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¿Cuánto
vale mi nombre?
Por
Julian Barnes
Quien
roba de mi bolsa, roba basura, dice Yago en Otelo. Pero quien
usurpa mi buen nombre / Me despoja de aquello que no puede enriquecerlo
/ Y me vuelve pobre de verdad. No estoy seguro de que sea robo (el
usurpador pagó), pero es definitivamente mi nombre: julianbarnes.com
(para no mencionar julianbarnes.org y julianbarnes.net), el que ostenta
como parte de su patrimonio un okupa cibernético que ha saltado
a la notoriedad estas últimas semanas. Y no soy sólo yo:
el tipo sacó los punto com de vsnaipaul, fayweldon,
germainegreer, ianmcewan, martinamis y louisdebernieres. Algunos norteamericanos
también: dondelillo, alicewalker, martincruzsmith. Ciento treinta
y dos en total. El hecho de que estos nombres aún estuvieran disponibles
no es demasiado extraño (la vertiginosidad del e-commerce está
temperamentalmente lejos del lento tranco de la edición de libros),
pero que la identidad del okupa corresponda a un académico sí
lo es. El tipo resultó ser un tal Mark Hogarth, investigador de
historia y filosofía de la ciencia de Cambridge. Hogarth evidentemente
gana más que Yago: a 105 dólares por registrar cada nombre,
debió alivianar su bolsa en casi 14 mil dólares.
Al principio, estaba ligeramente irritado (ey, ¡es mi nombre!) y
vanamente halagado a la vez. Quizás el tipo era una versión
electrónica de Rolland Comstock, ese abogado coleccionista de Missouri
que ya tiene almacenadas cantidades industriales de primeras ediciones
modernas, además de correr obsesivamente detrás de cuanta
arcana, ephimera y marginalia le pasara cerca. Y todo por pasión,
no por lucro: el hombre compra centenares de ejemplares cuando ofende
su sensibilidad que un libro que admira esté a punto de invadir
las mesas de saldo. O, quizá, comprar un dominio de Internet sea
como coleccionar etiquetas de vinos, un homenaje privado y un tanto peculiar
que se rinde a algo que se ha disfrutado. O acaso, me dije vagamente,
lo que llamamos valores literarios todavía tienen cierta
cotización en este nuevo territorio electrónico. Por ejemplo:
mi Web site (www.jbarnes.com, por si están interesados) es mantenido
por un bibliotecario de Illinois que usa dinero de su propio bolsillo
para sacar las publicidades de la pantalla. Pero éste no es el
caso del okupa-filósofo Hogarth. En estos momentos, el tipo está
promocionando un remate on-line de todos los nombres de los que es propietario.
Los afortunados poseedores de estos bienes podrán entonces crear
su propio site en el cual vender a comisión los libros de cada
uno de estos autores. ¿Quien usurpa mi buen nombre me despoja
de algo que no puede enriquecerlo?. Oh-oh.
Pero la cosa va más lejos. El doctor Hogarth me invita a que compre
mi propio nombre. Su comisión: el tres por ciento del precio de
tapa de todos los ejemplares vendidos de mis libros durante 1998. Teniendo
en cuenta que las regalías de un escritor, en promedio, alcanzan
a un nueve por ciento, el tipo me está pidiendo un tercio de mis
ingresos durante ese año: la misma suma, confieso, que entregué
al gobierno británico en concepto de impuestos, que por lo menos
se usa para arreglar caminos y bombardear naciones lejanas en mi nombre.
Pero no fue el ansia de lucro grotesco lo que despertó mis sentimientos
más atávicos. Fue la foto del tal doctor Hogarth en un diario
británico. No su cara (todos sabemos que la impresión de
esos primeros planos se altera completamente según su contexto)
sino el fondo: detrás de Hogarth se alineaban cuatro estantes de
libros, todos aparentemente en óptimo estado de conservación.
Ordenados al parecer, respetados, honrados, venerados incluso.
Esos eran los libros que lo ayudan en su trabajo. Y detrás de un
libro está su autor. Seguramente la imaginación del doctor
Hogarth es superior a la mía. Porque mi imaginación adelgazaba
más y más, hasta reducirse sólo a: Ey, es mi nombre.
Tallado en el lomo. Los libros no son más que palabras, pero esas
dos son las más significativas. Y son, también, las últimas
que escribo en cada uno de mis manuscritos. Texto, dedicatoria, título,
autor: siempre lo hago así, como un ritual. Yo soy esas dos palabras.
Son la prueba de que hago lo que hago. Ah, Hogarth: primero me pone en
minúscula, después me pone en venta. Y me vuelve pobre
de verdad. Shakespeare, otra vez a la mandíbula. Podría
jurar, doctor H, que él tampoco hubiera pagado.
Esta
columna entre elegante y atribulada del escritor británico Julian
Barnes (autor de El loro de Flaubert e Inglaterra, Inglaterra, entre otros
títulos) apareció el pasado mes de abril en The New Yorker.
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