CARNAVAL Entre
América y Europa
Cuando
llega febrero, en el mundo se empieza a vivir clima de carnaval. La
última gran fiesta pagana antes de Semana Santa fue desde siempre una
excelente excusa para festejar, y apenas empezado el 2000 es una excelente
excusa para viajar.
Por
Graciela Cutuli
En
el mundo quedan pocas ocasiones para contagiarse de una cierta locura
colectiva, pero entre las que quedan hay una que se lleva las palmas
por su alegría, desborde y festividad. Los carnavales, que cuando pasaron
de Europa a América abandonaron sus disfraces y personajes medievales
para mezclarse con las tradiciones de la cultura negra e india, unen
a buena parte del mundo en las mismas ganas de desenfreno y hacen desfilar
los más osados esfuerzos de imaginación por las calles y corsódromos.
Pase y vea.
Comparsas
del litoral
El carnaval más emblemático de Sudamérica es sin duda el de Río de Janeiro,
pero en los últimos años el de Gualeguaychú, en Entre Ríos, se ganó
una merecida fama de “hermano menor” para quienes gustan de las fiestas
tropicales pero prefieren quedarse más cerca, y tal vez también más
seguros. Este año, el festejo comenzó a mediados de enero y sigue todos
los viernes y sábados de febrero y el 3 y 4 de marzo, con cuatro comparsas
participantes: O’Bahia, Marí-Marí, Kamarr y Papelitos. Desde 1997, el
carnaval de Gualeguaychú, conocido como “Carnaval del País”, se mudó
de las calles al Corsódromo, donde pueden seguir los desfiles unas 35.000
personas. Cada comparsa, cuya presentación en el carnaval lleva una
inversión promedio de 350.000 dólares, tiene historia y raíces propias:
Kamarr (“luna” en árabe) nació en 1981 en el seno del Club Sirio Libanés,
al que le debe el nombre; Marí-Marí (“amanecer” o “buen día” en mapuche)
es presentada por el Club Central Entrerriano y es, desde su debut en
el mismo año que la anterior, la que más premios ganó (12 primeros premios,
de un total de 18 presentaciones); O’Bahía, la comparsa del Club de
Pescadores de Gualeguaychú, es la segunda más antigua y ganadora del
cetro del último año, después de superar distintos altibajos en épocas
anteriores; finalmente Papelitos nació en 1977 como una agrupación infantil
llamada “la murguita de los gurises”, y creció con los años hasta convertirse
en una de las agrupaciones principales. Cada una presenta un tema distinto,
pero todas están hermanadas por la belleza litoraleña de las chicas
que la integran, la creatividad de los disfraces, la alegría de una
música de percusión sostenida. Mientras tanto, en la misma Gualeguaychú
todos los viernes de febrero varios grupos independientes de la ciudad
organizan los “Corsos Populares Matecito”, con murgas, máscaras y todo
tipo de expresiones libres. Pero Entre Ríos no se queda ahí: Gualeguay
también tiene su desfile de comparsas en el corsódromo, con capacidad
para unas 10.000 personas, y Victoria se inclina en cambio por una fiesta
de matices más tradicionales, con la participación del público en los
desfiles, comparsas, murgas y juegos.

Lujo medieval en las enigmáticas máscaras venecianas.
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Altiplano de Bolivia. La danza de los diablos de Oruro
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Cumbia
correntina
“Ya se derrama por la avenida entera/ un río de belleza, de gracia y
de color,/ es la comparsa más carnavalera,/ la que contagia a todos
su ritmo y esplendor./ Ará Berá, Ará Berá,/ relámpago que alumbra la
noche tropical,/ Ará Berá, Ará Berá,/ es la mejor comparsa de nuestro
carnaval”, asegura en Corrientes el canto de una de la comparsa Ará
Berá (“rayo” en guaraní), gran rival de Sapukai (“grito”) y Copacabana.
