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Sobre
pelos y tudos
Más
de uno celebró el retorno a los quioscos de ese baluarte histórico
que es El Porteño, que ya publicó su tercer número.
Algún otro habrá festejado con la vuelta al ruedo de La
Maga, todavía bajo el tutelaje financiero de Daniel Lalín.
Pero el verdadero regreso al mapa del periodismo cultural que, a pesar
de la envergadura del emprendimiento y el capital emocional dejado en
sus lectores luego de su desaparición, permaneció bajo el
más absoluto e injusto silencio, fue sin duda el de la revista
Pelo. O por lo menos eso parecía. Pero menuda sorpresa se llevaron
los que vieron la palabra Pelo asomar en el escaparate de
los quioscos y, convencidos de que se trataba de la vuelta de aquella
barricada rockera de los 80 que tantas alegrías les había
dado, se la pidieron al quiosquero. Error. La revista Pelo que puebla
Buenos Aires es ni más ni menos que una revista... sobre el pelo.
Y como corresponde a todo medio periodístico, Pelo se sumerge exhaustivamente
en temas de brutal envergadura (Las puntas, protagonistas,
El secador im-pres-cin-di-ble, sic), y ardientes polémicas
(¿Crees que no quedan tabúes? ¡Hablemos de caspa!).
El asunto, claro, lleva a pensar en las posibles próximas reapariciones.
¿Volverá El expreso imaginario a cubrir los avatares del
fabuloso mundo del ferrocarril? ¿Para cuándo el regreso
de Línea, que seguro va a vender a paladas?
Lo de arriba y lo de abajo
Hace poco,
la revista Details decidió poner a prueba el arsenal de anécdotas
y datos que maneja Stephan Jay Gould preguntándole qué era
lo más increíble que sabía. Gould, extraordinario
autor de grandes libros como El pulgar del panda, probó una vez
más estar a la altura del desafío. Su respuesta resultó
tan escueta como contundente: Fue una de las primeras cosas que
recuerdo haber aprendido y es algo que de algún modo se convirtió
en un referente al que recurrí cada vez que una teoría me
sonó demasiado improbable o forzada: la cima del Everest está
compuesta casi en su totalidad por una acumulación de la misma
salitre marina que se encuentra en el fondo del mar.
Sólo
se muere seis veces
Hace seis
años, la Corte Suprema de la ciudad norteamericana de New London
(Connecticut) revirtió el fallo que condenaba a Micheal Ross a
la pena de muerte por el secuestro y el asesinato de cuatro adolescentes
durante la década del 80. En aquel entonces, Ross alegó
durante la apelación que un desorden denominado sadismo sexual
fue la patología que lo impulsó a cometer los asesinatos.
Pero las familias de las víctimas volvieron a apelar y el viernes
pasado una Corte Superior no sólo volvió al fallo original
sino que además decidió eliminar cualquiera duda: Ross escuchó
impávido cómo lo condenaban a seis penas de muerte. Y no
sólo eso: como si fuera poco, se aclaró en presencia del
condenado que cumplir la primera pena no anulaba las que quedaban pendientes.
O sea que si después de morir, a Ross le quedan ganas de volver
a aparecer por Connecticut, ya sabe que lo van a volver a liquidar.
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