la filmó
en Gombrowicz o la seducción, ejercicio de cine espiritista en
el que un grupo de discípulos locales de Gombrowicz
conjuraba el espectro del Maestro en un maratón psicodramático;
y el discípulo Juan Carlos Gómez la pormenorizó al
publicar las Cartas a un amigo argentino, compilación parcial de
la correspondencia que mantuvo con Gombrowicz luego de su regreso a Europa.
La película de Yaccelini también convoca a esos albaceas
del mito. Allí está Alejandro Rússovich, señalando
con el dedo las fotos blanco y negro que lo muestran joven junto a Gombrowicz,
y allí están también Miguel Grinberg, que trata de
hacerse oír en el estrépito del puerto (donde 37 años
antes despidió a Gombrowicz para siempre), y Antonio Dal Masetto,
que evoca al autor de Ferdydurke con la justeza de un aplomo imperturbable.
Pero a ese elenco de yos, portadores de una experiencia autobiográfica
decisiva, Yaccelini suma un par de testimonios algo excéntricos,
no del todo incondicionales, al menos, del fervor gombrowicziano: el de
Jorge Goldenberg, dramaturgo y guionista, encargado de desmenuzar, más
que la presencia de Gombrowicz en el país, el bizarro, errático,
desconcertante imaginario argentino que la acogió; y el del escritor
Juan José Saer, que recorre literariamente a Gombrowicz
con el mismo tono doble un pie en la severidad, otro en el sarcasmo
que campea en sus ficciones. Es precisamente la franja encarnada por Saer
y Goldenberg la que, despegándose suavemente de la hagiografía
incluso de ese género gombrowicziano que es la hagiografía
cínico-farsesca, empuja el film de Yaccelini hacia una dimensión
más personal. Hay aquí dos voces que hablan en primera persona:
la de Gombrowicz, por supuesto, cuyos textos sobre la Argentina aparecen
a menudo leídos en off, y la del mismo Yaccelini, que, en un francés
signado por el acento extranjero, despliega su doble posición de
narrador exterior y de personaje completamente implicado en la historia
que narra. Así, Gombrowicz, la Argentina y yo deja de ser un simple
documental biográfico y se convierte en un ensayo sutil acerca
de un pequeño puñado de perversiones argentinas: el exilio,
la pérdida, la doble identidad, la traducción, y esa extraña
pasión culpable de muchos de los mejores hallazgos de nuestra
cultura que se llama desapego.
El otro monarca en ruinas también es europeo, pero el film en el
que aparece, a diferencia del de Yaccelini, no lo proclama desde el título;
más bien le baja los decibeles y lo contrabandea. El film es Julien
Donkey Boy, de Harmony Korine, y el rey destronado que deambula por él
no es otro que el cineasta alemán Werner Herzog. Julien Donkey
Boy podría ser muchas cosas a la vez: un estudio sobre una gran
familia disfuncional norteamericana, mezcla de El desencanto con Freaks;
un encendido alegato en favor del grano como mito de la imagen cinematográfica
independiente; un melodrama incestuoso disfrazado de película experimental;
una puesta al día del lado oscuro del sueño americano; una
ratificación de lo mucho quetendremos que ocuparnos de esa exquisita
mezcla de perfume y de marquesa que es Chlöé Sévigny.
Pero el film de Korine es sobre todo una pequeña fábula
de exilio que cuenta cómo Werner Herzog El Hombre Que Daría
La Vida Por Una Imagen Imposible fue eyectado del romanticismo alemán
y cayó en medio de un brunch protagonizado por una familia psicótica
de suburbio norteamericano. A fines de la década del 70, Wim Wenders,
en El amigo americano, convertía a Nicholas Ray, cineasta maldito,
en un artista póstumo que enviaba cuadros desde un fraudulento
más allá. A principios del 2000, Korine invierte el proceso
y convierte a Herzog, el artista del desenfreno, en un padre de familia
que el difunto Klaus Kinski hubiera sacrificado todo (su vida, la de su
hija Nastassja y la de Herzog) por interpretar. Entre otras delicias,
Herzog padre azota a su hijo autista .el Julien del título-. con
una manguera de agua fría en pleno invierno, y obliga a su otro
hijo un gimnasta maniático que entrena subiendo las escaleras
de su casa sin usar las piernas a ponerse la ropa interior de su
esposa muerta para bailar con él. Es un hombre bestial, despiadado,
que habla un inglés preciso y casi poético, tallado por
su acento alemán, y que pasea por el film algo mucho más
inquietante que su cuerpo: su dimensión mítica. Herzog no
es un buen actor pero tampoco es malo: es simplemente irresistible. Cuando
está en cuadro es imposible apartar los ojos de él, y cuando
desaparece no hacemos más que extrañarlo. Es más
grande que el film o parece tridimensional, como si tuviera relieve. Es
el mismo viejo Herzog de siempre: maníaco, desaforado, lleno de
ideas fijas, fisicoculturista del desafío y lo imposible. Sólo
que está lejos, muy lejos de su patria. En el film de Harmony Korine
es un monstruo, sin duda; pero cuando martiriza física y psíquicamente
a Julien, llama puta al personaje de Sévigny o predica
su fundamentalismo paterno con consignas militares, su monstruosidad no
puede no tener el carácter triste y compulsivo de los vicios adquiridos
en la tierra del exilio, que traduce degradándolas
al máximo las virtudes con las que brillaba en su tierra
natal y que ya no tienen lugar en este mundo.
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