Los desfiles de las comparsas correntinas, que reemplazaron a las antiguas
murgas populares, no pueden dejar de recordar a los carnavales brasileños,
en los que se inspiran sin pudor. Tanto que músicos como Antonio Tarragó
Ros no tuvieron reparos en afirmar que no les gusta ese tipo de espectáculo:
“Se deja de lado una música tan potente como el chamamé, y sólo pasan
cumbia y samba”. Pero es difícil ir contra la corriente de una fiesta
que también se festeja con toda la pasión en otras localidades de la
provincia, como Monte Caseros, sobre el río Uruguay, la cercana Mercedes,
puerta a los Esteros del Iberá, Paso de los Libres y Esquina, uno de
los más conocidos paraísos de la pesca correntina.
El
rey carioca
Mientras tanto, Río vive su fiesta. Considerada, con justicia, como
una de las mayores fiestas populares del mundo, que empieza oficialmente
cuando el alcalde de la ciudad le entrega simbólicamente elpoder al
Rey Momo, soberano del carnaval. Durante todo el carnaval, Río se convierte
en el reino del travestismo, del erotismo, de la música, el color y
el alcohol. La alegría es tanta, multiplicada en los miles de integrantes
de las “escolas do samba”, y en las decenas de miles de visitantes,
que es difícil no dejarse arrastrar por la corriente. En todo caso,
además de desenfreno los carnavales de Río tienen historia: comenzaron
a principios del 1700, cuando los inmigrantes llegados de Madeira, las
Azores y Cabo Verde celebraban sin tanto fasto, tirándose agua a más
y mejor. Hoy ese juego casi infantil se transformó en un carnaval imponente
que se juega en las calles, pero sobre todo desfila en el céntrico complejo
construido por Oscar Niemeyer, y cuya capacidad hace empalidecer a cualquier
otro: allí siguen la fiesta más de 60.000 personas, mientras las carrozas
y las escolas –cada una con su color y su música, sostenidas por unos
2000 integrantes– llegan por televisión a medio mundo.

En Gualeguaychú, las comparsas O’Bahia, Marí-Marí, Kamarr y Papelitos
no paran hasta marzo.
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Fantásticos
arlequines en las tiendas
europeas.
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Mascaritas
italianas
En el Viejo Continente, cada carnaval tiene su propio carácter, pero
casi todos están muy lejos de la desnudez de las fiestas tropicales,
aunque Santa Croce sull’Arno, en la Toscana, se haya ganado con sus
grotescos festejos el título de “Río italiana”. En Europa, es más bien
una ocasión para sacar del baúl los disfraces medievales, las máscaras
y los gigantescos muñecos de cartón pintado que servirán para satirizar
a cuanto personaje conocido haya pasado a lo largo del año por las páginas
de los diarios. Venecia, sobre todo, ostenta una pátina de antigüedad
que se debe más al genio de quienes recrearon la fiesta, en 1979, que
a su verdadera historia. Turistas de todo el mundo llegan para asistir
al vuelo de la paloma que da la señal de partida a los carnavales venecianos,
para admirar las regatas de las góndolas de época, sobre el Gran Canal,
y para divertirse con los desfiles de máscaras. Pocos resisten la tentación
de mezclarse con la gente en la Plaza San Marcos vestidos con túnicas
o trajes bordados, más un antifaz que preste su cuota de misterio a
los espectáculos que prodigan saltimbanquis de toda especie. Esta es
la parte pública: luego está la privada, como en Roma, donde además
de los desfiles callejeros el carnaval se celebra en una multitud de
fiestas en los más selectos palazzi de la ciudad.
Burla,
burlando
No menos atractivo, aunque muy distinto, es el carnaval de Viareggio,
que tiene cierto parentesco con las fallas valencianas. Allí el rey
no es Momo sino Burlamacco, una máscara roja y blanca diseñada en los
años 30, que tomó prestado el nombre del puerto de la ciudad. Si él
es una mezcla de Arlequín con Rugantino, Ondina, su compañera, es la
combinación de Colombina e Isabella. Una vez más, Italia no puede sustraerse
a la fuerza de la Commedia dell’Arte. En Viareggio desfilan carros decorados
de hasta 30 metros de altura, que llevan a bordo a 200 enmascarados
bajo la batuta de un capitán: todos se divierten arrojando papel picado
sobre la multitud que festeja con risas el paso de las satíricas carrozas
carnavalescas. Otros carnavales italianos tienen distintas reminiscencias,
como el de Mamoiada, en Cerdeña, que ve desfilar a extraños personajes
vestidos de pastores cubiertos con una capa de campanas, y el de Ivrea,
que recuerda la venganza de la pastora Violeta contra el marqués de
Biandrate, que había querido hacer valer el derecho feudal de la primera
noche. Las batallas populares que desencadenó el episodio se convirtieron
hoy en batallas con naranjas, que los jóvenes de la ciudad desparraman
a troche y moche sobre los más desprevenidos.

