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Los
pobres ricos
Por
Diego Fischerman
El bebito
pasa por simpático. Algún incauto no dudaría en calificar
al aviso de tierno o, peor, lleno de ternura. El pequeño
niñito, con un aspecto más bien rubión, canta loas
a un producto para lavar la ropa. El aviso es, en realidad, el reciclaje
de una antigua propaganda del mismo producto, desde ya que
había patentado como sello el chuavechito en lugar
de suavecito. La apelación a la idea infancia=mala dicción=ternura
acompañaba en la versión original y en la nueva
a un dibujito de un bebé muy de clase media, con ropita muy de
clase media o media-alta; ropita que debe ser cuidada con productos especiales
que la dejen especialmente suaves.
Lo interesante es la diferencia musical entre ambas versiones del niño
chuavechito. En el aviso actual la canción que entona el dibujito
una especie de estrella infantil especialmente precoz podría
asimilarse al género que sus cultores llaman tropical
y que para los menos familiarizados con algunas sutilezas estilísticas
de difícil discernimiento se identifica con el rótulo de
bailanta a secas. Nada en especial si se tiene en cuenta que
ése es el estilo de música más vendedor de la Argentina.
Salvo por el hecho de que, a priori, ese estilo no condeciría con
el público al que el aviso está destinado. ¿Se trata
de un error de marketing? ¿O será que, en la inversión
casi perfecta de lo que había sido el sueño del ascenso
social a través de la educación, abonado primero por liberales
y más tarde por socialistas, la que terminó democratizada
fue la cultura de la clase baja?
Si para la Generación del 80 y para las diversas manifestaciones
del krausismo, del marxismo e incluso del peronismo ilustrado la cultura
culta había sido un bien en sí mismo y el acceso igualitario
a ella un objetivo político, pareciera que algunos años
de Tinelli en la televisión, Menem en el gobierno y Macri en el
poder lograron lo contrario. Ahora, todos los seres humanos son iguales
o, por lo menos, tienen iguales posibilidades de acceder a la pobreza
(y a sus signos culturales más evidentes). Las viejas teorías
sostenían que los ricos estaban mejor educados que los pobres en
tanto detentaban el control sobre la educación y la cultura y,
en particular, sobre los bienes económicos que permitían
su uso. Sostenían también que era necesario alterar esas
condiciones para que todos -también los pobres pudieran disfrutar
con la buena música, la buena literatura y, por qué no,
los buenos entretenimientos (una comedia musical de calidad,
música popular hecha con altura, una película
de aventuras bien dirigida).
Hoy los ricos son, en general, más ricos y los que eran más
o menos pobres ahora lo son del todo. Pero en algo la sociedad se ha hecho
más igualitaria. Proust y Anton Webern no conquistaron a las barriadas
populares pero, en cambio, la música que en las casas de buena
familia otrora sólo escuchaban las sirvientas se ganó sin
dificultades el favor de rugbiers, jóvenes yuppies, encantadoras
modelos y promisorios entrepeneurs. Mozart y Beethoven no llegaron a las
villas pero la bailanta se apropió de los casamientos en San Isidro
y de las fiestas de graduación en los colegios de Belgrano.
Es claro: las viejas teorías se equivocaban y eran víctimas
de su propio paternalismo. Los pobres no sólo no consumían
la cultura culta porque no podían sino, también, porque
no les gustaba. Porque no tenía nada que ver con ellos. O eso al
menos fue lo que el relativismo cultural enseñó a pensar.
Sin embargo, aún quedan preguntas sin responder. Si no hay un arte
mejor que otro, si apenas se puede hablar de eficacias funcionales (una
música buena para escuchar y una música
buena para bailar, por ejemplo), si cada expresión obedece
a una cultura, si lo que los pobres escuchaban estaba en sintonía
con su vida de pobres y lo que oían los ricos era coherente con
su vida de ricos, si, en definitiva, era imposible que la cultura de los
ricos pudiera seducir a los pobres, entonces, ¿cómo pudo
suceder lo contrario? ¿El relativismo funcionó como explicación
en un solo sentido? ¿La cultura de los ricos era excluyente y la
de los pobresuniversal? ¿Los pobres terminaron siendo más
prestigiosos (y más dignos de ser imitados) que los ricos? ¿Fue
una cuestión de culpas? ¿O es que los poderosos abandonaron
la cultura culta a su suerte al encontrar que una platea en la cancha
de Boca era un signo de distinción mucho más evidente?
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