Desde Trinidad
a Martinica, carnaval con ritmo afroantillano en el Caribe.
Costa
Azul y Tenerife
El Mediterráneo, sin duda, ha sido inspirador de fiestas populares.
En Francia, los carnavales más famosos son los que se realizan en Niza,
con vistosos desfiles sobre las elegantes avenidas de la ciudad balnearia
que preferían los nobles del siglo pasado. Y en España,Tenerife, en
las islas Canarias, funciona como puente natural entre España y América
y de la misma manera une la música y la cultura de ambos pueblos en
los desfiles del carnaval. Para la ocasión, miles de disfraces a cada
cual más extravagante que el otro se adueñan de las calles, al ritmo
de las batucadas de reminiscencias cariocas. Al contrario de otros lugares,
en Tenerife la fiesta empieza con la elección de la reina, y llega a
su punto culminante en el desfile del martes de carnaval.
| brujos
en las antillas |
| Los carnavales
de las islas del Caribe se distinguen por una interesante mezcla
de la cultura local con las influencias africanas y los aportes
de las potencias colonizadoras. En Trinidad, los habitantes de Port
of Spain se vuelcan a las calles vestidos uno más extravagante que
el otro, ya sea con ropas tradicionales o con trajes que hacen referencia
a temas de actualidad, bailando al ritmo endiablado de los instrumentos
de percusión que reparten las “steel bands”, orquestas cuyos principales
instrumentos son tambores de metal. Los principales personajes del
carnaval son Moka Jumby, un brujo de extraño rostro que se pasea
sobre zancos, y los Shangs, que llevan collares de nueces y semillas.
Y como en todas partes se cuecen habas, los disparates políticos
de la isla son tomados en solfa en animadas canciones satíricas
compuestas por aquellos que decidieron que, al menos una vez al
año, es mejor reír que llorar. En Martinica, en cambio, la nota
de color la ponen los nègue gouos sirop, personajes recubiertos
de una mezcla negra que no dudarán en arrojarse sobre los paseantes
para teñirlos del mismo color. La costumbre empezó cuando, demasiado
pobres para pagarse otro festejo, los negros de la isla se bañaban
en melaza para convertirse en nègres gros sirop. A diferencia de
otros lugares, en Martinica los carnavales siguen hasta el Miércoles
de Ceniza, cuando las diablesas vestidas de blanco y negro anuncian,
a voz en cuello, el fin de las fiestas y la cremación de Vaval,
el personaje que representa al carnaval en las Antillas. |
| los
diablos de oruro |
| El carnaval
de Oruro, en Bolivia, tiene rasgos distintos al de la celebración
en otros países latinoamericanos. Sobre todo porque está vinculado
al culto de la Virgen del Socavón, el nombre que dieron a la Virgen
de la Candelaria los indios que trabajaban en las minas de la zona:
por una cuestión de fechas, las fiestas carnavalescas y religiosas
se superponían, y terminaron por confundirse. En Oruro los desfiles
de carnaval son el sábado, día de los mayores festejos con los diablos
a la cabeza, el domingo y lunes. Gritos y disfraces se mezclan con
la música interpretada por instrumentos andinos y otros de bronce
y metal, mientras el desenfreno de la fiesta busca reivindicar la
perdida dignidad de los indígenas tras la conquista española, en
medio de un notable sincretismo donde se mezclan el cóndor como
divinidad andina, algunas tradiciones negras y muchos cantos tradicionales. |
